Francisco Swett

Los intereses creados

Sobre el aislamiento y la interrupción de la vida económica

Los intereses creados
Francisco Swett
11 de mayo del 2020


“Muchos creen que tener talento es cuestión de suerte; nadie cree que tener suerte es producto del talento” es una de las tantas perlas citables de Jacinto Benavente y Martínez, renombrado dramaturgo español de principios del siglo pasado, Premio Nobel de Literatura, y autor de
Los intereses creados, que motiva este ensayo. 

Es una obra de teatro (estrenada en Madrid en 1907) que, en la tradición de la Commedia dell’arte italiana, improvisa y entretiene, pero mantiene un riguroso sentido de conjunto para desenvolver la trama de Leandro y Crispín, un par de granujas impenitentes quienes, en la mejor tradición de los con men (o timadores de oficio), deciden hacer pasar a Leandro por un hombre adinerado, generoso y culto para que conquiste a la hija de Polichinela, hombre de fortuna, y así hacerse de sus riquezas. En la historia, Leandro termina enamorándose de la presa (y ella de él) mientras su padre descubre que se trata de un engaño que finalmente debe aceptar: los intereses de las partes (incluyendo los de quienes fueron en otro momento engañados) confluyen en hacer creer a todos que Leandro es, efectivamente, un joven probo que es amado, que su matrimonio le permitirá librarse de sus deudas y que Polichinela podrá también ser favorecido pues, al ver la sociedad la unión con beneplácito, su buena fama es restaurada. 

La literatura tiene un poderoso efecto al constituirse en la conciencia colectiva. Charles Dickens fue implacable, en su vasta obra, con la hipocresía de la era victoriana, en la cual las apariencias estaban por encima de todo; y la desigualdad que la estratificación social provocaba era escondida bajo la alfombra para no perturbar las glorias y los oropeles del Imperio Británico. Miguel de Cervantes creó en Don Quijote el personaje que, al recobrar la cordura, decidió que había llegado el momento de morir. Y el prolífico Lope de Vega introdujo la vindicta de los agraviados campesinos de Fuente Ovejuna contra el abusivo comendador. Las enseñanzas de Fuente Ovejuna son inagotables y actuales, pues tocan los temas permanentes del buen gobierno, la lealtad y la confianza, la justicia, el sacrificio, y la suprema lección de que la nobleza no es exclusivamente el patrimonio del buen linaje, como lo tuvo que entender Fernán López de Guzmán, el comendador, a costa de su propia vida. 

Es la literatura, entonces, un artificio que recoge la historia y el devenir de las sociedades humanas. O las de los animales humanizados que buscan su redención contra la expoliación de sus dueños en el clásico de George Orwell, Animal Farm (La rebelión en la granja), en una narrativa que, más allá de la fábula, constituye una crítica acerba contra la revolución comunista y la corrupción de los ideales cuando aparecen las figuras disruptivas de los tiranos (Stalin en la obra de Orwell). 

Los intereses creados son ubicuos, normalmente asociados con el afán de “llevar el agua al propio molino” de cada quien; pero son, también, la fuente de vigor que mueve la mano invisible del mercado de Adam Smith. Apuntan entonces los intereses a los límites del ejercicio de la libertad, cuyo perímetro delimitan. Lo recogería José Ortega y Gasset en su inmortal frase “yo soy yo y mi circunstancia”, que remata con la admonición “si no la salvo a ella, no me salvo yo”, en su Meditaciones del Quijote. Representa como tal la reflexión sobre el verdadero significado de la existencia individual, un concepto venido a menos en el reino del Estado soberano, sucesor del señor feudal. 

¿Es la torre de marfil del intelectual un mundo utópico que, como tal, no existe?. Prefiero subscribirme a la idea de que el historiador, el dramaturgo o el autor literario se constituyen en los jueces de la circunstancia. Podemos entonces volver a citar a Benavente, quien sentenciosamente expresó “Benditos sean nuestros imitadores, porque ellos serán mis defectos”; indicando, a la manera de Santayana, que quienes ignoran la historia están condenados a repetir los errores del pasado. Para ello basta ver, en los días presentes de la pandemia, cómo los gobernantes, ignorantes de la historia, repiten las partituras de la Muerte Negra y la peste. Lo hacen cuando, no obstante poseer vastos recursos, no contemplan los riesgos, ignoran los peligros latentes consustanciales a la existencia de vida en el planeta y terminan adoptando estrategias monotemáticas que consideran un solo aspecto, el aislamiento y la consecuente interrupción de la vida económica, para defender su interés creado de sobrevivir políticamente a costa de la ruina de todos. 

Al final del día, ¿quiénes son los Polichinelas del momento? Yo tengo clara la respuesta. Pero siendo un liberal convencido, dejo que cada cual encuentre la suya dentro de su propia circunstancia.

Francisco Swett
11 de mayo del 2020

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