Piero Gayozzo

Los dos fascismos peruanos: etnocacerismo y urrismo florista

Ambos deben ser rechazados por ser radicales y violentos

Los dos fascismos peruanos: etnocacerismo y urrismo florista
Piero Gayozzo
05 de mayo del 2026

 

A propósito de la asociación entre Roberto Sánchez y Antauro Humala, recientemente, la organización USHNU publicó un interesante hilo en Twitter en el que compara el urrismo de Luis Miguel Sánchez Cerro y el etnocacerismo de Humala. El hilo hace bien al diferenciar entre los líderes y sus vivencias de las ideas que promovieron. Acierta al sentenciar que no hay consanguinidad intelectual entre ambos, pues no comparten ideólogos o pensadores de cabecera, pero incurre en un desacierto al omitir que tanto las ideas del urrismo fascista y del etnocacerismo forman parte de un mismo ecosistema ideológico: el fascismo. Revisemos qué es el fascismo, qué proponen estas vertientes peruanas y por qué, a pesar de ser distintos, ambos son perjudiciales. 

El fascismo es una ideología política con ideas propias. No se trata de una anti-ideología, es decir, un conjunto de ideas diferenciadas por su oposición a algo, sino que ofrece una constelación utópica que puede variar en función de cómo se adapten sus presupuestos. A diferencia del comunismo, cuya utopía final se mantiene idéntica cualquiera sea el medio revolucionario adoptado (proletario, campesino, identitarismos, etc.), en el fascismo, el objetivo final varía dependiendo de la forma en que se defina la matriz fascista. En la academia existe cierto consenso sobre el conjunto de rasgos que definen una ideología como fascista. A esta matriz se le ha denominado el mínimo fascista y se trata de la conjugación de una forma palingenésica de ultranacionalismo populista que busca una modernidad alternativa.

La ultranación constituye una idealización de la nación, la cual es concebida en términos (1) primordiales, como la etnia o la cultura, y que son entendidas como rasgos propios, heredables y definitorios, y/o (2) perennes, en la medida en que presenta la nación como una entidad que habría existido siempre, incluso antes de cualquier formalización jurídica. Por su parte, la modernidad alternativa alude a un escenario en el que los valores reclamados por la nación vuelven a orientar el devenir histórico. Se trata de una visión en la que la nación resurge como fénix tras un periodo de crisis, un proceso de palingenesia, y en la que el rumbo de la modernidad liberal es corregido o encauzado en función de ese renacimiento. En este marco, el fascismo puede caracterizarse como una ideología de tradición irracionalista, en tanto rechaza el racionalismo ilustrado y privilegia formas de conocimiento ajenas a la racionalidad estricta, tales como la intuición, la emoción, la subjetividad, el sentido común, la fe o el instinto. De ahí que los valores que sustentan esta modernidad alternativa se expresen de manera recurrente mediante referencias a la religión, la tradición, la violencia, así como a mitos y leyendas que dotan de sentido y cohesión simbólica al proyecto político fascista.

Antes de profundizar en la similitud ideológica entre el etnocacerismo y el urrismo debe destacarse una precisión: que Sánchez Cerro no fue fascista. En términos políticos Sánchez Cerro solo fue un caudillo. No fue ni un intelectual, ni un hombre visionario. Fue un militar con sentimiento social que aprovechó la crisis para acabar con la tiranía de Leguía y que una vez en el poder creó un movimiento para permanecer en él. La mayor proeza ideológica de Sánchez Cerro fue el Manifiesto de Arequipa, el cual no fue producto de su pluma, sino la encarnación de las ideas de un joven Bustamante y Rivero.

Sin embargo, luego de la muerte de Sánchez Cerro el urrismo sufrió una escisión. Por un lado, los seguidores de Cirilo Ortega se unieron al nuevo gobierno de Benavides y fomentaron el culto a su fenecido líder con la misma línea ideológica que el urrismo sanchecerrista. En otras palabras: no hubo ninguna novedad en término de propuestas. Por otro lado, su subalterno, Luis Alberto Flores Medina, reorganizó a una facción de seguidores y junto a otros líderes convirtió a la Unión Revolucionaria en un partido fascista. Rápidamente organizó sus escuadras de camisas negras, incorporó el corporativismo a su línea ideológica y capitalizó la muerte de Sánchez Cerro a su favor. Así, Flores Medina se convirtió en el líder de un partido fascista, un hecho que fue denunciado por el ala orteguista como contraria a los principios democráticos del Manifiesto de Arequipa. En resumen, ni el urrismo primigenio, ni Sánchez Cerro fueron fascistas, pero sí el urrismo florista.

 

Los fascismos

Analicemos ahora las dos formas de fascismo peruano en función del mínimo fascista. Para el urrismo florista el ultranacionalismo se define en términos de defensa del territorio, se trata de un sentimiento de unidad y de rebelión contra el derrotismo. No obstante, recordemos que el movimiento fue caudillista y no ideológico en sí, por ello me atrevería a decir que el urrismo no logró madurar una teoría ultranacionalista compleja, sino que fundó la peruanidad únicamente en torno a la revolución de Arequipa. Su proceso de palingenesia no fue sino una estrategia discursiva inspirada en el legado de Sánchez Cerro y la necesidad de cumplir el proyecto trunco del caudillo. Por esta razón, su proyecto de modernidad alternativa consistía en la regeneración de la nación a través de la ejecución del programa político original de Sánchez Cerro, el cual estaba orientado por los valores del Manifiesto de Arequipa. 

Aunque a primera vista ello podría parecer contradictorio, dado que dicho manifiesto tenía un carácter democrático, mientras que el corporativismo urrista asumía rasgos claramente totalitarios, esta tensión se vuelve más comprensible al atender al componente populista del urrismo. Este componente converge con la noción de democracia autoritaria, entendida como una forma de concebir el gobierno del pueblo en la que los deseos e intereses de las masas son encarnados y representados por un caudillo. En este sentido, la regeneración nacional prometida por Sánchez Cerro solo podía materializarse, dentro de esta lógica, a través del liderazgo de Luis Alberto Flores Medina, figura concebida como capaz de interpretar y canalizar los verdaderos anhelos del pueblo.

Por su parte, el etnocacerismo es otra forma de fascismo peruano. Es cierto que no se nutre de la tradición católica ni conservadora local, menos de las variantes sanchecerristas. Por el contrario, es un producto ideológico original que ha sabido combinar las contribuciones de autores indigenistas, parte del legado del ejército peruano y las demandas de un sector de la población en una narrativa anti-sistema. A diferencia del urrismo florista, el etnocacerismo reafirma la identidad étnica, proponiéndola como mito unificador. La ultranación etnocacerista está fundada sobre la raza cobriza, concepto que reúne a los diversos pueblos nativos de los andes, la costa y el Amazonas.

Según su narrativa, estos pueblos fueron diezmados por la conquista española y la subsiguiente República peruana. De ahí que la palingenesia o resurgimiento de la nación etnocacerista será posible una vez que la raza cobriza logre superar la discriminación, recupere el control de su territorio y tome las riendas de su futuro. Para ello requerirá de una figura mítica de liderazgo o inka-rey, el cual menciona Humala, fue un rol anteriormente tomado por Juan Santos Atahualpa, quien realizará una revuelta o yihad-inkaica para liberar a los indígenas oprimidos. Una vez que la raza cobriza retome el poder y que la alienación fomentada por el colonialismo europeo, el neoliberalismo y la globalización sean superados, los valores precolombinos serán restaurados y una nueva forma de Unidad Tawantinsuyana habrá resurgido. Reclamada así la modernidad alternativa, la raza cobriza finalmente podrá competirá de igual a igual con las otras razas del mundo. 

 

El problema

Si bien el fascismo urrista (urrismo florista) y el etnocacerismo buscan proyectos distintos, en su fundamento comparten la misma estrategia revolucionaria. Ambos coinciden en la defensa de una nación imaginada a la medida de sus intereses, buscan un resurgimiento mítico recurriendo a valores y causas irracionales, a la vez que construyen un proyecto de sociedad alternativo de la mano de un caudillo. Estas vertientes de fascismo peruano cuentan con fortalezas sobre el otro. A diferencia del urrismo florista, el etnocacerismo posee un corpus ideológico más complejo, mientras que el urrismo florista guarda la memoria, aunque distante, de un episodio histórico y de un caudillo que fueron bien recibidos por las masas peruanas.

Sin embargo, no olvidemos que ambos deben ser rechazados, pues el fascismo es una ideología peligrosa, al igual que el comunismo u otras que se sustenten en la falsedad. En el caso del fascismo básicamente por dos razones: (1) Es un proyecto falaz, pues se edifica sobre una ficción (la Nación) y adopta como guía de acción formas de conocimiento de carácter irracional, tales como las pasiones, las emociones, los mitos, la fe o las leyendas. Esta orientación metodológica tiende hacia la falsedad; y, como es sabido, la falsedad predispone a la toma de decisiones erróneas, con el consiguiente riesgo de menoscabar el bienestar colectivo. (2) Por su ethos radical, vitalista y violento, las políticas derivadas de este marco ideológico han implicado, de manera recurrente, la vulneración innecesaria de otros, tanto a nivel individual como colectivo.

Piero Gayozzo
05 de mayo del 2026

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