Maria del Pilar Tello
¿Libertad es desconexión?
La tecnología es un aporte y no un instrumento de control

Las noticias en el Perú de estos días son dramáticas. Estar pendiente de la violencia y de las marchas agota la mente y el espíritu. Y estamos más cercanos que nunca porque siempre estamos conectados. Si bien hay empleos que exigen la conexión permanente, debemos saber que existe un nuevo derecho que es el de la desconexión. Para liberarnos de las redes, los links y la instantaneidad comunicativa. Un nuevo derecho que considera que la conexión excesiva está sobrevalorada. Tanto que cuando olvidamos o perdemos el celular nos parece una tragedia que nos deja al margen de las oportunidades.
Entendemos que la comunicación inmediata forma parte de nuestra vida y de la instantaneidad interactiva. Parecería que todo nuestro mundo depende de la pequeña pantalla. Por ello muy pocos deciden desconectarse. Con notable exageración se pretende que la desigualdad social es la digital y que el acceso a la red solucionará todos los problemas. Pero no es así. La saturación llega, y pasamos de la satisfacción de estar conectados a la necesidad de aislarnos como forma de resistir a los inconvenientes y patologías de la hiperconectividad.
Ante la disponibilidad incesante surge la fatiga y el deseo de liberarnos, aunque nos miren como si fuéramos raros. Y es que estamos demasiado convencidos de que la conectividad genera oportunidades y que con ella funcionamos mejor para el trabajo, los amigos, la comunicación en familia, la participación, los conocimientos y la información.
Pero nos toca ver la tecnología con serenidad y amor propio, en el sentido de aceptar que todo exceso de conectividad puede ser una carga. Especialmente cuando traspasamos el umbral de la disponibilidad y nos sentimos desbordados y asediados por un mundo de invisibles contactos que nos reclaman con exigencia absoluta. No necesitamos el desborde nervioso por asedio tecnológico. Y debemos protegernos, si no podemos gestionar el ritmo y la duración de nuestra conexión, para preservar nuestro propio devenir en un mundo acelerado en el cual la calma puede parecer disonante. Parte de esa protección es enfrentar la intrusión permanente que no nos permite estar ni con nosotros mismos.
Hablamos del derecho a desconectarse, que implica buscar una saludable desintoxicación para concentrarnos en aspectos personales que nos exigen aislarnos. La conexión no puede ser obligación absorbente. Mucho menos dominación. Podemos optar por la desconexión temporal para un objetivo mayor como trabajar, escribir, pintar, reflexionar o meditar. A ello se agrega nuestro derecho a no ser localizables, interrumpiendo o apagando celulares y computadoras, bloquear toda conexión externa para encontrarnos con lo que queremos.
¿Libertad es desconexión? Puede serlo. Y más aún cuando existe la distopía de la conexión permanente, de la vida sin pausa; como robots en indefensión y vulnerabilidad. Muchos manejan insanamente la fórmula 24/7, que significa estar activos 24 horas al día los siete días de la semana, sin tranquilidad, silencio, descanso y retiro necesarios. Una existencia sin nada íntimo, oculto o privado; todo en exposición en el mercado. La única excepción es el sueño vital, que no puede ser vendido y debe ser protegido. Como la salud, el medio ambiente y la educación, que no son mercancías.
La pandemia del Covid-19 puso la salud por encima de todo y revaloró la necesidad de pausa, de descanso, de contactos familiares y de afectos cultivados. La salud y la felicidad siguen siendo derechos mayores, demasiado caros dentro de la economía global. Si no nos importa el derroche de nuestra vida menos todavía importarán la naturaleza y la integridad ecológica.
El 1 de enero de 2017, entró en vigor en Francia el “derecho a desconectar”, que exige a las empresas de más de cincuenta empleados negociar el trabajo y la disponibilidad digital al final del día. En el 2016 Corea del Sur discutió una ley similar. Y en Filipinas una ley similar fue respaldada por el sindicato local. Y la empresa alemana Volkswagen, sin necesidad de ley, negocia con sus trabajadores el tiempo de conexión que les exige.
La conectividad también puede ser un instrumento de explotación y de dominación si no se asume como bandera social la defensa de la libertad de conectarse y desconectarse, sin presiones ni costos adicionales. Necesitamos otra política, otra regulación, otros valores y una ética que considere la tecnología como un aporte y no como un instrumento de control o subordinación.
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