Javier Agreda
Las nerviosas: nombrar el sufrimiento
Reseña crítica de la novela de Rosa Chávez Yacila
Entre las múltiples limitaciones que impone la pobreza están la de las palabras y referentes con que explicamos nuestros problemas más personales, el tiempo que podemos dedicar a resolverlos y hasta la posibilidad de acceder a ayuda para remediarlos. En Las nerviosas (Random House, 2026), la periodista y escritora limeña Rosa Chávez Yacila explora esa zona en la que la salud mental se encuentra con la desigualdad económica para mostrarnos cómo la depresión y la ansiedad se viven de manera distinta cuando las principales preocupaciones cotidianas son el trabajo precario y la falta de dinero. En su familia, durante generaciones, ese malestar tuvo un nombre mucho más impreciso: “nerviosismo”.
La narración combina, alternando con notable fluidez, la autobiografía, el ensayo personal y la saga familiar. Chávez Yacila recuerda que los problemas de salud mental estuvieron presentes durante varias generaciones entre las mujeres de su familia, aunque nunca fueron identificados como tales. Su madre, sus tías y su abuela —mujeres dedicadas a los trabajos más humildes, varias de ellas empleadas domésticas— llamaban “nerviosismo” al agotamiento, la angustia, el miedo y la tristeza en los que vivían sumidas. Pero una palabra tan amplia no ayuda a descubrir que detrás de esos estados puede haber una enfermedad susceptible de tratamiento.
Es aquí donde la historia personal de la narradora adquiere especial importancia. Chávez Yacila no observa a su familia desde la distancia de quien ha conseguido escapar de sus circunstancias. Ella misma forma parte de esa genealogía de “nerviosas” y dedica buena parte del libro a reconstruir su propia relación con la enfermedad. Los primeros indicios aparecen en los mareos que padecía desde la adolescencia, episodios cuyo origen tardó en comprender. A ellos se suman las crisis depresivas, los tratamientos con ansiolíticos, las terapias y, de manera particularmente reveladora, la difícil relación con su propio cuerpo y con la imagen que le devuelve el espejo. La narradora no solo intenta averiguar qué les sucedía a las mujeres que la precedieron: intenta entender qué parte de ese sufrimiento ha llegado hasta ella.
Esa dimensión autobiográfica constituye una de las virtudes de Las nerviosas. La investigación familiar no es un ejercicio académico ni un reportaje sobre “los pobres”, observados desde fuera, sino una forma de indagar sobre su identidad. Las fronteras entre investigar a la madre, recordar la infancia y comprender la propia enfermedad se vuelven deliberadamente imprecisas. La enfermedad mental deja entonces de ser un asunto exclusivamente médico para convertirse en una experiencia que afecta la percepción de uno mismo y las relaciones familiares.
A esa búsqueda se suma la experiencia de la movilidad social. La narradora pertenece a la primera generación de su familia que accede a la universidad y a una profesión cualificada. Su traslado del Cono Norte limeño al distrito de Magdalena no significa, sin embargo, una ruptura con su origen. Por el contrario, genera una persistente sensación de incomodidad, culpa y hasta de traición hacia quienes quedaron atrás. De ahí que Chávez Yacila asuma como un rasgo de identidad la palabra “conera”, utilizada con frecuencia como insulto clasista. La movilidad social aparece así despojada de cualquier triunfalismo: ascender puede significar también descubrir cuánto del lugar de partida permanece dentro de uno.
El libro va ganando fuerza a medida que abandona las explicaciones generales y se entrega a las escenas, los recuerdos y las pequeñas historias familiares, narradas siempre con un lenguaje ágil, lúdico y preciso. Chávez Yacila posee una evidente sensibilidad de cronista, y su narración se mueve con naturalidad entre los diversos géneros ya mencionados. Pero esa condición híbrida no constituye una indefinición genérica, sino precisamente una de las razones de su originalidad: el libro necesita distintas formas de escritura para dar cuenta de una experiencia que también se encuentra entre distintos mundos.
Esa búsqueda alcanza su mejor momento en los capítulos finales, cuando la narradora viaja con su madre al norte del Perú para reconstruir la historia de las mujeres de la familia. Allí aparece un archivo doméstico inesperado: fotografías y documentos que conservan nombres, rostros, oficios y fragmentos de vidas que parecían destinadas al olvido. El descubrimiento modifica el sentido de la “herencia”. Para una familia sin grandes propiedades ni apellidos ilustres la herencia no consiste en bienes que puedan repartirse, sino en aquello que se transmite silenciosamente: el trabajo, la pobreza, las enfermedades, los miedos, los silencios y también las historias.
Así, lo que comienza como una investigación sobre la salud mental de unas mujeres termina convirtiéndose en una búsqueda de memoria para quienes rara vez han sido considerados protagonistas de la historia. La labor de Chávez Yacila consiste en reunir las piezas dispersas de una familia y preguntarse qué significan, qué ha recibido de quienes la precedieron y qué puede transformar.
Al convertir el “nerviosismo” en el nombre de una experiencia colectiva y personal, la autora ha construido una obra narrativa sumamente original, capaz de combinar investigación, memoria, autobiografía y literatura sin que ninguna de esas dimensiones se imponga sobre las demás. Por su escritura, por la singularidad de su propuesta y por la manera en que transforma una historia íntima en una reflexión de alcance social, Las nerviosas es, sin duda, uno de los libros más interesantes de la literatura peruana reciente.
















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