Iván Arenas
La transición paniagüista y Dina Boluarte
La política del pacto, del acuerdo ya no existe

Es septiembre del 2000, los vladivideos acaban de ser publicados. El fujimorato –que había resistido una de las marchas más masivas y numerosas, además de entretejida entre diversos sectores sociales, económicos y políticos– estaba a un paso de derrumbarse. El dominó de la política veía perder al fujimorato. Allí se empezó a gestar la transición paniaguista. Fueron dos meses de adrenalina. En noviembre de aquel año, Valentín Paniagua asumiría la presidencia del Perú por sucesión republicana. Empezó la transición que llevaría su nombre.
Pero esta transición no era solo de membretes, sino también de fondos. Era la transición de la mal llamada dictadura fujimorista (la palabra correcta es autoritarismo) hacia la democracia. Las activas organizaciones no gubernamentales empiezan a vender las imágenes de una transición a la española, a la sudafricana. Pero fue todo lo contrario. Mientras en España, La Pasionaria y Alberti se daban abrazos ante los aplausos de franquistas, comunistas y socialistas, aquí de pronto surgió la cacería al fujimorismo y a los fujimoristas. La imagen de la expulsión/suspensión de congresistas fujimoristas en el 2002 cerraba un ciclo del fujimorismo en el Perú. Eso al menos se creía.
La narrativa en el mundo posmoderno lo es todo. La transición paniagüista en lugar de desarrollar una narrativa de tolerancia e inclusión del adversario fue todo lo contrario. Allí nacieron todos los relatos que luego harían del antifujimorismo una identidad política potente y perversa. El resultado final es que ahora tenemos a Pedro Castillo y Dina Boluarte.
Pero ojo, también hay yerros en la tienda naranja. En sus esfuerzos para convertirse en un partido, el fujimorato se volvió un cascarón, un comando de campaña permanente y no un partido de cuadros con ideología que recogiera e interpretara el conservadurismo liberal de la mayoría nacional. Los Fujimori, imbuidos en el ejemplo de su padre, que se encargó de debilitar partidos para poder gobernar sin contrapesos, demostraron ingenuidad, falta de sagacidad y sobre todo de una mirada larga, porque por encima de ellos está el proyecto republicano.
La transición paniaguista no la hicieron los partidos, la hizo la izquierda con sus oenegéss y algunas personalidades, “notables”, casi todos ellos con sesgos ideológicos hacia la izquierda. En el 2006 y hacia adelante el fujimorismo empezó a crecer. Es increíble que a pesar de los relatos contra la fuerza naranja hayan llegado a varias segundas vueltas, todas perdidas por el antifujimorismo, que no es sino la razón del yihadista.
La política del pacto, del acuerdo ya no existe. Como en aquella novela en la que a los personajes se les traga la selva, a la política –que es llegar a acuerdos con quienes no te gusta– se le condenó con tanta miseria que apareció la antipolítica. Todo lo que hoy tenemos es originario de aquella época de transición, en la que en lugar de pactos hubo exclusiones, en la que el adversario se convirtió en enemigo.
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