Heriberto Bustos

La tierra exige respeto

La búsqueda de un equilibrio entre el hombre y el medio ambiente

La tierra exige respeto
Heriberto Bustos
23 de abril del 2019

 

Cierto es que nos dijeron en múltiples ocasiones que la tierra era nuestra casa común —vale decir, el lugar de vida de los seres humanos—, y que por ello deberíamos cuidarla, realizando algunas acciones como plantar un árbol, recoger la basura, utilizar bicicletas en lugar de vehículos motorizados para movilizarnos. En pocas palabras, nos hicieron o hacían sentir que éramos los directos responsables de la contaminación ambiental, cuando en realidad su incremento contaba con la participación y complicidad de los gobiernos de países “desarrollados”.

Si nos interrogamos sobre lo que somos como planeta, encontraremos la existencia de vida, expresada en la innumerable variedad de plantas y animales, y que nuestra dependencia de la tierra, aire y agua nos obliga a protegerlos. Sin embargo, los distintos modos de producción van afectando paulatinamente nuestras formas de vivir, agudizando en muchos casos el hambre, destruyendo poblaciones a través de las guerras e incrementando las injusticias, entre otros.

La consideración a la naturaleza va de la mano con la necesidad de vivir en paz, en una comunidad en la que la justicia y los derechos humanos constituyan un escenario de unidad. En este contexto, y para entender el significado humano del respeto a la tierra, resulta oportuno hacer mención a la carta del jefe indio Seattle al presidente Franklin Pierce en 1855(*):

¡Cómo podéis comprar o vender el cielo, el calor de la tierra? Esta idea nos parece extraña. No somos dueños de la frescura del aire ni del centelleo del agua. ¿Cómo podríais comprarlos a nosotros? Lo decimos oportunamente. Habéis de saber que cada partícula de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada hoja resplandeciente, cada playa arenosa, cada neblina en el oscuro bosque, cada claro y cada insecto con su zumbido son sagrados en la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia que circula en los árboles porta las memorias del hombre de piel roja.

No obstante, tuvimos que esperar hasta el año 1970 para reaccionar con cierto grado de contundencia y forzar a que la Organización de las Naciones Unidas definiese el 22 de abril como día internacional de la tierra, proponiéndose como objetivo “llegar a un equilibrio entre la viabilidad y la salud medioambiental y las necesidades sociales y económicas de la nuestra y de las generaciones futuras”. Le siguieron una serie de acontecimientos como la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, y la Declaración de Principios para la Gestión Sostenible de los Bosques en la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, en 1992; la declaración del Año Internacional del Planeta Tierra (2008); la celebración en el 2012 de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible (Río+20); el establecimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, basado en los Objetivos de Desarrollo del Milenio y la Cumbre del Clima que se celebrará  en  septiembre de 2019.

El interés de los gobiernos en implementar las acciones señaladas evidencia el reconocimiento de sus responsabilidades. En nuestro caso, y en tanto país con demasiada riqueza minera en su suelo, la constante confrontación entre las empresas y pobladores induce a la búsqueda de un equilibrio entre el hombre y el medio ambiente, ubicando en primer plano la modificación de conductas y redimensionando el respeto a la tierra. Todo ello debe traducirse  en acciones educativas, asumiendo la advertencia del jefe indio en la carta referida:

Vosotros debéis enseñar a vuestros hijos que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, debéis decir a vuestros hijos que la tierra está plena de vida de nuestros antepasados. Debéis enseñar a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñados a los nuestros: que la tierra es nuestra madre. Todo lo que afecta a la tierra afecta a los hijos de la tierra. Cuando los hombres escupen el suelo se escupen a sí mismos.

 

* Fragmentos de la carta enviada en 1855 por el jefe indio Seattle de la tribu Suwamish al presidente Franklin Pierce, en respuesta a la oferta de compra de sus tierras ubicadas en el actual Estado de Washington.

 

Heriberto Bustos
23 de abril del 2019

NOTICIAS RELACIONADAS >

El olvidado poder del “currículo oculto”

Columnas

El olvidado poder del “currículo oculto”

A pocas semanas del inicio del año escolar 2025, en un contexto...

27 de febrero
Las angustiosas elecciones del 2026

Columnas

Las angustiosas elecciones del 2026

Como es de conocimiento público, las elecciones generales para ...

20 de febrero
Con la dignidad no se juega

Columnas

Con la dignidad no se juega

Albert Einstein, en sus reflexiones sobre la ética, nos dej&oac...

13 de febrero

COMENTARIOS