Francisco Swett
La peste y el pacto social
Consecuencias del duelo entre la economía y la peste

¿En qué momento el aislamiento y la economía llegan al punto de quiebre? La respuesta es que no hay un solo punto, el blanco es móvil y de ninguna manera único para todos. Nuestros países se distinguen por tener economías frágiles en grado variable; ofertan sus productos al exterior, pero no hay demanda o esta está severamente deprimida. Frente a esta realidad, hay vastos sectores de la población cuya subsistencia es del día a día; los ahorros nacionales son escasos; los gobiernos tienen posiciones fiscales deficitarias y el juego político de las izquierdas halla el escenario perfecto del río revuelto.
Existe un trade-off (o relación de intercambio de las opciones existentes) entre el aislamiento total y la capacidad de aguante de la economía. Somos espectadores en un drama en el cual la visualización es clara: las calles están vacías porque hay restricciones severas a la movilización, el comercio está cerrado, la distribución de alimentos enfrenta al pánico colectivo y a la rapacidad de los acaparadores. Los hospitales están colapsados, hay falta de provisiones médicas, instrumentos, personal y toda suerte de medicinas. En los casos más extremos, las morgues están de bote a bote, los cementerios no se dan abasto, la capacidad instalada para la incineración de los cadáveres es deficitaria. Se dan escenas en que, haciéndonos retroceder a la Edad Media, se halla cadáveres tirados en las aceras, algunos en descomposición, y no hay servicio forense disponible. El dolor profundo llega bien adentro para los deudos de los fallecidos; no hay adiós, simplemente la desaparición de un ser querido como que nunca hubiese existido. A diario el desfile de los partes mortuorios revela cómo el virus no conoce de diferencias sociales o posiciones económicas. Es un cuadro dantesco.
Es el duelo entre la economía y la peste, y la víctima es el pacto social. El distanciamiento social, seguido por el aislamiento, es la práctica recomendada. Pero no es viable más allá de unas pocas semanas. El cálculo elemental es el de arriesgarse a ser el único entre cien que perderá la vida, o el único entre quince que deberá ser internado; o,alternativamente, el que se muera de hambre. La peste, como todos los males, es más abusiva con los más frágiles: la fuerza del sistema inmunológico depende de una buena nutrición, que no es la que tienen los pobres. Cuando se vive al margen de la subsistencia, el cálculo de supervivencia es inmediato. De igual manera, en el plano colectivo, ahí donde abunda el empleo formal, donde se asienta la burocracia, existe una mayor sensación de seguridad. Seguridad que resulta pasajera en la medida en que los gobiernos viven de los impuestos de los contribuyentes, que no fluyen porque el comercio y la industria cesaron su producción e intermediación.
¿Qué hacer para alterar el cálculo? En un mundo ideal, no típico de los gobiernos, lo primero que habría que esperar es la prevención. Mas hemos visto que aquello no se da siquiera en el llamado Primer Mundo, donde hay la abundancia de recursos y conocimiento para enfrentar estos problemas. Una vez enfrentados al problema, la respuesta empieza por tener los planes de defensa de la salud pública debidamente elaborados y financiados. Podemos tomar el ejemplo de países como Singapur, Taiwán y Corea, que han sido más efectivos en el combate, y en su accionar han partido de principios básicos de organización e información.
Se deben configurar las bases de datos con todos la información pertinente de localización, sexo, edad y características socio-económicas de los afectados o potencialmente expuestos. Hay que tener vocerías efectivas y autorizadas para que la información y las disposiciones lleguen a la gente. Se debe contar con todas las pruebas que sean requeridas para determinar los focos de infección y su radio dinámico de expansión. Hay que usar los métodos inductivos para hacer encuestas que tengan fuerza predictiva. Se debe contar con los protocolos para organizar la logística de atención médica y, finalmente, el uso firme pero civilizado de la autoridad para hacer efectiva la disciplina y el sometimiento colectivos. La tecnología y la información ayudan. La producción no puede parar, pero debe estar dentro de los cánones y reglas de la emergencia. Hay limitación de las libertades, pero esta debe ser pasajera y en función del bien común.
El covid-19 inicia un nuevo ciclo de peste global. A diferencia del pasado, hay defensas para mitigar las pérdidas. Pero hemos ingresado, a no dudarlo, a una nueva realidad en que nuestra hybris está desafiada y sometida por un enemigo invisible. Uno que salió de su madriguera y no volverá a separarse de nosotros.
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