Aldo Llanos
La necesidad de una advocación para generar unidad
A propósito de la festividad de la Virgen de Guadalupe

Para los mexicanos en especial, la conmemoración de todos los doce de diciembre en honor a las apariciones de la Virgen de Guadalupe, no sólo es un factor de unidad religiosa sino de unidad nacional. En su santuario y frente a su imagen, mexicanos de todos los estratos sociales y convicciones políticas se reúnen para rendirle veneración como la “madre de Dios”, a la cual la sienten muy suya.
Y es que, hasta antes de sus apariciones, México estaba fracturado al no sanar las heridas producidas durante la conquista española.
La aparición de la Virgen al indio chichimeca San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, supuso el abandono de los cultos paganos de los pobladores originarios para abrazar la fe católica y reconciliarse socialmente con los españoles en un hecho sin precedentes.
En efecto, este año, entre el 8 y el 12 de diciembre, pisaron su santuario once millones de personas según datos proporcionados por la secretaría de gobierno de la ciudad de México, escapando a cualquier intento de racionalización sociológica que pueda explicarla pasando por alto las posibilidades de la fe.
La advocación guadalupana invita poderosamente a sus devotos a convertirse siguiendo a Jesucristo bajo una profunda inculturación: la Virgen le habla a San Juan Diego en su idioma, un idioma originario (Náhuatl), diciéndole "¿Cuix ami nican nica nimonantzin?" (¿Acaso no estoy yo aquí, yo que soy tu madre?); además, no pasa por alto elementos propios de la cultura local, al pedirle a San Juan Diego que utilice su tilma, es decir, una manta de algodón que llevaban los campesinos anudada sobre sus hombros en vez de un lienzo occidental para quedarse “pintada” para siempre en esta.
También nos muestra la opción mariana preferencial por los pobres al elegir como mensajero a un “anawin”, es decir a un pobre económicamente hablando, pero poseedor de una humildad tal que confía con todas sus fuerzas en la providencia de Dios; nos señala el valor de la mujer en todo proceso de evangelización; y resalta el papel de los laicos para “evangelizar” al propio clero. Como el mismo San Juan Diego llevándole el recado mariano a su propio obispo con humildad y con profundo respeto al mensaje recibido, sin agregarle ni quitarle nada.
Precisamente por ello, me preguntaba qué advocación mariana en Perú podría suscitar un movimiento de unidad en nuestra patria, que sigue polarizándose a pasos acelerados y que olvida la enorme diversidad de sus pobladores y su cultura.
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