Nicolas Nadramia
La guerra por el control de las escuelas
Libertad, educación e ideología de género

Los pasados jueves 4 y 25 de abril uno no podía entrar a las redes sociales sin leer en las tendencias al hashtag #EnfoqueDeGénero. En el primero de esos días la Corte Suprema dio el fallo (que ratificó en el segundo) a favor de que la currícula escolar imparta una educación basada en valores e igualdad de género en las escuelas peruanas. Y cinco días después salieron a la luz libros con cierto contenido considerado inapropiado por los sectores más conservadores de nuestra sociedad, los que motivó que algunos exigieran la renuncia de la ministra de Educación, Flor Pablo.
Este debate lleva ya tres años desarrollándose en nuestro país, y llegó a su clímax en marzo del 2017, cuando decenas de miles de personas salieron a la plaza San Martín para exigirle a la ministra de Educación —en ese entonces, Marilú Martens— que saquen la llamada “ideología de género” del currículo estudiantil. La sociedad peruana está sumamente dividida en este caso, puesto que los millennials y primeros centennials, generaciones que abarcan el 33% de la población total del Perú (según IPSOS Apoyo), tienen una mayor influencia en el mercado laboral y la política peruana, y comparten una ideología preocupada por el medio ambiente, el calentamiento global, la educación y, sobre todo, la libertad del ser humano.
Millennials y centennials abogan por la idea de que sin libertad individual no puede existir desarrollo en el país, y son la principal oposición ideológica frente a una sociedad que tiene aún una fuerte presencia del catolicismo (76.1% de la población total se considera católica según Datum) en sus vidas y formas de pensar. No es extraño, por ello, que en el tema de la ideología de género se haya llegado a radicalismos que van desde “por culpa de la religión somos un país atrasado” hasta “con mis hijos no te metas”.
La mala noticia para mi generación es que no todo lo que te desagrada tiene que ser malo o “medieval”. No es coincidencia que en otros países de la región y en la primera potencia mundial existan conferencistas y personajes públicos enemigos del progresismo de este siglo, y que empleen argumentos basados firmemente en las ciencias naturales, estadísticas y en las humanidades para defender sus posturas provida y anti LGBT, por ejemplo. Los casos más representativos son Ben Shapiro en Estados Unidos y Agustín Laje en Argentina. Este último define a la ideología de género como un “conjunto de ideas anticientíficas que buscan imponerse de forma autoritaria con el fin de crear una sociedad sin sexos”. Sin lugar a dudas, se trata de un tema polémico a nivel mundial, que mantiene dividida a la población. Y los duros y descalificativos términos que se utilizan en uno y otro lado son ya como el pan de cada día.
El problema central (y protagonista principal) es la propia libertad. A ella se remiten incontables veces ambas posiciones enfrentadas, ya sea para defender el derecho de las personas a vivir su vida como deseen o el derecho a la libre circulación de ideas. Y pasa que muchos confunden libertad con omnipotencia, cosa que diferencia muy bien Fernando Savater al afirmar que la libertad “es la forma como respondemos a lo que nos pasa”, mientras que omnipotencia “es querer conseguir siempre lo que queremos, aunque nos parezca imposible”.
Podremos decidir que nuestros hijos se eduquen en colegios que compartan nuestros valores personales; pero no podemos exigir a todos los colegios que enseñen solo lo que nosotros consideramos bueno. Al mismo tiempo, el Minedu tiene la libertad de responder en las escuelas a través de la asignación de materias que consideran necesarias para el desarrollo del país, pero no puede impartir las ideologías que profesa el Gobierno de turno para captar nuevos militantes. Ahí está el conflicto que pone en duda el rol del Estado en la educación y sobre qué se debe enseñar.
Rescatando el punto anterior y recordando a la antropóloga brasileña Paula Sibila, la escuela fue creada durante el apogeo de la primera revolución industrial para que los niños puedan 1) conocer su idioma mediante la alfabetización y manejar el código lingüístico, para que tengan un buena lectura y escritura; y 2) estar capacitados para hacer cálculos y lidiar con los números.
Hoy en día, en plena globalización y cuarta revolución industrial, las necesidades han cambiado, pero se mantiene el deber principal: preparar a las generaciones siguientes con materias básicas para que puedan solucionar problemas en su contexto y logren sobrevivir. No se requiere que aprendan a rezar ni a seguir las ideas sociopolíticas que aseguren la existencia de un partido político.
No podemos negar ni tomar a la ligera el hecho de que somos el tercer país a nivel mundial con mayor violencia sexual, y la educación sexual va a ayudar en el mediano y largo plazo a combatir este problema. No obstante, no podemos utilizar un problema nacional tan grave para impartir ideologías que no están comprobadas científicamente. Y menos aún tratándose de temas que, consideramos, son responsabilidad principalmente de las familias.
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