Carlos Adrianzén
La fiesta electoral
Ocho de cada diez electores peruanos ya habrían decidido su voto
Nos agrade leerlo o no, ésta –el proceso de elecciones generales del mes entrante– sería otra fiesta repleta de criolladas. Reconozcámoslo. Desde hace ya varias décadas nuestros estimados de gobernanza estatal erosionan cualquier pretensión de tener procesos electorales limpios. Luego de más de una década de gobiernos de izquierda y del avance del progresismo global, resulta dudoso que hoy podamos aspirar –sin un comprometido celo ciudadano– a tener elecciones transparentes.
Nótese aquí que la polarización ideológica de estos tiempos también habría capturado y sesgado a medios de comunicación, observadores y agencias globales, otrora confiables. Y eso hace todo más complicado. Si nos dormimos, y se publican otra vez resultados con visos de extraños, otra vez se aducirá a la falta de evidencia. Y recuérdelo, la corrupción no llena formularios. E incluso, si los existiesen, no sería la primera vez que se les escondería o borraría.
Dos ejemplos en las antípodas. Me refiero a los casos de Javier Milei evitado en un ambiente burocrático peronista; y los fraudes de Nicolas Maduro en un ambiente chavista o de Daniel Ortega en la Nicaragua sandinista. Ambos configuran nítidos episodios que cimentarían esta preocupación.
Otros dos detalles contribuyen a fundamentar esta reserva. Uno nos refiere al persistente liderazgo de los dos punteros en las encuestas. Candidatos rabiosamente indeseados por la izquierda local apertrechada institucionalmente. Haciendo de la titiritera de este circo. Y por otro, las penosas defensas de voceros de alguna oenegé local respecto a la supuesta integridad del proceso que seleccionó al golpista Castillo Terrones.
¿Y cómo viene la cosa hoy?
Comenzamos esta materia destacando algo escondido en el grueso de las discusiones locales sobre las tendencias de las últimas encuestas publicadas. Repiten, como usualmente en los últimos procesos, que el votante peruano sería un completo improvisado. Que recién decidiría su voto en la cola.
A nivel de agregados y a pesar de lo planteado en algunas encuestas, esto podría no ser tan cierto. Sobre este plano, les recuerdo que algunos hacen millones de dólares cobrando por educarnos. Todo esto bajo la inocente envoltura de enseñarnos cómo votar bien.
Ahora bien, si revisamos una reciente encuesta presidencial –ver, por ejemplo, el segundo Simulacro Nacional y Encuesta de Intención de Voto (marzo 2026 -2| Encuesta Perú 21 Ipsos)– dejaremos en evidencia lo falaz de esta creencia (Ver Gráfico Único).

Los datos sugieren que semanas antes de estar en la cola de votación, ocho de cada diez electores peruanos ya evidenciarían preferencias persistentes por algún candidato y… por ninguno. Que a fines de marzo –a pesar de lo ilusa de la regulación electoral peruana y su frondosa cédula de votación– el porcentaje de electores indecisos ya converge sobre una expectativa racional con ajuste pleno de errores (un valor muy cercano al porcentaje usual de votos válidos blancos y nulos en las últimas elecciones). Es decir, ya habríamos llegado al usual 20%. ¡Sorpresa!
En síntesis, la brega se daría en el mundo de las ilusiones. Con los que ya habrían decidido votar. Pasando el voto de uno a otro. Pero la cosa no resultaría tan sencilla. Se puede incentivar la inasistencia hablando en tono autoritativo de un proceso oneroso –que lo es– y de una cédula de votación incomprensible –que no lo sería tanto– o cancelando los votos de los miembros de las FFAA. Esto puede explicar mínimas diferencias. Tan marginales como las que deciden las elecciones peruanas desde hace un buen tiempo.
Si pues. Nada está escrito en piedra.
A la izquierda local (i.e.: a las agrupaciones políticas ya infiltradas, a las llamadas caviares y a las filo–senderistas), tan impopulares como son hoy, luego de una traumatizante pandemia con más de una década de retrocesos y menor crecimiento económico, las huestes de izquierda local –casi todos los candidatos presidenciales y congresales– parecen soldados iraníes. No les queda más que disparar a lo que se mueva. O le pegarán a los punteros (Fujimori y Lopez Aliaga) con imputaciones inciertas o memes; a los candidatos sonámbulos (i.e.: César Acuña, José Luna, Carlos Alvarez, Wolfang Grozzo, etc.) o dispararse entre ellos (Vladimir Cerrón, Alfonso Lopez Chau, Carlos Alvarez, Mesías Guevara, Roberto Sanchez, Maria Pérez Tello, Ricardo Belmont, Alvaro Paz, Ronald Atencio, etc.).
Nótese además que, con la calidad de los razonamientos usados en la campaña, algo ya le queda claro al elector. Al limeño y al provinciano. La campaña no será profunda intelectualmente, pero tampoco aburrida. El camote de este ceviche será la persecución a (o demolición de) los punteros. Los atacarán con fruición y mucha afilada prensa y plata progre. Los rojos globales ya perdieron Venezuela, Argentina, Cuba y Ecuador. Colombia y Perú les importan.
Si los punteros del último año y medio son tan tontos como para contratar una esquina que los haga destruirse entre ellos, cualquiera de los citados –o de la decena de omitidos– se verá beneficiada. Si, sobre lo anterior, fuese cierto que el elector siempre busca al ganador y no al menos malo, es probable que cualquiera que los enfrente –si se dañaron mutuamente– resultará el próximo presidente. Sería la quinta vez de Keiko y la segunda de Rafael. ¿Serán solo otros candidatos al museo de los que no la hicieron?
Nótese que en esta sobrepuesta brega y sombras de por medio, Fiorela Molinelli o Francisco Diez Canseco (y hasta el Fantasma de Alfredo Barnechea) podrían dibujar otra de esas incomprensibles sorpresas a las que nos tienen acostumbrados los operadores electorales en los últimos años.
Y un detalle clave para estos longevos punteros, –a pesar de lo cantinflesco de los análisis políticos de los intelectuales de izquierda local– hoy la mitad de los electores –debidamente asustado por una encuesta ultra secreta– ya estaría enterrando a uno de ellos dos (o la los dos). A estos dos punteros les haría mucho bien dejarse de mirar entre ellos. Los electores más fáciles de atraer hoy están preferencialmente particionados. La penosa reforma de Tuesta y compañía ha bloqueado la aparición de otros liderazgos políticos claros.
Notemos que el que pagará la cuenta de una mala elección serán los más pobres. De hecho, revertir la destrucción institucional heredada de diez años de creciente opresión económica y política (izquierda en estas líneas), toma mucho más tiempo de lo que se repite.
Y si la elección es accidentada, y se selecciona a un incapaz, el futuro puede llegar a ser aún más complejo.
Corolario para Usted
Entendamos el gráfico. Con la foto a fines de marzo, existirían pocos candidatos con opciones de ser electos. Una candidata de centroizquierda y otro socialcristiano. Ergo, las izquierdas hoy están desesperadas. Y claro, con la inefable ayuda de los errores de los punteros, sus leales estrategas y una alta dosis de miedito –mentiras incluidas– esto puede cambiar. Y ese es el problema. Es justamente allí donde la captura de la superestructura selecciona ganadores.
Pero veamos el lado bueno: todo está en sus manos, apreciado elector. Claro, bastaría un pequeño accidente o escandalete de los punteros y el Pato Lucas puede ser el ganador. Alguna estrechez en el conteo, y el jurado, la prensa y las agencias multilaterales, les contarán en tono tecnocrático electoral, que el pato de marras se las traía; y que por ello –en las regiones donde no se contaron los votos– ellos arrasaron.
Frente al accidente acaso reaccionará ¿la clase política Local? ¿o la sociedad Civil? ¿o los empresarios? ¿O las iglesias? La respuesta es simple. Otra vez se acomodarían… y rapidito. Solo contamos con usted. Con su celo y su compromiso con los que requieren una alta tasa de inversión privada para salir de la pobreza.
















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