Silvana Pareja
Keiko Fujimori ante la historia
Entre la esperanza del futuro y los cuestionamientos del pasado
La llegada de Keiko Fujimori a la Presidencia inaugura una etapa que inevitablemente será observada con una mezcla de expectativa, cautela y memoria. Ningún otro liderazgo político en el Perú carga con un pasado tan presente en el debate nacional. Precisamente por ello, su mayor desafío no será únicamente gobernar, sino demostrar que el futuro puede construirse sin repetir los errores que marcaron capítulos complejos de nuestra historia.
La victoria electoral le otorga legitimidad democrática para conducir el país, pero no elimina el deber permanente de rendir cuentas. En una democracia sólida, el respaldo obtenido en las urnas constituye el punto de partida, nunca el punto de llegada. Cada decisión, cada nombramiento y cada reforma deberán ser evaluados por sus resultados y por el respeto irrestricto al Estado de derecho.
Es justo reconocer que Keiko Fujimori posee una preparación académica importante y una larga trayectoria en la política nacional. Sin embargo, el Perú atraviesa una realidad mucho más compleja que la de hace tres décadas. Hoy los ciudadanos esperan soluciones concretas frente a la inseguridad, la informalidad laboral, el deterioro de los servicios públicos, la crisis educativa y las enormes desigualdades que aún separan a las regiones del país. El crecimiento económico seguirá siendo indispensable, pero ya no será suficiente si no se traduce en mejores oportunidades para millones de peruanos.
Gobernar también exigirá fortalecer la institucionalidad. Después de años de confrontación política e inestabilidad presidencial, el país necesita recuperar la confianza en sus instituciones. Ello implica respetar la independencia de los poderes del Estado, garantizar la libertad de prensa, combatir la corrupción sin excepciones y construir un servicio público basado en la meritocracia. La estabilidad política no puede descansar únicamente sobre una mayoría parlamentaria, sino sobre instituciones que funcionen con autonomía y credibilidad.
Sin embargo, el mayor reto será de naturaleza política e incluso simbólica. Durante toda su carrera, Keiko Fujimori ha convivido con las comparaciones respecto al gobierno de su padre. Para algunos, aquel periodo representó la recuperación económica y la derrota del terrorismo; para otros, significó graves vulneraciones a los derechos humanos, corrupción y debilitamiento institucional. Ambas visiones forman parte de la memoria colectiva del país y difícilmente desaparecerán.
Por esa razón, la verdadera oportunidad histórica de Keiko Fujimori consiste en construir un liderazgo propio. No necesita gobernar mirando permanentemente al pasado, sino demostrar que es capaz de ofrecer una gestión moderna, transparente y comprometida con los valores democráticos. La historia no exige desconocer los aciertos del pasado ni ignorar sus errores; exige aprender de ambos para no repetir aquello que dividió a los peruanos.
Los próximos años pondrán a prueba no solo la capacidad de un gobierno para impulsar la economía, sino también su voluntad para reducir las brechas sociales y fortalecer la democracia. La ciudadanía espera un Estado más eficiente, pero también más cercano, más transparente y más justo.
Al final, la historia no juzgará a Keiko Fujimori únicamente por el apellido que lleva, sino por las decisiones que adopte como presidenta. Será su gestión, y no su herencia política, la que determinará si logró abrir un nuevo capítulo para el Perú o si permitió que las sombras del pasado condicionarán nuevamente el futuro del país.
















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