Francisco Swett

Entre el terror y la razón

América Latina enfrenta la epidemia del coronavirus

Entre el terror y la razón
Francisco Swett
16 de marzo del 2020


La pandemia del Covid-19 es un experimento social de dimensiones planetarias, en el cual salen a relucir todas las virtudes y las falencias de la raza humana. Es el encuentro apocalíptico entre el terror colectivo, la necesidad biológica de sociabilizar y el uso de razón. Las posiciones están tomadas. Hay Estados implacables, como el de China, que ejerce un control total sobre la población; y están, en el otro extremo, los caóticos y debiluchos como los nuestros, en los que la tendencia al caos es irresistible. Los chinos acaban de anunciar el fin de su epidemia mientras que para América Latina la OMS propone que el ciclo epidémico podría amainar hacia septiembre. 

Es un pésimo augurio para economías expuestas y vulnerables, dependientes de unos cuantos productos primarios, con cuadros políticos sobrepoblados con incapaces y oportunistas, enterrados como estamos en discusiones ideológicas que se remontan hacia el siglo XIX, entre gente que no admite la evidencia y adeptos a teorías conspirativas que todo lo explican en términos tenebrosos.

Tal vez como escape psicológico ante la frustración diaria de los dramas económicos, y como manifestación de una necesidad vital, las masas toman su circunstancia con despreocupación y violan los principios de aislamiento y cuidados que son necesarios para evitar la contaminación de un patógeno agresivo, respecto del cual estamos en la indefensión. En Ecuador el paciente cero fue una mujer que vino infectada desde España y que, a sabiendas de estar indispuesta, procedió a hacer una vida social activa con su familia y amistades, visitando media república. Hizo noticia luego de que el virus había comprometido sus pulmones. Entró tardíamente en aislamiento y pagó con su vida los días fugaces del refugio familiar. Lo hizo, lamentablemente, después de infectar a 34 familiares cercanos, incluyendo a una hermana que también acaba de fallecer, y a incontables personas que hoy son vectores del mal. El impacto lo iremos sintiendo en forma irremediable en las próximas semanas y meses. 

La razón manda al aislamiento, no porque vaya a bajar el número de infectados sino que, al ser más lenta la progresión, el pico de frecuencias será menor y le permitirá al sistema de salud capear la tormenta sin colapsar estrepitosamente. Hay una relación entre población y camas hospitalarias, médicos etc., y aquello define la capacidad de procesamiento, tratamiento y cuidados (particularmente los intensivos). El pico, por lo tanto, importa y mucho. El lado negro del aislamiento es el costo económico que se incurre.

La economía global, cuyo tamaño supera los 80 trillones de dólares, tendrá una pérdida que dependerá de la intensidad global de la epidemia (los costos directos), de la afectación del comercio internacional y de la duración de la emergencia. Con el desorden imperante en nuestras sociedades (la gente sostiene sus derechos a hacer lo que les plazca y demanda el deber de los gobiernos a atender todas sus necesidades) el cuadro a pintar es de menor eficacia del aislamiento, mayor infección, colapso de los sistemas de salud, depresión económica y recriminaciones políticas.

La efectividad de los gobiernos, por ello, es crucial. La regla de la razón impone que la efectividad en el manejo de una pandemia radica en tener credibilidad, hablar con propiedad, contar con una vocería idónea, controlar el flujo de noticias falsas con la dotación de información correcta y veraz, armar bases de datos que permitan diseñar las mejores políticas de manejo de crisis y ejercer la autoridad. Con esa dotación de instrumentos se puede, como lo han hecho Singapur y Corea, combatir el pánico colectivo en libertad. En lo económico, no es el momento de ajustar las cuentas con más impuestos, sino de afianzar los grados de libertad de la producción, ampliar los canales del crédito hacia los grupos más vulnerables y afectados, y afianzar la inversión pública y privada. Un evento de esta naturaleza puede empeorar la marginación y crear cuadros de descomposición social y política. 

El ecosistema en el que se desenvuelve la pandemia del siglo XXI nos trae a la memoria las pestes de la Edad Media y, más recientemente, de la fiebre amarilla. La devastación ya causada es profunda; pero a diferencia del pasado, poseemos los avances de la ciencia, la tecnología y la comunicación instantánea a nuestro favor. Sí es hora, no obstante, de reflexionar acerca de nuestra relación con el planeta y estar conscientes de nuestra capacidad innata de autodestrucción.

Francisco Swett
16 de marzo del 2020

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