Francisco Swett

Elegía: la peste en el trópico

La gran tragedia de Guayaquil

Elegía: la peste en el trópico
Francisco Swett
06 de abril del 2020


Cual Ángel Vengador llegó la peste a Guayaquil y se posesionó de la tierra tropical. La paciente cero fue una migrante, y serían decenas de viajeros que retornaban de Europa a casa luego de vacaciones los que conformarían el contingente de transmisores. Al virus le encantó el caldo de cultivo que le ofrece el trópico, donde la cercanía y la intimidad social definen una forma de vida que alterna entre ser despreocupada, alegre y febrilmente productiva. Cuales vectores agresivos de propagación incursionaron en sus espacios y entre sonrisas, música bullanguera, y brindis profusos sentaron la tragedia que hoy se cierne sobre una comunidad que aún no alcanza a entender lo que pasa. Por qué el tronar constante de las sirenas, los cierres de las empresas, los gentíos y colas interminables, los partes mortuorios de los anónimos y de los encopetados, y las confusas instrucciones que a diario emanan de autoridades que ejercen por defecto.

Es una tragedia en el plano individual, con las vidas cortadas que se anuncian todos los días. Lo experimentan las familias que se desintegran en un santiamén y los huérfanos que quedan atrás; se lo percibe en la suspensión de todo asomo social, en la angustia del colapso económico, y en el penoso desfile de escenas de muerte en casas, calles y en los corredores de los hospitales. Escenas que se creían desterradas de la visión colectiva y que habían quedado relegadas para las películas de terror. Si el remedio radica en la distancia social y el confinamiento, ¿cómo se logra que un pueblo que vive del comercio, la industria y la agricultura, con una presencia mayoritaria de mercachifles y pequeños comerciantes, cuadre aquello con su necesidad de sobrevivir? El cálculo más elemental, no formalizado pero sí practicado, es que enfrentar a la opción de la peste permite la supervivencia de más de nueve de cada diez, pero la desocupación y el hambre de seguro matan. Disciplinar, por lo tanto, es más que imponer normas y ejercer buena pedagogía; es, literalmente, dar una opción de vida.

Pero ello no está asegurado. Un país cuya economía tambaleaba antes de la pandemia, está ahora en caída libre. El colectivo popular puede sentir que el líder del socialismo redentor domaba los vientos; pero ese sentimiento, totalmente injustificado, deja de lado, fue precisamente, el populismo que malversó los recursos de la mayor bonanza económica nacional y se robó el futuro. El que determinó que la producción inexistente aguante el golpe bajo que hemos recibido. El privilegio de volver a soñar está vetado por el momento para las mayorías, que ven cómo las llaves de salvamento se cierran ante sus propios ojos.

Y salta a la vista y golpea con crudeza la inexistencia de la solidaridad, el morbo que raya en odio y la ignorancia entre nacionales que cierran sus fronteras comarcanas, bloquean las carreteras (pretendiendo acaso negar el alimento a los desamparados) y se regocijan en la desgracia ajena. Ecuador es un país diverso que se resiste a vivir en la diversidad y sacarle provecho. Es un conjunto geográfico bipolar en el que las reglas de la competencia están torcidas para favorecer los intereses de unos a expensas de los demás. Es una nación donde Guayaquil está, por el momento, entre los perdedores.

Asoman, no obstante, los rasgos de grandeza. Una sociedad que ha sido forzada a entregar mucho más de lo que recibe a cambio, se vio también forzada a armar sus propias instituciones de amparo para fabricar sus soluciones. La empresa privada forja sus mecanismos de atención y contrasta con un poder central lerdo, absurdo y poblado por gente que no halla sentido de dirección. Hay institucionalidad en las Fuerzas Armadas, en sus diversas ramas y, particularmente, en la Armada, que guarda afinidad con este puerto. Están los médicos, las enfermeras, los camilleros, y hasta los enterradores, que son los que permiten que no se acabe la cuerda del reloj. Guayaquil es una ciudad diversa donde algo menos de la mitad de sus habitantes decidieron morar acá; están, por esas mismas razones, representados entre los ciudadanos prominentes y proactivos, los que validan la afirmación que los guayaquileños nacen donde les da la gana.

Esto también pasará. Quedarán en el recuerdo los que zozobraron. Tal vez exista un monumento en algún momento a los héroes y a los caídos. Si lo fuere, que sea la muestra material que permita que se aprendan las lecciones. Que, paradójicamente, sea en retrospectiva lo que fue requerido para ser mejores.

Francisco Swett
06 de abril del 2020

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