Davis Figueroa
El virus de la Sunedu contraataca
Un inesperado rebrote de la burocracia

En medio de la pantomima ideológica que no deja de azuzar al desgobierno encabezado por el presidente Martín Vizcarra –independientemente de las opiniones políticas de quienes desean un porvenir halagüeño para el país–, pudo evidenciarse nuevamente la tozudez del Ejecutivo. Muy lejos de aceptar que el virus de la Sunedu ha infectado hasta los tuétanos la oferta educativa de las universidades, con la farfullada invectiva de una educación de calidad para pocos, el presidente Vizcarra dejó clara su posición al declarar: “Desde aquí seguiremos impulsando la reforma universitaria porque los jóvenes son el presente y el futuro de este país, y se merecen contar con una educación de calidad. La reforma universitaria no se negocia”.
La Sunedu es un obstáculo para la modernización de la educación universitaria, pues no ha hecho más que proscribir la educación superior a distancia desde su anidación –por más que ahora la acepte a regañadientes–, ha impuesto barreras burocráticas a las universidades privadas y les exige –en plena pandemia– una adaptación improvisada de educación remota y virtual, tras medio año de paralización de estudios. Una situación que pudo haberse previsto años atrás, con la otrora satanizada educación a distancia. Además la Sunedu ha cerrado irrevocablemente hasta la fecha cuarenta y cinco (45) universidades, en las que decenas de miles de jóvenes cursaban estudios superiores, aniquilando irremediablemente sus sueños de profesionalización.
Las declaraciones del Presidente a favor de la Sunedu son ex cathedra, por lo que jamás podrá admitir que la sociedad estaría mejor sin este virus que afecta la educación universitaria, desde pregrado hasta posgrado. Una banda de burócratas “iluminados” que, a base de medidas coercitivas y arbitrarias, pretende cerrar definitivamente universidades de larga trayectoria que no se ajusten a sus caprichos, perjudicando a sus estudiantes, docentes y trabajadores.
Condenar la educación superior a distancia per se es equivalente a condenar el trabajo remoto que actualmente realizan los empleados de la Sunedu y otras entidades públicas, como consecuencia de la pandemia. Así como existen empleados honestos que buscan alcanzar sus metas laborales para obtener una recompensa salarial, sin necesidad de que una auditoría externa vigile sus actividades, también pululan burócratas que se llevan el pan sin mover un dedo. Del mismo modo, existirán estudiantes conscientes de que un rendimiento académico e intelectual favorables los conducirá a obtener mejores oportunidades laborales; así como habrá quienes se titulen plagiando para luego presentarse como candidatos a la Presidencia o al Congreso. Por extensión, no hay que subestimar el esfuerzo individual. Muchos son los ejemplos de éxito y superación personal que surgieron en un garaje o en un mercado, y no precisamente en una entidad burocrática.
Después de lo antedicho, si se me permite hacer de abogado del diablo, ¿debemos suponer que los empleados públicos de la Sunedu sí pueden realizar un trabajo de calidad a distancia, desde la comodidad de sus hogares, respondiendo llamadas y mensajes mientras ven Netflix? ¿Tienen derecho de exigir remuneraciones intangibles al Estado en plena crisis sanitaria, a pesar de que no están trabajando ocho horas in situ? ¿No será que también la Sunedu necesita de una superintendencia que la vigile; es decir, más burocracia inútil y onerosa?
En nuestra sociedad existen innumerables individuos que necesitan trabajar para poder costearse los estudios y, a su vez, demandan una diversidad de ofertas educativas –conforme a sus posibilidades económicas– para obtener mejores oportunidades laborales. Situación que se imposibilita con el encarecimiento y disminución de dichas ofertas por causa de los trasnochados licenciamientos. Sin embargo, los burócratas de la Sunedu se ufanan en creer que su prescindible labor de vigilar la calidad educativa de las universidades beneficia a la sociedad, como si tal pretensión fuera posible con prohibiciones absurdas, multas exorbitantes y cierres definitivos. Está de más señalar que mientras los burócratas de la Sunedu cuenten con el respaldo del presidente y su cúpula, nada va a mejorar en la política educativa de nuestro país.
A pesar de lo expuesto, nunca faltarán defensores de la Sunedu, cuyas ideas caducas apelen al sentimentalismo senil de la educación presencial obligatoria, para quienes es más importante un diploma de cartón que el desempeño real de los trabajadores. Nada les importará el desarrollo tecnológico y las herramientas informáticas que hacen viable una universalización educativa, pues aquellos las ignoran o simplemente no pueden adaptarse.
El virus de la Sunedu no encontrará un remedio durante la tragicomedia política que tenemos que soportar actualmente. Un escenario lamentable en el que se ponderan colores ideológicos por encima de la necesidad de la población peruana. A despecho de Bobbio, debo proclamar que ni izquierda ni derecha, sino la libertad y la razón.
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