Rocío Valverde

El último canto del cisne

Símbolo de belleza absoluta y majestuosidad

El último canto del cisne
Rocío Valverde
29 de julio del 2019

 

¿En qué momento dejamos de entender el comportamiento animal? ¿Cuándo se les perdió el respeto? Me preguntaba esto mientras veía cómo hordas de turistas ponían sus cámaras y teléfonos a menos de 10 centímetros de los picos de los cisnes. “¡Mira cómo camina!”. Ellos parecían encontrar adorables los bufidos y aleteos de estas pequeñas fieras blancas.

El cisne pertenece al grupo de animales que ha causado fascinación en los humanos desde el inicio de los tiempos. Los griegos nos dejaron en el cielo a Zeus disfrazado de cisne. En la tierra han sido innumerables los documentales que han transformado sus largos cuellos en un símbolo de amor eterno y fidelidad. En la literatura, así como en el ballet Andersen y Tchaikovsky —respectivamente— convirtieron a estas aves en símbolos de belleza absoluta y majestuosidad. Con este pequeño recuento mental perdoné la obnubilación masiva y les advertí que los cisnes podían ser especialmente agresivos si estaban acompañados de pequeños polluelos o juveniles grises. Ese cisne no había adoptado a un grupo de pequeños gansos y patos. Aquí no hubo una confusión de nidos. Esas eran sus crías.

Mis advertencias parecían no importar en lo más mínimo a un turista turco que insistía en llamarlo como a un perrito faldero. "Ven aquí cisne, ven", repetía y repetía mientra chasqueaba los dedos y le mandaba besos en el viento como si el cisne estuviese falto de cariño. El quería amar a un cisne de agua y sal, como cantaba Sui Generis. El canto del cisne iba a ser entonado por este hombre que no era capaz de entender que aquel animal salvaje no agitaba las plumas a modo de sollozo, este no era el patito feo llorando desconsolado al creerse indigno de amor.

"Turista es atacado por el cisne de la reina". Podía casi leer los titulares de los periódicos. El desenlace era inminente, el agresor y agredido en potencia estaban separados por los ocho centímetros de un trozo de pan, como testigo quedaban las cientos de cámaras, quizás trasmitiendo en vivo para alguna red social el insolente acto de ignorancia humana. El turista quería que el cisne cogiera delicadamente el trozo de pan, y mucho mejor si podía llegar hasta él con un changement battu o un cabriole. De repente la multitud se alejó y los lentes de las cámaras cambiaron su enfoque e hicieron zoom en un árbol. Un avistamiento rarísimo en el sur de Inglaterra, una pequeña ardilla roja, quizás la última en este vecindario, bajaba de un árbol en el parque de St. James. Aquella tarde las nueces de un niño y la glotonería de una ardilla evitaron que la sangre de un hombre corriera en el lago de los cisnes.

Cuando les lean a sus niños el cuento de “El patito feo” y luego los lleven al teatro, asegúrense de introducirlos también al maravilloso mundo de la zoología, donde los cisnes no tienen una única pareja durante toda su vida por amor sino por estrategia reproductiva.

 

Rocío Valverde
29 de julio del 2019

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