César Félix Sánchez
El sur y la segunda vuelta del 2021
Algunas lecciones para el momento actual

Quisiera repasar en este artículo algunas lecciones que pueden extraerse sobre el comportamiento del sur del Perú durante la segunda vuelta, y cómo puede iluminarnos en la coyuntura presente.
Remontémonos a la segunda vuelta del 2016. En aquella ocasión Keiko Fujimori obtuvo en Arequipa un 32.4%; en Cusco, un 35%; en Puno, un 36.8%; en Tacna, un 31.24% y en Moquegua, 32.06%. La obvia conclusión nos habla del acendrado antifujimorismo del sur, aun mayor que el de regiones de la sierra central-sureña con mayor pobreza (Keiko derrotó a PPK en Ayacucho en ese año con 51.8% y en Huancavelica tuvo un nada desdeñable 43%, mientras que en Apurímac alcanzó 47.9%).
Pero otras dinámicas también se revelan: por ejemplo, la relativa mayor fortaleza en 2016 del keikismo en las regiones altoandinas (Cusco y Puno) que en las que tienen costa (Arequipa, Tacna y Moquegua). Además, en el caso de Arequipa, su principal centro urbano (Arequipa: 29%) demostró ser menos fujimorista que su provincia más pobre (La Unión: 46 %). Keiko parecía tener más éxito en los ámbitos más rurales y en la sierra. ¿O era más bien un voto anti PPK?
Lo cierto es que para la segunda vuelta de 2021 las cosas cambiaron significativamente. En Puno, la región del sur donde el fujimorismo había sido más exitoso, se produjo un literal desbarrancamiento de -26%: pasó de 36.8% a 10.7%. En Cusco ocurrió algo semejante: una caída de -15% (de 35% a 16.5%). En Moquegua y Tacna las caídas fueron menos significativas (de -5.1%, en el primer de los casos, y de -3.7 % en el segundo).
En una lectura ideológica estos resultados podrían parecer contraintuitivos, porque sería de esperar que en aquellas regiones algo de los votos de la derecha liberal pepekausista (aunque sea en sus porcentajes de primera vuelta) hubiese migrado a Fuerza Popular, ante la amenaza de la extrema izquierda de Perú Libre. Y no ocurrió eso sino todo lo contrario: no solo no sumó ningún nuevo apoyo, sino que perdió cerca de un cuarto de millón de votos en toda la macrorregión. ¿La razón? Pues que en los criterios de representación simbólica comunes en el voto surandino, Keiko quizás podía tener alguna posibilidad de parecer menos «extranjera» y «vendepatria» que el «gringo» PPK en 2016. Pero en 2021, ante el profesor Castillo, no tenía ninguna chance.
El único lugar donde Keiko no solo no disminuyó sus votos sino los aumentó en un +2.6 % (pasando de 32.4% en 2016 a 35% en 2021, en total 30,261 votos más que en 2016) fue en Arequipa, donde ocurrió lo esperable: que algo del voto de PPK en 2016 migró hacia Fuerza Popular en 2021.
El promedio de puntos porcentuales perdidos por Keiko en la macrorregión en 2021 es de 9.7% de votos. En Arequipa no solo no se perdió sino que se ganó un par de puntos porcentuales, lo que representa un 12.3% de votos para Fuerza Popular entre conservados y ganados. ¿Cuál es la razón de este comportamiento arequipeño?
Probablemente se deba a que en Arequipa el «bloque hegemónico», para usar los términos gramscianos –representado por liderazgos económicos, académicos y eclesiásticos– se esmeró por desarrollar una campaña centrada en el único aspecto que podía hacer votable al fujimorismo archidetestado en el sur: el anticomunismo, con resultados relativamente exitosos. De haber existido una iniciativa semejante en las otras regiones del macrosur quizás se podrían haber cosechado algunos votos urbanos que a lo mejor hubieran inclinado la balanza a favor de Fuerza Popular. Sin embargo, la resaca de la destrucción de los liderazgos locales en esas regiones, que se remonta a la década de 1970, y del aún más nefasto progresismo eclesiástico entorpecieron cualquier reacción semejante a la arequipeña.
El sur, en este momento, es el último bastión de popularidad del presidente Castillo. Su vacancia quizás podría generar un alzamiento «molecular» semejante al que derrocó a Merino luego de la vacancia de Vizcarra. Pero la clave en un alzamiento popular no se encuentra en las protestas regionales (recordemos que el Aymarazo de Puno en 2011 no provocó ni siquiera una crisis ministerial), sino en que las masas capitalinas se movilicen. Y para que esto ocurra es fundamental ganar primero para la insurrección al gran centro urbano del sur, Arequipa. Pero la lección de la segunda vuelta del 2021 es que la posibilidad de un apoyo masivo necesario para una defensa popular de Castillo está lejos de ser segura en Arequipa. Y por obra de este «bloque hegemónico» debilitado pero todavía funcional, puede incluso acabar por evaporarse.
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