Francisco Swett

El rostro de la prosperidad

Libertad para emprender y prosperar como personas

El rostro de la prosperidad
Francisco Swett
06 de mayo del 2019

 

¿Dónde residen los orígenes de la prosperidad? Nueve de cada diez economistas argumentan que a estos los hallamos en el eficiente ordenamiento de los escasos recursos, frente a las inagotables necesidades que debemos atender. Una importante minoría, en cambio, responderá como lo hizo John Bates Clark de la Universidad de Chicago, hace más de un siglo, que el secreto radica en la estructura y fluidez del intercambio que se produce entre los integrantes de una economía. A ello puedo añadir que descifrar el secreto demanda entender cuáles son las condiciones que gravitan sobre y determinan las decisiones y los escogimientos que las personas hacen respecto de lo que consumen, producen, ahorran, invierten, estudian y llevan a cabo, sea como ofertantes o demandantes de bienes y servicios.

Entender los factores que inciden sobre el desarrollo supera los límites del análisis económico. El rostro de la prosperidad es multifacético y tiene sus raíces en la cultura de las personas y en el pacto social que las cobija. El espectro es amplio y abarca desde el respeto a la naturaleza hasta la práctica de la honestidad como característica indeleble de la conducta individual y colectiva. La búsqueda de la prosperidad otorga todos los grados de libertad para emprender y prosperar como persona. Sus linderos están marcados por el ejercicio de la libertad de mi prójimo. En ese punto de encuentro ingresan los mecanismos de mercado y el imperio de la ley, a manera de las “reglas del juego” aceptadas como justas, equitativas y racionales.

La prosperidad se basa entonces en el ejercicio de la libertad dentro del mercado ético y bajo el imperio de la ley. El gobierno está ahí para facilitar y crear los escenarios de convivencia que sean más aptos: se reprime la corrupción al punto de extinguirla, pero se ampara y promueve todo aquello que motiva la acumulación de renta, patrimonio y fortuna individual legítimamente adquirida a través del trabajo constante, el ingenio y la competitividad. Las reglas del juego revelan que la frugalidad, expresada a través del ahorro individual y colectivo, constituye la fuente del crecimiento. Que es a través del ahorro que se alimenta la inversión, se crean los empleos productivos y se genera la capacidad de consumo. No hay recetas que a manera de aceites portentosos provistos por gobierno alguno lleven a la felicidad.

Brillan por su ausencia las discusiones sobre la lucha de clases, la explotación imperialista y las soluciones socialistas o estatistas, que dominan la discusión política en nuestra parte del planeta. Se desdeña la mediocridad, se adoptan las mejores prácticas, se exige excelencia en la educación en todos sus niveles, se entiende y adopta la tecnología de avanzada y se integra con el resto del mundo. Con el tiempo la economía se moderniza, el nivel de bienestar surge, hay desigualdad (porque esa es una ley del universo), pero no es esto motivo de tensión social.

Que una sociedad apegada a la libertad presupone un gobierno débil es una falacia desechada cuando se visita un país libre y próspero. El Estado debe tener la fuerza requerida, que le otorga la ley precisamente para defender la libertad de sus integrantes y resguardarlos contra cualquier peligro que los aceche. Un buen árbitro cumple y hace cumplir las reglas del juego, se hace respetar, y es justo y experimentado en sus decisiones.  

¿Es una fórmula replicable? No es viable hacer un copy – paste de un modelo, pero sí es posible explorar el vademécum de variables que ingresan en la estructura de una sociedad productiva y de una economía próspera. La prosperidad, repito, tiene diferentes rostros, pero los puntales son los mismos y requeridos para emerger de la modorra que caracteriza a nuestro desarrollo.

 

Francisco Swett
06 de mayo del 2019

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