Aldo Llanos
El problema del cristianismo de izquierdas (I)
Una breve introducción

Juan es un hombre bien intencionado además de ser un cristiano devoto. Asiste con regularidad a Misa los domingos y mira con preocupación la descomposición de la política partidaria en el Perú. Sin embargo, él no es un hombre apolítico. En la parroquia a la que asiste, un padrecito suscriptor de la Teología de la Liberación (TL), ve con buenos ojos que sus feligreses no sólo participen de la política, sino que también, participen de actividades vinculadas a activistas de izquierdas a quiénes conoce.
Si bien es cierto que para un católico que presta atención a la doctrina de la Iglesia con respecto a la política tiene bien en claro que esta es relativa y que exige un ejercicio de prudencia y responsabilidad frente al voto; también es cierto que debe tener bien en claro, cuáles son las limitaciones del compaginar dicha doctrina con los principios del partido político de su preferencia. Por ello, empezaré a describir cuáles son dichas limitaciones para poder tener elementos que nos ayuden a consolidar nuestros propios criterios.
Quizás alguno de los lectores pueda preguntarse por la asociación que he hecho entre la izquierda política con la TL con justa razón. El hecho, es que varias (sino la mayoría) de ramas de la TL (no hay una sola), cae frecuentemente en la tentación de considerar al cristianismo desde un aspecto puramente histórico. Eso podría explicar el por qué la insistencia de muchos de sus adeptos en resaltar y predicar sobre el “Jesús histórico”, minimizando la catequesis sobre el “Jesús divino”, por considerarlo síntoma de una fe infantil. Y lo mismo con los dogmas de fe (a los que petardean cada vez que pueden), la Virgen María (con la que asumen incluso posturas protestantes: tuvo otros hijos, mantuvo relaciones con José, etc.), los sacramentos (aunque los afirmen de la boca para afuera, en la práctica dudan de su eficacia en la vida espiritual: por ejemplo, casi ni realizan confesiones ni adoración al Santísimo Sacramento, etc.), y hasta con la estética sagrada (sus templos están mínimamente ornamentados y durante las liturgias, los sacerdotes adeptos olvidan partes del vestir propio de su ministerio).
Esto que puede ser anecdótico, puede dar lugar con mayor facilidad, a historizar el cristianismo y hacerle perder su trascendencia saturándolo de inmanencia, como aquellos cultores de ciertas ramas de la TL, cuando preconizan la acción social por sobre todas las cosas.
En ese sentido, la historización del cristianismo es vía hacia la secularización y por esta, el cristianismo queda a merced de la mentalidad de los tiempos. Esta ha sido la ruta de todos los progresismos en la Iglesia. Podrán ser muy admirables en cuanto a su impronta en el presente, pero van difuminando el horizonte escatológico. Como me dijo una vez un amigo religioso progresista: “¿Para qué estudiar teología si puedes entender el mundo estudiando sociología?”
El principal problema, es el de reducir el cristianismo a un hecho sociológico (que también lo es pero que no se reduce a ello), y terminar de identificar a Dios con la historia. En esto coincido con las tesis de tradicionalistas como Juan Fernando Segovia o Danilo Castellano (aunque difiera con estos en muchas cosas), cuando señalan el racionalismo de la modernidad como agente operador de este cambio.
Cuando se identifica a Dios con la historia (entendido como el destino de la humanidad), en el horizonte se pierde la libertad como lo han demostrado los totalitarismos surgidos a raíz de esta pretensión en el siglo XX, y Dios y el hombre concreto, pasan a ser fines: de aquí el surgimiento del ateísmo en correlación con el desarrollo del modernismo teológico y el sacrificio de millones de seres humanos en nombre del “hombre nuevo” ideológico más no real.
No obstante, tal y como el catecismo lo declara: el hombre es capaz de Dios, esto quiere decir, que el hombre es esencialmente religioso y, por lo tanto, escatológico. Sin embargo, ante el deseo de los revolucionarios de dejar atrás el sentido religioso y la trascendencia del cristianismo en la vida social, se tenderá a colocar en su lugar sucedáneos como la política, que, en el mediano plazo, irá convirtiéndose en una nueva religión con su propia “teología civil”. Con ello, la promesa de Dios de la llegada de su reino y la salvación del mundo le serán robadas, para ser prometidas por los políticos modernos.
De este robo fueron muy conscientes los fundadores del comunismo y las izquierdas contemporáneas tales como Antonio Gramsci (1891-1937) quién lo tuvo más claro. Para el fundador del partido comunista italiano, la conquista del poder fáctico no garantizaba la pervivencia de las izquierdas tal y como hasta ese momento se entendía del análisis del viejo Marx. Gramsci, nacido en el seno de una Italia muy católica, observó agudamente el “trabajo” evangelizador de la Iglesia Católica y muy en especial la labor de la Compañía de Jesús (Jesuitas).
Notó con claridad cómo la Iglesia se encontraba presente en la vida del ciudadano desde el nacimiento con el Bautismo, hasta la muerte con la Unción de los enfermos, pasando por todas las etapas más importantes del hombre: la construcción de su conciencia social y su vida en familia. Asimismo, envidió la red de escuelas y universidades católicamente confesionales donde ese “trabajo” era más intenso.
Por lo tanto, para Gramsci, las izquierdas debían arrebatarle ese rol a la Iglesia Católica, situándose estas como una “nueva Iglesia” para un “hombre nuevo”, acompañándolo y formándolo desde la cuna a la tumba para lograr la hegemonía cultural que sí garantizaría la supervivencia del partido en el largo plazo, tal y como había ocurrido con la Iglesia, tras años de persecuciones y revoluciones.
Se trataba de traer el paraíso a la tierra y dejar atrás el “opio del pueblo”.
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