Nicolas Nadramia
El nobel de la música
Hoy es la vigésimo séptima ceremonia del Premio Polar (Estocolmo, Suecia)

A muchos nos sonarán los premios Grammy como los laureles más prestigiosos que un compositor, productor y ejecutor puede ganar en su carrera en la industria de la música, ya que son el equivalente a los Oscar para la cinematografía, los Tony para el teatro y los Emmy para la televisión. Si vamos por otras materias, entonces veríamos al Pulitzer como el más alto para los periodistas y el León de Cannes para los publicistas. Y si seguimos escalando en los laureles, basándonos en su prestigio encontraremos a los premios Nobel, los cuales se dividen en seis materias y se otorgan a intelectuales que hayan influenciado en el desarrollo de las materias premiadas con su trabajo. Volviendo a la música, a pesar de toda la repercusión que tienen en los medios de comunicación, los premios Grammy no son los más prestigiosos porque existe un premio que ha pasado desapercibido por la mayoría y que se entrega a quienes han influenciado no sólo a los músicos sino a la propia sociedad. Hablo del Premio Polar, el cual es considerado hoy como el Premio Nobel de la Música.
Su página web lo define como “el premio de música internacional que celebra el poder y la importancia de la música”. Luego de eso, reconoce las excepcionales y significativos logros de quienes lo han obtenido, y que se considera el premio más prestigioso en el mundo musical. Se inició con una donación del Stig Anderson, compositor sueco y productor del grupo ABBA, a la Real Academia Sueca de Música, en 1989, con el fin de crear un premio que condecore a los autores que tengan una gran influencia en la industria. Es decir, a diferencia de los Grammy, no premian a un solo disco, canción, portada o una grabación, sino a toda una trayectoria; y cómo el trabajo del músico (orquesta, asociación, banda, solista o investigador) ha influenciado en la historia musical.
La primera premiación se realizó en 1992, y los galardonados fueron Paul McCartney y los Estados Bálticos. Desde entonces se ha mantenido esa regla: se entregan dos premios por año: uno va para la música considerada “popular” y la otra para el campo clásico, donde entran las orquestas de jazz y de música clásica. La premiación tiene la misma estructura que un premio Nobel: se anuncia a los ganadores meses antes de la premiación. En este caso, el anuncio se hace en febrero y se entrega en junio. Y junto al premio reciben un pago de un millón de coronas suecas, que equivale a US$ 110,000.
Podríamos decir que hasta el año 2018 el Premio Polar solo era considerado por aquellos músicos que han estudiado en un conservatorio de música o para musicólogos. Pero eso cambió ese año, con la premiación de Metallica, grupo de rock estadounidense que ganó el nobel musical en ese año porque, según los organizadores de la premiación, “nadie había creado una música tan física, furiosa y accesible desde Tchaikovsky, sumando el hecho de que llevaron la música rock a lugares nunca antes vistos – caso la Antártida en el 2013 - y por combinar conjuntos virtuosos con tempos acelerados”. Desde entonces el Premio Polar comenzó a ser objeto de conversación y análisis por los principales medios a nivel mundial.
Este año son tres los ganadores: el DJ estadounidense Grandmaster Flash, la violinista alemana Anne-Sophie Mutter y la asociación Playing for Change, fundada por el estadounidense Mark Johnson. El primero, por su aporte las grabaciones en el hip-hop y la música popular, creando nuevas formas de grabar canciones y de hacer las mezclas en la producción.
Por su parte, Mutter empezó a tocar a los 16 años y desde entonces ha sido catalogada como una de las más grandes violinistas de la actualidad, sumando varios premios Grammy y obras compuestas especialmente para que ella las interprete en el instrumento de Vivaldi. Además ha creado asociaciones dedicadas a la labor social a través de la educación musical. Esta extraordinaria violinista vendrá a Lima a presentarse en el Gran Teatro Nacional en noviembre próximo.
Finalmente, Marke Johnson ha obtenido el premio por promover la enseñanza de la música en países del tercer mundo, especialmente en África. Ha llevado el lenguaje del alma (como lo llaman los músicos) a personas con pocos recursos, para que todos, a escala global, puedan disfrutarlo y compartirlo.
A simple vista, la Real Academia Sueca de Música busca ampliar las categorías, yendo más allá de compositores y ejecutores; incluyendo a los musicólogos, quienes estudian las estructuras de tiempo, compás, arreglos y la relación de la música con el ser humano. No cualquiera puede ganar el laurel: Alejandro Sanz (con 22 Grammy Latinos), Emilio Estefan (con 19) y Kiss (banda de Rock que cambió la forma en cómo manejar la música en el ámbito organizacional) ni siquiera han sido nominados. En nuestro caso solo dos latinoamericanos —Gilberto Gil en 2009 y José Antonio Abreu en 2013— han logrado este galardón, y siguen siendo objeto de orgullo para todo el continente. Esperemos que el Premio Polar, con el tiempo, obtenga toda la atención mediática que merece.
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