Francisco Swett

El fardo del arriero

Problemas que impiden el crecimiento económico de Latinoamérica

El fardo del arriero
Francisco Swett
11 de marzo del 2019

 

En dos generaciones los países asiáticos han transitado de la pobreza al desarrollo, o al umbral de ese desarrollo. India, otrora concebida como el paradigma de la miseria, está en ruta a ser la segunda economía mundial. China es hoy, de acuerdo a la medida de las paridades de poder adquisitivo, la mayor economía del mundo. Singapur, Corea y Taiwán son economías desarrolladas, competitivas, democráticas y financieramente sofisticadas.

No hay un solo camino a la prosperidad, pero sí hay características comunes. En el orden económico, la frugalidad en el consumo interno se tradujo en una enorme capacidad de inversión pública y privada. Las empresas privadas crecieron acorazadas dentro de marcos de protección y dirigismo, pero con la consigna de volverse competitivas para poder exportar.

En el orden político los senderos han sido diversos. India es la mayor democracia del mundo. Tailandia tiene un régimen volátil, pero una monarquía que ancla al Estado. Corea y Taiwán son regímenes democráticos con alternancia en el ejercicio del poder. Singapur es un autoritarismo benevolente, pero disciplinario. China, por su parte, exhibe el dualismo entre el rígido manejo político del PCC y la búsqueda de una economía de mercado interno y dominio externo.

¿Y Latinoamérica, qué? Con grados variables de evolución, tenemos como región ocho generaciones de indecisión. El peronismo tomó a Argentina y la ha llevado del umbral del desarrollo hacia la penumbra del subdesarrollo. Venezuela es un caso clínico de tránsito de la prosperidad hacia la miseria. Colombia y Perú hacen esfuerzos notables, a ratos vacilantes, para progresar; entretanto Chile y Panamá han hallado sus respectivas vocaciones como sociedades que entienden los desafíos del desarrollo y Costa Rica hace lo propio. Uruguay sigue atrapado en una suerte de ambivalencia entre la nostalgia de las izquierdas y el pragmatismo (a ratos rapaz) de las derechas. Brasil trata nuevas fórmulas. Y en el otro extremo, México quiere volver hacia los postulados de su Revolución con pronóstico reservado. En el grupo de los anónimos, finalmente, están Ecuador, que aún sufre los estragos del SSXXI; Bolivia con su cacicazgo aimara que no quiere dar el brazo a torcer; y Paraguay con su alegre, pero leve, circunstancia de país rico en recursos pero dependiente de lo que ocurra entre sus poderosos vecinos.

En nuestra región, con las diferencias que imponen todas las reglas de aparente uniformidad, subsisten los mundos de la cultura occidental y las autóctonas, sin lograr un maridaje aceptable en cinco siglos. Nuestros sistemas educativos son deficientes. Hay grados divergentes de identidad nacional que, en los casos extremos, son alarmantemente débiles. Las instituciones de la democracia son variopintas y frágil es el imperio de la ley. Somos presa fácil de la corrupción y nos hallamos sitiados por el narcotráfico; el lavado de dinero es, en muchos casos, la actividad de mayor valor agregado.

Tenemos, como ninguna otra región, historia, lenguaje y cultura comunes, pero nuestra identidad colectiva sigue siendo insular. Las izquierdas hallan la culpa de nuestra circunstancia en el imperialismo norteamericano, sin aceptar que los problemas del desarrollo son de cosecha propia, mientras que las derechas mantienen sus posturas de enclaves modernos. Hay divorcio entre gobiernos disfuncionales y sectores productivos que muchas veces enfrentan las discriminaciones de un dirigismo carente de iluminismo. Nuestra capacidad de ahorro es insuficiente y somos altamente vulnerables a las veleidades de los mercados de nuestros productos.

Cargamos, en definitiva, fardos pesados que limitan nuestra circunstancia presente. Hemos transitado por el populismo, el centralismo, y las dictaduras civiles y militares. La consecuencia es el tiempo perdido y no poder vislumbrar, a estas alturas del partido, las metas de la prosperidad que necesariamente se fundamentan en elusivos pactos sociales que brillan por su ausencia.

 

Francisco Swett
11 de marzo del 2019

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