Carlos Hakansson
El Congreso que no fue: liberales y conservadores
La pugna entre ambas posturas pudo librarse bajo la Constitución de 1828
Al analizar los orígenes de nuestra peculiar forma de gobierno, un régimen neopresidencialista y frágil, solemos olvidar que la pugna entre liberales y conservadores en el siglo XIX pudo ser el primer paso para un sistema de partidos en el Congreso. Como sabemos, los liberales postulaban una asamblea representativa fuerte e inspirada en las ideas de la Ilustración; los conservadores, en cambio, argumentaban que la autoridad central de la república debía reposar sobre las bases administrativas virreinales. Lamentablemente, en lugar de encauzar el debate y consensuar una solución, ambas tendencias inauguraron un ciclo oscilante de textos constitucionales efímeros, iniciados y cerrados por golpes de Estado.
Los sistemas de partidos agrupan las distintas concepciones políticas para gobernar y las formas de aplicarlas tras alcanzar el poder. Desde el Legislativo debaten con el oficialismo los problemas del país en aras del bien común, mientras la oposición se muestra ante el electorado como una alternativa preparada para gobernar en las próximas elecciones.
La historia constitucional comparada nos permite observar los inicios de la vida política en los nacientes Estados Unidos de América. La pugna entre los federalistas de Hamilton y los demócratas-republicanos de Jefferson derivó en la evolución de los dos partidos que sobreviven hasta hoy. En el Reino Unido, el Partido Liberal fue perdiendo presencia parlamentaria tras el avance de la industrialización, cediendo su lugar a los laboristas para alternarse con los conservadores en la dirección del Gobierno de Asamblea.
En el Perú, la pugna entre liberales y conservadores pudo librarse desde el Congreso bajo una misma Carta Magna; consideramos que la Constitución de 1828 era la más indicada tras los ensayos fallidos de 1823 y 1826. La decisión fundamental de optar por la forma republicana, un Estado unitario y el régimen presidencial permanecieron en el tiempo; los matices y adecuaciones parlamentaristas a mediados del siglo XIX debieron surgir de una oportuna aplicación de sendas reformas constitucionales como instrumento para los cambios pacíficos y consensuados. En vez de que ello ocurriera, tiempo más adelante, la aparición del Partido Civil representó el primer intento para organizar la política fuera del caudillismo militar; sin embargo, la ausencia de un adversario en la arena política afectó su continuidad institucional e impidió consolidar una alternancia democrática.
El tema de fondo no propone un bipartidismo, pues la realidad territorial, política y social no lo hace favorable. Si bien las primeras décadas en nuestra historia republicana requerían centrarse en el desarrollo administrativo del aparato estatal y el control político, la compleja geografía, la diversidad cultural y las distintas necesidades regionales del Perú debieron conducir a un paulatino dimensionamiento del ejercicio de la política en tres o cuatro grandes partidos en el hemiciclo.
La resolución de las discrepancias políticas mediante golpes de Estado desde el siglo XIX hasta fines del XX, la falta de continuidad constitucional y los radicalismos refundacionales que invocan nuevas asambleas constituyentes no han sido más que el síntoma de una carencia estructural, como es la ausencia de un proyecto nacional sostenible en el tiempo y metas claras. En ese sentido, hasta que no entendamos que la democracia requiere encauzar las diferencias ideológicas en instituciones estables y no en refundaciones constitucionales perpetuas, seguiremos anclados en los vicios de nuestro primer siglo republicano.
















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