Pablo Revilla
El 11 de septiembre, 25 años después: balance y perspectivas
El atentado terrorista que cambió al mundo
Hace 25 años el mundo observó en directo cómo dos aviones se estrellaban contra las Torres Gemelas de Nueva York. Un tercero golpeó el Pentágono y un cuarto cayó en Pensilvania. Casi 3000 personas murieron aquel día. El terrorismo se convirtió, de pronto, en una de las principales amenazas para la seguridad internacional.
Como era de esperarse, Estados Unidos invocó la legítima defensa y, junto con sus aliados, inició una ofensiva que terminó destruyendo buena parte de la estructura que había permitido a Al Qaeda organizar los atentados. Osama bin Laden murió en 2011 y Ayman al-Zawahiri en 2022. Además, durante estos 25 años no volvió a producirse en territorio estadounidense un atentado terrorista de una magnitud comparable al 11 de septiembre. Desde ese punto de vista, la respuesta estadounidense fue exitosa.
En 2005 publiqué el ensayo “El terrorismo global. Inicio, desafíos y medios político-jurídicos de enfrentamiento”, cuando todavía intentábamos comprender la dimensión de la amenaza que había aparecido ante nuestros ojos. Veintiún años después, algunas de las preguntas planteadas en ese texto siguen vigentes, aunque el terrorismo que enfrentamos ya no sea exactamente el mismo.
Sin embargo, el balance está lejos de ser perfecto. La intervención en Afganistán terminó veinte años después con el regreso de los talibanes al poder. Más discutible todavía fue la invasión de Irak en 2003, que desvió la atención de Al Qaeda y contribuyó a generar las condiciones en las que posteriormente aparecería el autodenominado Estado Islámico.
Ahora bien, el terrorismo no fue derrotado del todo. Por el contrario, se transformó. Surgieron nuevas organizaciones, como el Estado Islámico, aparecieron filiales regionales y la amenaza dejó de depender exclusivamente de grandes estructuras capaces de planificar atentados desde un territorio determinado. El enemigo se hizo más disperso, menos previsible y, en muchos casos, más difícil de identificar.
Hoy Internet y las redes sociales han transformado la amenaza. Ya no es necesario pertenecer formalmente a una organización terrorista, recibir entrenamiento en el extranjero o mantener contacto directo con sus dirigentes. La captación de cuadros puede producirse a miles de kilómetros de distancia y alcanzar a individuos dispuestos a actuar por cuenta propia. A ello se suman nuevas herramientas tecnológicas, incluida la inteligencia artificial, que plantean desafíos que hace 25 años eran difíciles de imaginar.
Por ello, estratégicamente hablando, debemos comprender esas nuevas formas sin quedar atrapados en el pasado. El terrorismo seguirá siendo utilizado por organizaciones con motivaciones políticas o religiosas, pero sus métodos también pueden ser aprovechados por organizaciones criminales transnacionales que buscan doblegar sociedades y desafiar al Estado por motivaciones principalmente económicas.
Veinticinco años después, esa quizá sea la principal lección del 11 de septiembre. Las amenazas no permanecen inmóviles y los Estados tampoco pueden hacerlo. El peor error sería esperar un nuevo 11-S para comprender que el terrorismo, una vez más, ya había cambiado.
















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