Davis Figueroa
Don Quijote y el Molino Rojo
¿Sagasti contra la impostura de la reforma constitucional?

“Una vez instalado en la presidencia, el nuevo líder
comenzaría a desmontar la estructura tradicional republicana hasta
liquidarla totalmente. Primero convocaría una asamblea
constituyente, redactaría una nueva Constitución, y a partir de ese
punto se apoderaría de los recursos económicos del Estado y del
aparato institucional, hasta acaparar toda la autoridad y gobernar por
decreto”.
Últimas noticias del nuevo idiota iberoamericano (2014).
Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro
Vargas Llosa
La artimaña del referéndum para la reforma constitucional es una vieja estratagema electorera –siempre planteada en tiempos de crisis política y social– que ha condenado a países como Cuba (con Fidel Castro), Venezuela (Con Hugo Chávez), Bolivia (con Evo Morales) y Ecuador (con Rafael Correa) a vivir a merced de autócratas socialistas. Siempre el “primer paso” fue convocar una asamblea constituyente para suplantar la Constitución legítima por una nueva “Carta Magna” otorgada y diseñada a medida del neomonarca, aspirante a gobernar de forma totalitaria e indefinida, con absoluto desprecio por la libertad y los derechos humanos.
Según advierte Juan Claudio Lechín en Las máscaras del fascismo (2011): “[…] el oficio constitucional no es ‘parchar, nomás’ ni lanzar artículos que bien pueden ser encomiables. Es preciso su funcionamiento como un todo vertebrado. De ahí que incluso un solo cambio constitucional requiera procedimientos sesudos, sopesados o meditados y se convierta en un evento político mayor, como sucede con las ‘enmiendas’ de la Constitución Norteamericana”. Bajo esta premisa y, en las circunstancias actuales, resulta inviable y descabellada una reforma total o parcial de la Constitución –la cual fue planteada entre gallos y medianoche por agitadores de izquierda–, en un contexto sobrecargado de convulsión social e incertidumbre política y económica. Asimismo, el referido autor señala: “El camino seguido por los fascistas del siglo XXI ha utilizado varios instrumentos, pero, en el saldo, han referido concentrar su legalidad en una nueva Carta Magna que, aunque haya sido votada, es una Constitución otorgada; no solo porque el caudillo ha apabullado a las oposiciones políticas, sino porque estas Cartas no contemplan las articulaciones de contrapeso de poderes y la independencia de estos. Están dirigidas a hacer vitalicio el gobierno del caudillo”.
Sin embargo, la izquierda cerril e invertebrada persiste con el planteamiento irresponsable del referéndum como fórmula mágica o alquímica para convertir su inmundicia en oro, en un escenario de insatisfacción generalizada de la ciudadanía –asqueada de la “clase política tradicional” y de las corruptelas del Estado–. Una situación que presumiblemente impulsaría a las masas insipientes a votar en favor de la reforma constitucional, sin advertir siquiera que han sido vilmente manipuladas por los medios de comunicación masiva y los dirigentes políticos de la izquierda radical y sus nuevos prosélitos de las calles. Se vicia de este modo la voluntad popular para beneplácito de socialistas, comunistas y demás megalómanos, que aguardan impacientes la oportunidad de dinamitar, otra vez, la república democrática que tanto sacrificio nos ha costado consolidar.
Cabe destacar que durante las manifestaciones se ha evidenciado la infiltración de grupos radicales como el Movadef, la CGTP y el etnocacerismo, los cuales marcharon junto a la generación “copo de nieve” (milénicos aprovechando la oportunidad de sacarse un selfie revolucionario en la plaza San Martín), para exigir un cambio de Constitución y hacerse notar a través de la muchedumbre televisada. Mientras que el segundo grupo ni siquiera sabía si marchaba contra la corrupción estatal y el nepotismo o contra la vacancia presidencial de Martin Vizcarra, acusado por las mismas causas contra las que dizque protestaban.
Es así que la consigna de la “nueva Constitución” sumió a los milénicos peruanos en un mar de confusiones y en un letargo ideológico que convenció a algunos de ellos a sumarse a las marchas contra la Constitución de 1993 (que jamás han leído). Una Constitución desprestigiada de forma pueril por la izquierda invertebrada como la “Constitución de Fujimori”, y señalada como la normativa responsable de provocar pobreza y desigualdad en el Perú, a través del modelo económico “neoliberal”.
Se ha hablado entre balbuceos de reformar o derogar la Constitución, pero nadie explica por qué. Si no me cree, pregúntele al exfutbolista y precandidato presidencial, George Forsyth, quien se hizo un autogol en plena entrevista, al demostrar que no tiene idea de cómo reestructurar el Estado peruano que aspira presidir mediante una nueva Constitución. En el mismo sendero de la ignorancia supina, el precandidato presidencial Ollanta Humala concedió una entrevista para alardear de su “importantísima” reunión con la OEA, a la que informó “sesudamente” sobre la difícil situación que atraviesa el país, exigiendo la conformación de una asamblea constituyente para reformar la Constitución, sin explicar las razones que sustentan su pedido.
¿Cuál es la opinión de quienes ahora ostentan el poder? Para la presidenta del Congreso, Mirtha Vásquez (Frente Amplio), los desadaptados que se infiltraron con palos, piedras y pirotecnia en la turbamulta creada en pro de Vizcarra, berreando al unísono el vesánico cambio de Constitución, son los que representan a la generación del bicentenario. Razón por la que dejó la puerta entreabierta para que el Parlamento delibere la posibilidad de someter a referéndum el cambio constitucional en los próximos comicios de abril de 2021.
Por su parte, la congresista Rocío Silva (Frente Amplio otra vez) la tiene clara. Con su jerga de la calle ofrece cátedras sobre marxismo a la juventud y propone, en plena crisis sanitaria y económica, un referéndum que tiene como objetivo el cambio de Constitución para sembrar la hiedra venenosa de la izquierda radical. Su propósito es carcomer nuestra república democrática desde sus cimientos y convertirla en una república bananera.
El presidente Sagasti, a pesar de su elocuencia y moderación, no es infalible. Es como el buen chico rodeado de malas personas. ¿Acaso este no podría sentirse tentado alguna vez de ingresar al cabaret y sentarse en una butaca escarlata? El denominado “Don Quijote” y el Moulin Rouge (Molino Rojo) del socialismo podrían confluir en cualquier momento. Al final de cuentas, los une la afinidad de ideas y objetivos; además, el flamante presidente morado no se opuso en ningún momento a la reforma constitucional, solamente dijo que no era la prioridad inmediata de su gestión, delegando dicha tarea al próximo gobierno. No se mostró a favor ni en contra, una bebida tibia y mesurada para el gaznate de los congresistas que por ahora lo consideran un “viejo dulzón y sabio”.
El presidente y su variopinto Consejo de Ministros dejan mucho que desear, pues aún no caen en el descrédito que sufrió el parlamento. Ya veremos cómo se desenvuelven en estos meses de incertidumbre para el país. Esperemos que don Quijote Sagasti no pierda el seso por haber leído tantas novelas socialistas, pues el país no necesita de más quijotismos.
La reforma constitucional en ciernes es un problema que debe preocupar a la mayoría de peruanos; más aún si tenemos en consideración que dentro de poco la ciudadanía tendrá que asumir una inmensa responsabilidad en las urnas. No olvidemos que los regímenes totalitarios que hoy en día vulneran de forma sistemática los derechos humanos y se oponen al libre mercado, también se cimentaron mediante una nueva Constitución, concentrando los poderes en un dictador y permitiendo la reelección inmediata de este para asentarse en el poder de forma indeterminada. Cualquier cambio normativo en las circunstancias actuales representa un inminente peligro para el Perú, y la historia moderna demuestra que el poder de las masas insipientes puede acabar con el destino de naciones enteras de forma irreversible. Que no sea este el caso de nuestro país.
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