Eduardo Zapata
Dicente, docente, decente

Acerca de la pérdida de algunos valores en el ejercicio de la política.
Así como en la especies, también hay palabras que pueden estar en peligro de extinción. Ciertamente, algunas desaparecen como consecuencia natural del desgaste. Otras –como la palabra decencia- parecen estar en peligro de extinción más bien por una suerte de inescrupulosidad social a la que nos estamos habituando peligrosamente.
En sus orígenes latinos, la voz decente aludía a ´convenir, estar bien, ser honesto´. Estar bien con uno mismo y con los demás. Esa dimensión social tiene precisamente el significado de la palabra convenir.
Avanzado el español, decencia se emparentó con decoro. Como una virtud que definía al ser humano. Ser decente y decoroso eran –finalmente- una sola voz. Siempre connotando virtud individual a ser reflejada ante los demás.
Lamentablemente, la palabra decoro perdió su esencialidad virtuosa. Se apegó más bien a adorno, a exterioridad. Y entre nosotros primero el binomio decente-decoro se hizo solo atributo ornamental de una clase social determinada (los ´decentes´). Para, por este camino de puro adorno y denominación de un grupo social, terminar por perderse como palabra y virtud reales. Estando, al parecer, el significado original en más que evidente peligro de extinción.
Una prueba de ello son los decires de ciertos personajes políticos. Inimaginables poco tiempo atrás. Y, sin embargo, sistemáticos hoy. Léxico único de al menos dos señores ministros y –por extensión- de otros personajes que nos gobiernan. Porque se dice no solo con palabras, sino con silencios cómplices. Se dice con gestos y actitudes. Los decires y el léxico total de algunos personajes públicos revelan que -al menos para ellos- la palabra decencia es una especie extinguida. Y hasta la dimensión de adorno social, una especie en extinción.
La palabra y el hacer del político tienen una dimensión docente. La gente –queriéndolo o no- sigue sus decires. Y lo que se enseña no siempre es necesariamente bueno. No lo es particularmente para la vida en democracia.
En algún artículo anterior dijimos que nuestra vida pública estaba siendo signada por una santísima trinidad. Aquella de la rima consonántica Martín-Chocherín-Nadin. Los decires de muchos de nuestros gobernantes actuales –al insistir desesperada y sistemáticamente en el insulto, la diatriba o los silencios cómplices- no hacen sino confirmar que si acaso esa asociación existiese, es urgente y necesario reemplazar ya la santísima trinidad consonántica aludida por el virtuosismo de la santísima trinidad dicencia, docencia y decencia. Por la salud de la vida democrática, para creyentes, ateos o agnósticos.
Por Eduardo Zapata Saldaña
(29 - Ene - 2015)
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