César Félix Sánchez

Después de Castillo

No reducir la lucha a solo una batalla contra Pedro Castillo

Después de Castillo
César Félix Sánchez
07 de febrero del 2022


Como hemos dicho muchas veces, hay cosas peores que Pedro Castillo. Ahora, en que su Gobierno quizás enfrente una de sus crisis terminales, y cuando parece que no le queda error por cometer, es menester recordarlo. Si Verónika Mendoza, Julio Guzmán o alguna versión de Martín Vizcarra hubieran ganado las elecciones, probablemente estaríamos enfrentando una suerte de «hipoxia feliz», de asfixia final camuflada del modelo institucional que ha conseguido el mayor crecimiento de nuestra economía en mucho tiempo, y una relativa ralentización de la reingeniería social anticristiana que destruye a tantos pueblos en nuestros días.

Como dice el viejo adagio, Dios escribe derecho en renglones torcidos. Gran verdad de toda teodicea: de los males la Providencia saca bienes. Y el gran descalabro de nuestro país en los últimos años por lo menos sirvió para revelarle a gran parte de la opinión pública la verdadera índole de Martín Vizcarra. De no haber venido la catástrofe, quizás todavía la mayoría hubiera estado engatusada por aquél que debilitó hasta el extremo nuestras instituciones y prácticamente destruyó nuestro sistema inmune político contra los extremismos. Y aunque al final Vizcarra logró, en algo, volver al poder bajo el avatar de Sagasti y, junto a él, asegurarse de elegir a cierto individuo que les prometió en la segunda vuelta cumplir con algo de su agenda globalista, acabó saliéndoles rana como dirían los españoles. Rompió con el caviarismo creando un gabinete tránsfuga cerronista conservador chicha mafioso. No sé a los lectores, pero Graham me parece una mucho mejor opción que el locuaz y contradictorio Francke. 

Claro está que de Pedro Castillo, en medio de la confusión y la inopia que le son consustanciales, nada bueno se puede esperar. Y si bien última voltereta ha producido una gran alegría (malévola) en mí (los tuits anticomunistas y políticamente incorrectos del ministro Salas, que reemplaza a la muy progresista Orjeda en Cultura, son verdaderamente deliciosos, entre otras extravagancias), hay que recordar «que el necio cambia como la luna» (Eclesiástico 27:11) y que mañana el presidente puede ser atrapado por cualesquiera abigeos políticos y llevado de nuevo a algún corral izquierdista. Aunque algo en mí me dice que Castillo, en su corazón y en la intimidad de su hogar, es más reaccionario que López-Aliaga y el cardenal Cipriani juntos: su última foto entusiasta con Bolsonaro, al que dejó incluso utilizar su sagrado sombrero, parecía más auténtica que sus retratos con Mendoza. Pero de todas maneras no hay que confiarse.

Para consuelo de todos, cabe apuntar que podríamos estar peor de la mano de los exaliados del Gobierno, que ahora gritan y patalean convocando manifestaciones. Cierto diario, gobiernista hasta hace algunos días, anunció que «ya empezaron las movilizaciones ciudadanas» contra el Gobierno y puso una fotografía de archivo, de masas protestando, para ilustrar una manifestación que todavía no se había realizado y que no era entonces más que una movida de Twitter, que ni siquiera llegó a desbancar, en esa red social tan poco representativa de la realidad, al trending topic «yo no marcho con caviares». De más está decir que este diario ignoraba las manifestaciones anticastillistas iniciales o las tergiversaba de manera grotesca al señalar que estaban llenas de «extremistas», mientras se hacía de la vista gorda sobre la presencia de verdaderos extremistas peligrosos y armados como etnocaceristas y ronderos radicalizados en las manifestaciones a favor de Castillo. 

Castillo pasará. Pero los que lo trajeron con su frivolidad y demagogia se quedarán. A ellos, al progresismo enquistado en diversos medios periodísticos y académicos capitalinos, que drenan el aparato estatal con consultorías y puestos «técnicos», es a quienes les corresponde pagar la cuenta de este desastre. Tengámoslo en cuenta ahora que quieren abandonar el barco del Gobierno. Para desbancarlos de la nube de superioridad moral e intelectual en la que se han colocado ellos mismos y aguardar el día en que algún presidente valiente reduzca el aparato estatal burocrático y los deje en el aire. La república no tiene porqué mantener a quienes casi la destruyeron poniendo a Perú Libre en la presidencia. 

Pero también es urgente señalar que no todo era trigo limpio entre los opositores de Perú Libre de la primera hora. Yo no sé, por ejemplo, si cierto periodista famoso que combatió con arrojo la tiranía de las masas manipuladas de noviembre de 2020, y que desenmascaró a la izquierda y sus tontos útiles en la primera y segunda vueltas del 2021, apaciguadas las cosas y con un Gobierno moderado, no vaya también a compartir la agenda destructiva y perversa del globalismo en materias de vida, familia y valores morales; agenda que, como lo demuestra la experiencia histórica de muchos países vecinos, es también un camino al colectivismo. Por otro lado, cierto diario limeño, de nombre alfanúmerico, que era el mayor corifeo de Vizcarra en los tiempos del Congreso anterior y que no dudaba en cubrirse con la bandera multicolor de cierto lobby todos los junios, acabó convertido en el vocero de la oposición radical a Castillo. Evidentemente esa «oposición radical» es parte del problema, y apenas vea seguro el «modelo económico», empezará a socavar y atacar a la derecha más definida y a sus aparatos culturales, como lo hicieron con el congreso mayoritariamente conservador de 2016-2019. 

Por eso no hay que marchar ni con comunistas, ni con caviares, ni con oportunistas y ni siquiera con liberprogres u otros ingenuos encandilados con supuestas modernidades palingenéticas. Hay que defender los grandes bienes no negociables y no reducir la lucha a una batalla meramente contra la persona de Pedro Castillo. Una figura, al fin y al cabo, efímera, tragicómica y quizás involuntariamente benéfica.

César Félix Sánchez
07 de febrero del 2022

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