Darío Enríquez
Del colapso electoral a la reingeniería del territorio
Una respuesta técnica ante la crisis de fragmentación nacional
Nuestro Perú atraviesa una crisis que trasciende la coyuntura, manifestada con crudeza en la extrema dispersión del voto en las recientes elecciones presidenciales. Este proceso no sólo evidencia una fragmentación social sin precedentes, sino que desnuda las deficiencias de un sistema electoral —con el JNE y la ONPE como protagonistas de un fraude grotesco— que ha operado bajo la lógica de "La Carta Robada" de Edgar Allan Poe: una fechoría que explota la invisibilidad de lo evidente. Mientras la ciudadanía reclama una transparencia que los organismos electorales desprecian, el país se observa más dividido que nunca, con resultados que no representan la real voluntad ciudadana, sino intereses de poderes fácticos que han operado a plena vista con la complicidad necesaria de quienes hoy deben responder ante la justicia.
La fragmentación de las preferencias políticas refleja un territorio desarticulado. Un síntoma de metástasis en nuestra estructura socioespacial, alimentada por una dinámica perversa donde el resentimiento social por un lado y la discriminación social por el otro se han retroalimentado. Si bien no es posible justificar ninguna de estas dos posturas, su existencia explica la fractura de nuestra convivencia democrática. Costa Norte, Lima, Costa Sur, Sierra Norte, Sierra Central, Sierra Sur y nuestra vasta Amazonía no operan hoy como un organismo vivo, sino como compartimentos estancos donde el alejamiento geográfico ha terminado por diluir la legitimidad del "otro".
El territorio como base de la cohesión
La atomización que hemos visto en las urnas tiene mucho que ver con que el Estado no cumpla su rol de sostener el territorio como un sistema funcional de interdependencias. Un ejercicio democrático pleno se hace difícil y complejo. Si bien el ambiente de libre comercio relativo de los últimos 35 años ha facilitado la creación de prósperos vínculos entre las diversas regiones, es evidente que los logros alcanzados son insuficientes. Desde una perspectiva técnica, el desarrollo territorial debe ser la herramienta que supere este centralismo radial anacrónico, reemplazándolo por redes de conectividad y corredores económicos que unan las diversas zonas geográficas. La cohesión nacional no emergerá de discursos políticos huecos, sino de una estructura física y logística eficaz que cree condiciones para difundir prosperidad y bienestar equitativamente entre las diversas regiones.
Inclusión productiva en un nuevo sistema territorial
La superación de esta disociación requiere un ordenamiento técnico con visión de largo plazo que haga sentido en nuestro mosaico geográfico, evitando modelos estatistas que limitan la dinámica social y económica. El rol del Estado debe centrarse en implementar políticas que propicien un ambiente social y de negocios capaz de favorecer la acción de los actores sociales y económicos, junto a grandes realizaciones de infraestructura que actúen como impulsores del desarrollo. Es imperativo integrar propósitos, aspiraciones y compromisos más allá de las lógicas diferencias. Este enfoque territorial busca que, al alinear estos tres elementos, las regiones encuentren un terreno común que permita la convergencia de intereses privados y públicos en un solo objetivo nacional, desarmando así los motores del resentimiento y la discriminación mediante la inclusión real en el dinamismo productivo.
Hacia un Modelo Funcional de Territorio
El sueño de las grandes civilizaciones que nos antecedieron y la diversidad de todas las sangres solo encontrarán su cauce en un territorio configurado para el éxito compartido. La urgencia de un proyecto de control y desarrollo territorial es máxima; es la única vía para transformar un mapa de divergencias insuperables. Solo mediante una visión de largo plazo, un control técnico riguroso y la ejecución de infraestructura transversal, podremos configurar un Modelo Funcional de Territorio acorde a nuestro potencial. La política debe subordinarse a esta visión territorial si queremos superar, de una vez por todas, la fragmentación que hoy amenaza con una desarticulación irreversible.
















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