César Félix Sánchez
Con Kierkegaard en cuarentena
Para encontrar el verdadero sentido de la libertad

El gran Sören Kierkegaard (1813-1855) –quizá uno de los pocos pensadores modernos que redescubrió la vieja verdad de que la filosofía no es un simple asunto del sujeto como mera mente razonadora, sino que implica a la totalidad del ser personal del hombre– puede ser un excelente compañero en estas cuarentenas. Se me ocurrió esta idea mientras dictaba el año pasado un curso monográfico sobre las relaciones de Hegel y Kierkegaard con el fenómeno cristiano, en un centro de estudios que no sucumbió al engaño de la educación a distancia y cuyo nombre, evidentemente, no revelaré.
Cuentan sus biógrafos que los días de mal tiempo, en medio de la soledad de su mansión, gustaba el pequeño Sören de practicar un juego bastante sugerente con su padre, el viejo y trágico Michael Pedersen Kierkegaard. Simulaban una excursión por Copenhague e imaginaban que los corredores de la casa eran las calles y que encontraban a distintos conocidos y amigos y conversaban con ellos. En otras ocasiones, simulaban estar haciendo el gran tour por Europa: cada habitación podía ser una famosa ciudad y debían ambos contemplar y comentar sus principales atracciones y monumentos.
Quizá tal ejercicio pueda parecer pueril a algunos. Pero lo cierto es que los niños solían siempre poseer un espíritu filosófico más agudo que sus padres. Porque como decía Aristóteles, lo primero que llevó a los hombres a pensar fue el asombro ante lo común (Met. A, II); y un niño, mediante su capacidad de maravillarse, puede hacer de cualquier esquina una selva agreste y fascinante y de una ventana de su cuarto la tronera de un castillo medieval. O podía, mejor dicho, antes de que la imaginación de toda una generación fuera destruida por sus padres, al arrojarles tablets y smartphones “para que no molesten”. Tragedia que se ha exacerbado con los cantos de sirena de la llamada “educación remota”.
Kierkegaard, ya de mayor, practicaba otro ejercicio interesante. Tenía cerca de cincuenta tazas de juegos distintos: ninguna era igual a otra. Y cuando le pedía una taza de café a uno de sus criados y este se la traía, entablaba una conversación con él preguntándole porqué había elegido esa taza y no otra. Este ejercicio quizás podría parecer patológico a algún “espíritu fuerte” o a cualquier otro individuo “práctico” de nuestra época. Pero la capacidad de poder conversar sobre lo que pasa desapercibido en la vida diaria o sobre las acciones y elecciones más aparentemente nimias y encontrar y explicar la razón detrás de ello es el principio de un enriquecimiento interior sin límites, que nos aleja del torrente irracional de las pasiones desatadas, y nos permite poner las cosas en perspectiva, abriéndonos a la belleza del instante y acercándonos un poco más al nosce te ipsum.
Porque Sören era un gran conversador y revelaba en estos gestos esa condición. Ser un gran conversador no consiste, vale la pena aclararlo, en ser una máquina de chismes, obscenidades o de pseudo-erudición wikipediesca ni un fabricante de humo de colores sin sentido, sino ser alguien que comparte con nosotros, de manera clara y definida, un poquito del secreto de las cosas. Ahora, en cambio, la conversación agoniza, por obra de las marejadas de narcisistas que se “comunican” consigo mismos mediante la repetición interminable de gestos vacíos en el Tik-Tok, o que gustan de editorializar sus pasiones en el Twitter. Y que, cosa curiosa, siempre están aburridos.
Sören era también un «caballero de la fe», un hombre que supedita lo mundano a lo espiritual y que vive su relación con Dios en el secreto de su intimidad: secretum meum mihi. El caballero de la fe ha entrado al estadio religioso, donde se vive la verdadera libertad, más allá de las convenciones sociales e imposiciones estatales disfrazadas de “ética”. En estos tiempos en donde tantos gestos absurdos o farisaicos de higiene se han elevado casi a la categoría de sacramentos, conviene recordar que la verdadera libertad es interior y está proyectada a lo trascendente.
En sus últimos años, cuando se enfrentó al periódico satírico El Corsario y sufrió una campaña de ridiculización masiva que, como se diría ahora, acabó por convertirlo en un meme andante, Kierkegaard decidió redoblar sus paseos por Copenhague, aun por los lugares donde sabía que se burlarían más de él. Y la satisfacción fue grande: porque en ese pequeño martirio descubrió nuevamente la verdadera libertad: ser libre del miedo, que nos hace egoístas, y vencer los riesgos y pavores aparentes, pues como diría León Bloy, un hermano espiritual de Kierkegaard, la única tristeza es la de no ser santos.
Así como el encierro nos puede permitir recobrar el asombro y la imaginación mediante la contemplación, la conversación y el juego; un largo paseo en pos de la trascendencia nos puede revelar el verdadero sentido de la libertad. Quien escribe estas líneas atesorará para siempre la excursión que hizo, atravesando una Arequipa silenciosa llena de retenes militares, en pos de los sacramentos, en plena cerrazón de Semana Santa.
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