César Félix Sánchez
Castillo y la crisis externa
No estamos peor porque la vieja estructura económica todavía resiste

Aníbal Torres, por nombrar a alguna de las pocas figuras que muestran señales de algún tipo de vida en el gobierno (quizá no inteligente, pero vida, al fin y al cabo), junto con las perpetuas acusaciones de conspiraciones todopoderosas de la «ultraderecha» (es decir, de casi todo el Perú a estas alturas) que hacen fracasar permanentemente al bienintencionado, altamente capacitado e inmaculado Pedro Castillo, ha esgrimido la excusa de la crisis externa. Algo semejante hacen los voceros de Biden, en Estados Unidos, mientras este país padece una de las peores crisis de su historia reciente; y aún el mismísimo Partido Demócrata, pródigo en toda clase de maniobras oscuras de manipulación de masas, se desploma en un abismo de impopularidad inédita.
Y si bien es cierto que existía ya una tendencia global a la inflación luego del descalabro pandémico, y que la crisis se ha hecho aún más insidiosa con la guerra de Ucrania, basta revisar la historia del Perú, economía dependiente pero periférica, para saber que estas grandes crisis pueden no afectarnos tanto o incluso, a la larga, beneficiarnos. Cuando, claro está, estamos en mejores manos.
Si uno revisa la historia económica reciente del Perú, se descubre que la mayor crisis económica atribuible en la mayor medida a factores internacionales fue la que siguió al crash de 1929. No cabe mencionar la catarata de crisis de 1982-1993, pues aunque intervinieron elementos exógenos –crisis de los deuda de 1982 y el fenómeno del Niño de 1983– la causa definitiva que hizo a este periodo tan catastrófico fue enteramente interna y política: el modelo estatista y la violencia terrorista y el chantaje sindical de las izquierdas legales y extralegales). Pero en 1929-1930, aunque la deuda pública había crecido enormemente durante el gobierno de Leguía, el aparato productivo se encontraba intacto y en funcionamiento. Hubo un par de años de gran incertidumbre y ciertas restricciones, pero para 1934 el país daba señales de una franca recuperación. Historiadores para nada simpatizantes del general Benavides (figura muy compleja, por lo demás) como Antonio Zapata reconocen que la gran diversificación exportadora de la economía peruana (¡tan lejos de la caricatura de «típica economía bananera» que algunos grandísimos ignorantes difunden en las redes sociales para referirse al Perú anterior a Velasco!) permitió una recuperación acelerada. Que fue mucho más rápida que la de otras naciones, incluso más desarrolladas.
Veamos la crisis más reciente, el colapso financiero global de 2008. El Perú venía de casi dos décadas de apertura económica y había conocido, desde la segunda guerra de Irak y la megaexpansión infraestructural china de la primera década del siglo, un gran auge en el precio de sus commodities. Ante la retracción de inversión extranjera, el gobierno de aquel entonces, encabezado por Alan García (figura muy compleja, por lo demás) hizo uso de medidas contracíclicas focalizadas que mitigaron grandemente el impacto externo. El país no dejó de crecer a tasas bastante altas y se comenzó el proceso, inédito en la historia del Perú, de la elevación rápida y masiva de amplios sectores de la población a la clase media.
Luego, en 2011, vendría la gran desgracia de la elección (Vargas Llosa y compañía gratias) del comandante Ollanta Humala, que aumentó el gasto público y la burocracia estatal, sembrando el germen del deep state caviar de consultorías y amistades peligrosas con grandes conglomerados mediáticos y seudoacadémicos que se perpetuaría hasta ahora, reeditando el grito civilista de Antes los chilenos que Piérola con Antes el Movadef que Keiko y que, de taquito, nos hundiría en la peor gestión de la pandemia en el universo. Escribiré pronto un artículo al respecto. Sea lo que fuere, Humala mantuvo el aparato productivo y el modelo de apertura económica intactos, aunque ya había sembrado las bases ideológicas y políticas de su futura destrucción.
¿Qué tenían en común Benavides y el segundo García? En primer lugar, conocían el Perú y buscaban la estabilidad luego de momentos de agitación infinita (recuérdese el gobierno de Toledo y la proliferación de asonadas y conflictos sociales de toda índole); en segundo lugar, creían en una economía libre y evitaron hacer experimentos al respecto. Nada demasiado difícil, considerando que el Perú es un país minero y que, en el peor de los casos de inestabilidad mundial, el capital busca las commodities más clásicas como el oro y los otros minerales.
Precisamente este año y el anterior el cobre alcanzó precios muy altos y, de haber estado el Perú en manos de un gobierno (de cualquier gobierno), que no estuviera compuesto por antiguos practicantes del viejo arte del chantaje disfrazado de «protesta social» que, como buenos demagogos izquierdistas, fomentan expectativas irresponsables e imposibles en algunos sectores ideologizados, los índices económicos serían bastante diferentes. Más aún, las inversiones regionales, ante la licuefacción del Chile de Boric ante la constituyente y otras amenazas vecinas, habrían preferido un mejor ambiente en nuestro país. Por último, la agroindustria hubiera afrontado los retos de una crisis alimentaria global que, bien aprovechada, habría podido significar un salto cualitativo y cuantitativo para las exportaciones nacionales. Pero el congreso nacido del Vizcarrazo del 30 de septiembre de 2019 y la inanidad del prócer Sagasti contribuyeron durante los primeros meses del 2021 a esclerotizarla.
Ahora estamos como estamos. Y si no estamos peor es porque la estructura económica creada por la abominable derecha aprofujimorista todavía resiste. Pero nada es eterno y todo tiene su punto de quiebre. Gracias, queridos dignos.
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