Francisco Swett

Capitalismo: ¿víctima de sus virtudes?

La brecha material entre quienes progresan y quienes se rezagan

Capitalismo: ¿víctima de sus virtudes?
Francisco Swett
28 de octubre del 2019


Las protestas vividas en Chile –provenientes de quienes se sienten socialmente ofendidos, de los agentes provocadores y activistas políticos, y de quienes simplemente ven la paja en el ojo ajeno no observan las reglas del debate sino, como lo hemos podido apreciar, de la violencia para infundir el terror colectivo. Sin embargo, pasada la gran ola de euforia, quedan sobre la mesa temas que deben ser examinados. Demostradas las falencias del socialismo, ¿creemos acaso que no hay limitaciones que apliquen cuando hablamos de las bondades de la economía de mercado?. 

No es un mea culpa, pero sí un examen crítico que nos debe permitir mejorar nuestra percepción de la realidad. La prosperidad presente la definen la economía del conocimiento y la dotación del capital financiero. El avance de la tecnología marca fuertes líneas rojas entre quienes avanzan y quienes se quedan atrás. Esta característica del ambiente presente aplica tanto a nivel individual como colectivo, dentro de cada país y entre países. 

El avance tecnológico y la capitalización de la economía definen su eficiencia, productividad y la competitividad del colectivo. Hoy en día los grandes territorios no son requeridos para tener la economía más avanzada, y los recursos naturales pueden ser una maldición antes que una bendición. Rusia y Venezuela son claros ejemplos de extensión territorial y dotación de recursos. Rusia es la economía número once, no la número uno, en el ranking de naciones y su ingreso per cápita es promedio dentro de América Latina; Venezuela, por su parte, es un estado fallido. 

Lo que sí cuenta es la educación, generalmente definida como la dotación de recursos humanos altamente calificados. Destacan en este grupo Singapur, Taiwán, Corea del Sur e Israel. Todos tienen en común la ausencia de recursos naturales y la presencia de formidables sistemas educativos que los han posicionado en la elite de los más tecnológicamente desarrollados. Son también sociedades igualitarias donde impera la norma legal sin privilegios. 

En cuanto a la rentabilidad del capital financiero, es incuestionable que ésta es más alta que la del trabajo o la del capital fijo. Los determinantes de estos resultados incluyen la alta rotación (que complementa el margen de cada transacción), la eficiencia de los mercados financieros, y los estrechos y altamente selectivos filtros que controlan su acceso. Estas diferencias demuestran que el capitalismo es un formidable instrumento de progreso y crecimiento, pero también que engendra mayor desigualdad. China, el ejemplo más prominente, dejó atrás el socialismo y adoptó el mercado al punto que es hoy un país donde el 80% de la economía es de propiedad del sector privado. En el capitalismo político chino, así definido por Branko Milanovic (Global Inequality, 2016), el crecimiento es lo que le da legitimidad al gobierno. Entretanto, en el capitalismo liberal de Estados Unidos, la meritocracia se está desmoronando al punto que el 0.1% de la cúspide de la distribución tiene la misma proporción de riqueza que el 90% de abajo, y mientras más abajo se va, más precaria se vuelve la condición. 

La pobreza, no obstante, no admite una sola medida. Hay una enorme diferencia entre ser pobre y no tener que comer y ser pobre y andar en un carro de segunda mano. Es en líneas generales, el caso de Chile donde no se discute que el modelo económico ha llevado al país al sitial de desarrollo que ostenta. El problema está en la percepción, la irrupción del populismo, y en la brecha material visible que separa a quienes progresan y quienes se quedan rezagados. 

¿Es la rebelión de las masas, entonces, lo que definirá el futuro del capitalismo? Si aceptamos las limitaciones de un modelo de concentración plutocrática (la desigualdad es mayor en China que en Chile) entonces podemos postular, para efectos del debate, la necesidad de reforzar el equilibrio entre estado y mercado, de suerte que existan los mecanismos para elevar la condición humana de quienes están vulnerados. No existe el determinismo de Marcuse pues hay cómo guiar la política pública por vertederos que permitan ampliar el espectro de beneficios materiales y ampliar los filtros de ascendencia socioeconómica. No se necesita tener espíritu de beneficencia para ello pues se trata de una inversión para reforzar la paz social, que es un bien público.

Francisco Swett
28 de octubre del 2019

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