Luis Saavedra

Balcázar: cuando la decisión interina cuesta soberanía

La negativa del presidente a firmar la adquisición de los aviones F-16 Block 70

Balcázar: cuando la decisión interina cuesta soberanía
Luis Saavedra
20 de abril del 2026

 

En la historia de las naciones, hay momentos en los que una decisión o su ausencia define el rumbo del Estado por décadas. El Perú atraviesa hoy uno de esos momentos. Y lo hace, peligrosamente. La negativa del presidente interino José María Balcázar a firmar la adquisición de los aviones F-16 Block 70 no es un acto prudente ni responsable. Es, en términos de inteligencia estratégica, una señal de debilidad que compromete la seguridad nacional y pone en riesgo una de las alianzas más importantes que el Perú ha construido en su historia reciente., también es una señal de deslealtad. Porque no estamos hablando de una compra aislada. Estamos hablando de una arquitectura estratégica en plena consolidación con Estados Unidos, liderada por el presidente Donald Trump, quien no solo ha extendido la mano amiga al Perú, sino que ha dado pasos concretos, firmes y verificables para convertirlo en un aliado de primer nivel.

Una alianza que costó construir y que hoy se pone en riesgo. No hace mucho, el presidente Donald Trump elevó al Perú a una categoría estratégica privilegiada al designarlo como Aliado Principal no perteneciente a la OTAN. Tenemos proyectos para construir un puerto aeroespacial en Talara, en cooperación con la NASA. La modernización de la Base Naval del Callao, la cooperación con la Policía Nacional en la lucha contra el crimen transnacional, el narcotráfico. Y frente a todo ello, la respuesta que se proyecta desde Lima es la duda que suena a deslealtad. Ante las declaraciones del señor Balcázar, la reacción del embajador de Estados Unidos en el Perú, Bernie Navarro, fue clara quien señalo que Estados Unidos utilizará “todas las herramientas disponibles” si percibe negociaciones de mala fe, y en ese sentido la mala fe NO puede ser justificada. Bajo la lógica de poder que caracteriza a la administración del presidente Donald Trump, los aliados son respaldados con firmeza, pero la deslealtad o la ambigüedad estratégica se responde y las decisiones en materia de seguridad y defensa tienen consecuencias económicas, políticas y militares. En este contexto, la decisión del señor Balcázar revela una preocupante falta de evaluación sobre las consecuencias estratégicas que el Perú podría enfrentar. Por ello, más allá de debates internos o afinidades políticas, surgen preguntas que no pueden ser ignoradas: ¿a quién le conviene que el Perú retrase su modernización militar?. En geopolítica, cuando un Estado duda, otros avanzan. Y cuando la decisión se posterga, la influencia se redistribuye. 

El proceso de adquisición de los F-16 no era improvisado. Había superado etapas técnicas, presupuestales y diplomáticas coherente con la necesidad de cerrar brechas tecnológicas y fortalecer la capacidad de disuasión de la Fuerza Aérea. No era una compra aislada, sino parte de un rediseño estructural del sistema de defensa, orientado a garantizar la soberanía y la integridad territorial. De esta manera, trasladar la decisión al próximo gobierno bajo el argumento de la temporalidad no resiste un análisis estratégico. La seguridad nacional no se suspende. Y la defensa no admite pausas. La continuidad de las políticas de defensa es un principio fundamental en cualquier doctrina seria de seguridad nacional. Interrumpir ese proceso introduce incertidumbre, debilita la planificación y expone al país a riesgos innecesarios. Surge entonces una pregunta inevitable: si la responsabilidad es tan delicada que no puede asumirse plenamente por ser “interina”, ¿por qué se acepta ejercer la más alta magistratura del Estado? ¿Puede un presidente seleccionar qué obligaciones cumplir y cuáles postergar cuando se trata de la defensa nacional? Durante años, desde ciertos sectores de izquierda, se instaló la narrativa de que Estados Unidos trataba al Perú como un “patio trasero”, negándole acceso a tecnología y a una verdadera asociación estratégica. Sin embargo, hoy el escenario es distinto: existe apertura, cooperación concreta y oportunidades reales de modernización. Y es aquí donde emerge una paradoja preocupante, casi propia del “perro del hortelano”: cuando finalmente se presenta la posibilidad de adquirirlas, se opta por postergarlas o rechazarlas. Se cuestionaba la ausencia de oportunidades; ahora, frente a ellas, se introduce incertidumbre. Resulta entonces no solo contradictorio, sino estratégicamente riesgoso, que cuando el Perú tiene la posibilidad de fortalecer su defensa y consolidar una relación clave, se envíen señales de vacilación. 

En términos de realpolitik, No decidir o aplazar también es decidir: implica aceptar la redistribución de influencia en favor de otros actores que ganan provecho en tener el control sobre un país que lo necesitan débil. Por ello, la política de defensa debe entenderse no solo como administración de capacidades, sino como una expresión directa de soberanía activa en un sistema internacional caracterizado por la competencia estratégica permanente. Tras la crisis generada por el intento de ruptura del orden constitucional del ex presidente Castillo, se produjo una sucesión de liderazgos presidenciales interinos, entre ellos el de José Jeri, quien también fue reemplazado, por José María Balcázar, quien en una intervención durante una comisión del Congreso sostuvo que “las relaciones sexuales tempranas ayudan al futuro psicológico de la mujer”. Esta afirmación generó un amplio rechazo institucional, Este tipo de declaraciones del pasado, en un tema de alta sensibilidad social y jurídica, abre inevitablemente un debate sobre la consistencia de los criterios y lucidez con los que el Señor Balcázar aborda materias importantes de nuestro país. Surgen interrogantes sobre su estado de salud mental a sus 83 años. ¿Se está garantizando que las decisiones de Estado las está adoptando con plena lucidez, coherencia, especialmente en materias que afectan la seguridad nacional y la defensa del país?. En última instancia, lo que es importantes no es lo que anuncia que hará, sino lo que efectivamente hace. En la lógica de la realpolitik, las decisiones no se evalúan por su formulación futura, sino por su implementación presente. Aquello que se posterga indefinidamente o se condiciona a escenarios inciertos casi nunca se realiza, porque en el sistema internacional lo que no se ejecuta en el momento oportuno rara vez se materializa después. Y en estas circunstancias, queda una reflexión inevitable, con un tono casi irónico, pero profundamente realista: ¿Puede la “estrella solitaria” respirar tranquila por ahora? Seguro que si al igual que la “estrella roja”, por otra parte, analicemos que la traición a la patria constituye una de las más graves afrentas contra el Estado, al comprometer su defensa, su soberanía y su integridad territorial. En ese marco, la Constitución Política del Perú es categórica: el presidente no es un actor circunstancial, sino el garante permanente de la seguridad nacional. El artículo 163 establece que la defensa nacional es integral y permanente; el artículo 118 le impone al presidente el deber de velar por la seguridad exterior. No se trata de opciones políticas, sino de obligaciones constitucionales. Ante ello, surge una interrogante inevitable: ¿qué ocurre cuando quien tiene ese mandato no actúa para fortalecer la defensa del país, sino que posterga o bloquea decisiones estratégicas que ya estaban en condiciones de ejecutarse?. El artículo 117 contempla la traición a la patria como causal de acusación presidencial bajo supuestos específicos. ¿Debe entenderse la traición únicamente como la ruptura del orden institucional, o también como cualquier conducta que, por acción u omisión, debilite gravemente la capacidad del Estado para defenderse? ¿puede considerarse irrelevante una decisión que retrasa la modernización de capacidades disuasivas en un contexto de competencia geopolítica? La doctrina en seguridad nacional es precisa en este punto: la traición a la patria no se configura por simples errores. Pero también es cierto que no siempre se manifiesta de forma explícita o abierta. La historia demuestra que, en distintos contextos, el debilitamiento de la defensa nacional sea por acción directa o por omisión ha tenido consecuencias profundas. En este sentido, la comparación histórica resulta inevitable. Durante la Guerra del Pacífico, Mariano Ignacio Prado abandonó el país en un momento crítico, llevándose el dinero del Perú para comprar armamento para nuestra defensa. Nunca llego el armamento. Hoy, en un contexto distinto, pero igualmente sensible, surge una reflexión inquietante:  El presidente interino se niega a comprar los aviones para nuestra defensa pese a que esta compra ya paso todos los estudios y evaluaciones técnicas. ¿Es diferente ausentarse físicamente o eludir decisiones que sostienen la capacidad disuasiva de la patria? Imaginemos un país como una familia que en el pasado sufrió un ataque brutal de un vecino. La casa fue saqueada, las puertas fueron destruidas y parte de la familia fue asesinada, la mitad de la propiedad quedo en manos del vecino saqueador, el padre logró reunir recursos económicos, dejó un fondo específico con una instrucción reconstruir la casa, colocar puertas nuevas, ventanas reforzadas para que aquella tragedia no vuelva a ocurrir. Con el tiempo, la familia logró recomponerse emocionalmente y logro prosperar su economía, pero la amenaza del pasado seguía existiendo como una posibilidad real ya que el vecino saqueador ahora está en crisis de recursos. La casa, seguía sin protección adecuada. En ese contexto, uno de los hijos asume temporalmente la responsabilidad del hogar. Al recibir el encargo de ejecutar las mejoras de seguridad, decide no hacerlo. Argumenta que su rol es solo Interinamente y que no debe tomar decisiones permanentes. Así, la familia queda en una situación crítica: la amenaza sigue existiendo, los recursos están disponibles, la necesidad es evidente, pero la decisión de no actuar deja a la familia vulnerable una vez más. Y entonces aparece la pregunta que cualquiera en esa familia se haría: ¿por qué el hijo no quiere poner las puertas y las ventanas? ¿Es miedo a tomar decisiones porque siente que su cargo es solo temporal? ¿estará actuando con ingenuidad, o el vecino le ofreció alguna recompensa? Porque en una familia que ya sufrió una tragedia, lo que no se hace a tiempo puede costar muy caro después. En ese vacío, surgen preguntas inevitables, ¿Se benefician actores estatales que prefieren un equilibrio regional más favorable a sus intereses económicos? La historia de las naciones está marcada por momentos en los que la indecisión ha costado más que cualquier error. Porque el error puede corregirse, pero la oportunidad perdida rara vez regresa. En el tablero global, la confianza es poder. Y el poder que no se ejerce, inevitablemente, se pierde. Recordemos los países vecinos no son hermanos, ni funcionan bajo lógicas afectivas. Cada Estado tiene sus propios intereses, su propia estrategia y sus propias fuerzas armadas, orientadas exclusivamente a la defensa de su territorio y de su soberanía. En ese sentido, asumir que un país vecino actuará como defensor nuestro es ingenuidad o ya es un problema de salud mental de quien piense de esa manera. “La soberanía y la seguridad nacional no se negocian ni se postergan: se ejercen y se defienden hoy. Mañana es demasiado tarde”.

Luis Saavedra
20 de abril del 2026

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