César Félix Sánchez

Anatomía de una primavera

El globalismo internacional se impuso

Anatomía de una primavera
César Félix Sánchez
16 de noviembre del 2020


Hemos asistido en el Perú, en estos días, a una peculiar “primavera”. Me refiero a aquellos procesos de cambio de régimen a través de las manifestaciones populares masivas, aparentemente autoconvocadas, centradas en las redes sociales y en sus jóvenes usuarios, y en las que juega un papel fundamental el control de la narrativa, ya sea por parte de los medios masivos de comunicación o por parte de “líderes de opinión” que marcan tendencias que se
viralizan. Como todo en el Perú, claro está, esta “revolución de color” ha sido bastante más pequeña. Y aunque la tragedia de las dos muertes todavía nos pesa, han existido ciertos ribetes de sainete. 

Todo comenzó el lunes, con la sorpresiva declaratoria de la vacancia presidencial con un voto abultadísimo y transversal a todos los grupos y tendencias ideológicas representadas en el parlamento; con la excepción notable de la bancada morada y de algunas figuras singulares de la izquierda, como Rocío Silva Santisteban, que tenían en común ya desde hace tiempo ciertos alineamientos políticos que podrían calificarse de globalistas. La izquierda soberanista, por su parte, no solo votó por la vacancia, la promovió. 

En los primeros momentos, una buena parte de los constitucionalistas –como Oscar Urviola e incluso Luciano López, futuro “indignado” días después– consideraron que. al margen de su prudencia o necesidad políticas, la decisión no podía considerarse un golpe de Estado. La declaratoria de vacancia se había basado en un artículo escrito y definido en la carta magna (para nada fáctico), y la interpretación ética de ese artículo contaba con precedentes (el más inmediato en 2000). Incluso había contado con un mínimo de requisitos procesales que implícitamente podrían exigirse de todo proceso, aun si meramente político: notificación al sujeto del proceso, defensa por su parte de las imputaciones realizadas y votación. Sin embargo, en poquísimo tiempo la narrativa cambió. La derecha e izquierda globalistas (Partido Morado y Nuevo Perú), bastante golpeadas en las elecciones de enero, hicieron llamados a la protesta que, todavía en la noche del lunes, parecían algo risibles.

Muchos de los grandes medios empezaron a cubrir las ralas manifestaciones de las primeras horas –incluso el Canal N informó que esa primera noche también hubo manifestaciones celebratorias, cosa que sería escamoteada rápidamente–, a veces con ánimo más de convocatoria que de cobertura periodística. Paralelamente, los líderes de opinión globalistas –particularmente cierta lideresa twittera de complejo pasado noventero– empezaron rápidamente a controlar la narrativa: con sofismas grotescos y medias verdades lanzaron la interpretación “jurídica” que iría alcanzado éxito: se trataba de un golpe de Estado, de una jugarreta claramente inconstitucional del odiado Congreso que quería “todo el poder”. No faltó algún conocido jurista del régimen vizcarrino dispuesto a abundar en algún dislate adicional. 

Un sector de la población estaba buscando una justificación para canalizar no solo el descontento con la aguda crisis socioeconómica (derivada de la pandemia) y el sempiterno desprecio a los políticos, sino también la ira contra un Congreso improvisado, elegido a la mala luego de la negación fáctica, y conformado en su mayoría por la segunda división de los partidos políticos sobrevivientes a Lava Jato y a Vizcarra. Una ira alimentada debidamente por este último. Una figura como Manuel Merino, cuyo principal delito es no poseer condiciones para ser “pimpeado” por asesores de imagen y que llevaba todavía las cicatrices de haber colisionado meses antes con el experto satanizador Vizcarra y sus brazos mediáticos, era un objeto de odio más que adecuado para, debidamente “memeficado”, compendiar ante la masa juvenil 2.0 “todo lo que está mal en el Perú”. Incluso un politólogo famoso –cuándo no– acusó con gran desprecio a Merino y su gabinete de “no saber pronunciar la palabra instagram”. No es broma. 

Por otro lado, el globalismo internacional metió la cantidad de leña necesaria para convertir un fuego, que todavía era pequeño, en un incendio de regulares proporciones. Algunos países vecinos y organismos internacionales como la OEA, famosos por sus múltiples chapucerías y sesgos, y oenegés con nombres rimbombantes emitieron comunicados manifestando su preocupación por los sucesos y que esperaban la resolución, por parte del TC, de un recurso pendiente presentado a una moción distinta ya resuelta; y que aun de prosperar, no alteraría el resultado de la última vacancia. El mismo Vizcarra lo sabía y por eso aceptó esa misma noche, entre risas resignadas, pasar al costado sin tomar ninguna medida. 

En las calles, y a medida que pasaba el tiempo, la viralización lograba cautivar a mucha gente, particularmente jóvenes, generando esa sensación de comunidad colectiva orgánica que es tan cara a los publicistas, especialmente en tiempos navideños o cuando juega la selección. Quizás alguno de los “conmovidos” durante estas jornadas reaccione con violencia ante la blasfemia que quien escribe estas líneas comete, al comparar estos “días gloriosos de nuestra segunda independencia” (sic) con cualquier otra emoción barata publicitaria. Pero lo cierto es que quedaba claro que, más allá del odio a Merino, no había ninguna otra cosa compartida entre los manifestantes, fuera de los eslóganes vacíos y perpetuos de toda marcha. Uno de los gritos era: “¡Merino no me representa! ¡Este congreso no me representa!”. Y ante la pregunta de quién sí los representaba o qué solución viable se podía hallar al problema, la única respuesta era el silencio o la descalificación.

Pero sí había algunas personas que tenían claros sus proyectos. Mientras los manifestantes burgueses y juveniles expresaban, a la hora de justificar su presencia en esta gesta, su maravilloso mundo interior lleno de nobles sentimientos, la minoría izquierdista era meridianamente clara: nueva constitución y transformación socialista del país. Estaba clarísimo entonces: la masa despolitizada, que llenaba plazas y se quedaba en el plano de lo emocional; y la élite revolucionaria politizada, que sí tenía clara una agenda política clara y que iba –de forma a veces directa, a veces indirecta– canalizando los ímpetus de la masa y el caos político, hasta llegar casi el punto de tomar la presidencia de la República la noche del domingo (ahora se han resignado a un cogobierno, lo que sigue siendo un éxito para ellos). Teníamos la misma vieja historia del frente de masas leninista, con sus hermosos eslóganes, sus intenciones indirectas, sus tontos útiles y sus “horas de odio” orwellianas.

Finalmente ocurrió lo tristemente anunciado: dos muertos en circunstancias confusas, en el contexto de enfrentamientos entre barristas (sí, barristas) y manifestantes radicalizados contra una policía rebasada y desmoralizada desde hace meses. Esa es la flor de toda primavera: los muertos, que los “líderes de opinión” pueden arrojar al régimen odiado, dándole así el tiro de gracia. Llegó el domingo y Merino presentaba su renuncia.

Inmediatamente reapareció Vizcarra, recordó repentinamente que Merino era un “dictadorzuelo” y pasó a reclamar su legítimo puesto dado que, oh santa ingenuidad, “todo el Perú” se había manifestado contra el golpe y los golpistas. Pero parece que el golpe no era tan golpe. El lunes el Congreso eligió como presidente de la mesa directiva a don Francisco Sagasti, figura globalista si las hay y que, como sucede luego de una vacancia presidencial, será el próximo presidente. Incluso la OEA de don Luis Almagro se apresuró a reconocerlo. Parece, entonces, que no era un problema jurídico e institucional ni de recursos pendientes, como habían insinuado antes, sino simplemente de personas. Que vaquen a Vizcarra no interesa, sino que quien lo reemplace sea la persona correcta. Es decir: solo es golpe cuando entra quien no queremos que entre. Así de sencillo. Evidentemente, luego de este feliz desenlace, las emociones se calmarán y las grandes gestas y los grandes gestos se irán apagando, milagrosamente.

César Félix Sánchez
16 de noviembre del 2020

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