Cecilia Bákula
Adiós a un gran demócrata
Sebastián Piñera, dos veces presidente de Chile

La muerte de Sebastián Piñera afecta y apena a todos los demócratas del continente y a los peruanos de manera particular. Piñera, presidente constitucional de Chile en dos oportunidades, la primera entre el 2010 y el 2014 y la segunda entre el 2018 y el 2022, falleció el 6 de febrero último en un terrible accidente, mientras piloteaba su helicóptero en el sur de Chile. Más allá de la tristeza por su desaparición física, deseo extender mis condolencias a la familia, a mis amigos chilenos y al pueblo chileno. Y por ese cariño y respeto hay varios aspectos que en esta triste oportunidad deseo destacar.
Piñera llevó a Chile a las grandes cumbres de la civilidad, y en sus dos periodos de gobierno, que en nada fueron fáciles, afrontó graves dificultades. Vale recordar que su primer gobierno se inició teniendo que atender a la reconstrucción luego del severo terremoto que asoló el sur de Chile el 27 de febrero de 2010. Y que meses después, en octubre de ese año logró, con éxito sin precedentes, lo que alcanzó notoriedad universal, el insólito, difícil y angustioso rescate de 33 mineros que durante 69 días de indecible angustia, habían quedado atrapados en una mina profundísima, la mina San José.
Ambos hechos marcaron sin duda la vida política de Piñera porque de esa grandeza en su actuar se desprendieron inusitadas consecuencias en su contra y no pocas complicaciones. En sus dos periodos de gobierno no todo fue un lecho de rosas pues la izquierda sureña y no me refiero a la izquierda responsable que forma parte de la oposición democrática y necesaria; hablo de lo que fue capaz de causar el rojerío irresponsable y por lo general infiltrado y cegado por el odio que, como lo es en todas partes, tiene una especie de alergia creciente al éxito, al bienestar social, a la calma, al desarrollo y al progreso, sin que falte entre ellos los intereses perversos que logran introducir focos de disturbio, queja y desaliento y como vemos que sucede en todos los lugares, una cosa es la queja y otra la barbarie.
Así, se llegó al extremo del desborde que llevó a una casi incontrolable crisis social que puso en jaque la vuelta a la democracia. En esos hechos fatídicos de octubre de 2019, se presentó la “exigencia” de una nueva constitución que, como vemos hoy, se trata de un cambio que no ha sido aún aprobado y más bien pareciera que quedará en las calendas griegas. No obstante el costo nacional de esos días y las consecuencias políticas que ello tuvo, en innegable que Piñera sentó las bases del regreso de la derecha eficiente en Chile y enrumbó los destinos de ese país.
Pero no me toca hacer un análisis profundo de sus gobiernos en los que hubo una amplia vigencia democrática; quiero rendir ahora un homenaje precisamente a quien hizo de la cercanía entre nuestros dos pueblos una realidad y una convivencia posible en la paz y en la armonía, asumiendo su condición de líder, estadista y conductor de los destinos de un pueblo pues comprendió que las acciones de Estado que se toma, por lo general rinden consecuencias años más tarde.
Piñera, inteligente y político, no escondió su amistad hacia el Perú, y razones tenía para hacerlo. Ya le había dicho Alan García, con quien desarrolló una cercana amistad que era bastante peruano pues descendía de Huayna Cápac, detalle de “antigua genealogía” que tomó como un gesto de cercanía pues al final o, mejor dicho, desde el principio, todo nos debe unir, las raíces, la tierra, la historia y, dicho esto, recuerdo el título del último libro de mi padre, el embajador Juan Miguel Bákula Patiño. El libro se titula “La imaginación creadora y el nuevo régimen jurídico del mar” pero lo que destaco es el subtítulo: “Perú y Chile: ¿el desacuerdo es posible?” y es en ese sentido que todo acercamiento para desarrollar formas de convivencia futuras, es y ha sido siempre lo más inteligente, positivo y fructífero porque entre pueblos que comparten una misma realidad, el desacuerdo ha de ser siempre un imposible y cuando lo hubo, ha de ser superado por las formas de un mejor futuro.
Es por ello que resultan de la mayor importancia los gestos de habilidad política y comprensión histórica que dan los que pueden llamarse estadistas y me refiero a lo vivido entre Alan García y Sebastián Piñera en el 2010, cuando el chileno acogió una invitación del Perú. La fecha es muy importante: se había iniciado el primer periodo de Piñera y para entonces el Perú ya había presentado ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya, la demanda respecto al diferendo por los límites marítimos entre ambas naciones.
García, experimentado político no dejó ni un centímetro de buena atención ni cortesía; Piñera, no descartó momento alguno para hacer notar que la hermandad debía ser desde siempre la mejor herramienta de entendimiento y asumió con gran valentía ante su propio pueblo, las críticas que le enrostraron el viaje. Se atrevió a defender esa cercanía en aras de la construcción de un futuro de paz para ambos pueblos. Hoy, todos vivimos las felices consecuencias de la actitud de ambos.
Adicionalmente, en estos momentos de dolor, el pueblo chileno ha salido a dar un último adiós a quien fuera un querido presidente. Y en estas circunstancias, el actual gobernante, Gabriel Boric, de contundente oposición al fallecido Piñera, se ha comportado a la altura de las circunstancias; ha depuesto diferencias y se ha servido positivamente de una tragedia que enluta a un pueblo y a todo un continente para hacer un llamado a la unidad, al respeto a las diferencias, al valor de la institucionalidad, al respeto hacia el dolor de una familia. Y ha brindado a Sebastián Piñera un funeral de Estado, designando al canciller Van Klaveren para que asumiera la responsabilidad de organizar todos los actos protocolares correspondientes.
En esta ocasión Chile ha dado muestras de unidad y civilidad y deseo con toda transparencia y cariño que este dolor que viven como Nación, sea una posibilidad de unión, una forma de esperanza y de reencuentro entre quienes piensan distinto, pero saben que es indispensable buscar en conjunto un destino común.
Cabe destacar que al finalizar los actos propios del funeral, a lo largo del que se pudo apreciar muestras de hondo dolor, podemos decir que hemos visto a todo un pueblo unido a la viuda, a los hijos, a los más cercanos colaboradores del que fuera dos veces presidente de Chile; ellos, dolientes, formaban junto con todos los Poderes del Estado, encabezados por el actual presidente Gabriel Boric, una sólida unidad y mostraban la voluntad deseosa de ser respetuosos en el dolor y afianzados en la esperanza y en ello fue importante el respaldo que significó la presencia de tres ex presidentes: Michelle Bachelet, Eduardo Frei y Ricardo Lagos dando en conjunto una imagen de unidad nacional y solvencia política. En esa circunstancia Chile dijo: ¡Todos somos Estado: gobierno, pueblo y oposición! Y con ello, quizá sin haberlo pretendido, rindieron el mejor homenaje al presidente fallecido.
Descansa en paz, presidente, y que tu legado trascienda el tiempo.
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