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UN PERRO SOLITARIO

Columna

UN PERRO SOLITARIO

26 de Enero del 2017

La soledad es un amigo que no está

Empecé a leer un libro de Julián Marías que lleva por título Biografía de la filosofía. Hace mucho tiempo que tenía interés en adentrarme en una de las obras del escritor español y, sin imaginarlo, el libro me llevó a recordar a un viejo amigo cuyo paradero es desconocido.

Conocí a M. G. en una librería del centro de Lima a donde llegaban muchos perros solitarios para conversar y reírse un rato; bueno, la chispa y el buen humor siempre llegaban con él, así como la nota filosofal, el apunte histórico que siempre hacía con una sonrisa. M. G. tenía una profunda predilección por la filosofía, tanto como por la historia; en especial por la figura de Pericles, el político ateniense de la Edad de Oro de esa ciudad. M. G. podía citar a Pericles como si hubiera vivido en sus tiempos. De todas las historias que contaba sobre aquel personaje había una que me gustaría compartir con todos ustedes, a manera de reflexión. Espero no equivocarme en el relato:

Una vez, Pericles se encontraba hablándole al pueblo ateniense acerca del sacrificio y el trabajo, cuando se percató de que uno de los hombres, un cazador, llevaba en sus manos un cachorro. Pericles que también tenía un cachorro, lo llamó y delante de todos le pidió al cazador que intercambiaran a sus cachorros con la promesa de que después de cierto tiempo se volverían a ver. Pasó un tiempo y Pericles se encontró con el cazador. Los cachorros se hicieron adultos. Delante de una multitud de gente, Pericles hizo una prueba. Colocó a ambos perros, al que había sido criado por el cazador y el otro que había crecido en un palacio. Puso a ambos canes, uno al lado del otro, y frente a estos colocó una liebre. Cuando soltó a los dos perros para ver si iban por su presa, notó que mientras el perro que había sido criado en un palacio con todos los cuidados se había quedado sentado y esperando que le acercaran la comida en su plato, el otro can salió raudo por su presa. Pericles miró a todos y dijo: “Así como este can que diariamente tiene que trabajar para ganarse el sustento son los ciudadanos que necesita una sociedad, hombres forjados en el sacrificio y el trabajo”.

No he podido encontrar este relato en ningún libro, pero estoy seguro que por ahí debe andar. M. G. tenía muchas historias sobre Pericles, de quien resaltaba su inteligencia y su oratoria para comunicarse con los ciudadanos de Atenas. Sobre este particular, Julián Marías cita a Pericles: “El orador, el hombre que habla bien, es el que impone su criterio y consigue influencia, cargos, mando. El que sabe y no se explica claramente, es igual que si no pensara, dice taxativamente Pericles en el discurso justificativo que Tucídides pone en boca suya. No cabe afirmación más enérgica y concluyente del valor de la retórica” (Biografía de la filosofía. Alianza Editorial. 1980. Pág. 49).

Me pregunto dónde andará M. G. ¿Habrá muerto? La última vez que lo vi dijo que se iba a Suiza a tratarse el corazón. Cómo extraño esas borracheras en las que M. G. terminaba colorado y empezaba con la artillería de chistes. Ahora me doy cuenta de que muchos de mis amigos han superado los setenta años, otros ya cruzaron a la otra orilla. Conozco muchos perros solitarios de todas las edades pero M. G. era especial.

 

Luis Alberto Spinetta, en “Tema de Pototo”, decía que “la soledad es un amigo que no está”. Entonces recuerdo cuando M. G. decía que si se sentía solo miraba su biblioteca y ahí estaban Aristóteles, Platón, Sócrates, Pericles y tantos otros, listos para escucharlo y conversar con él.

 

Por Arturo Valverde