Eduardo Zapata

Eduardo Zapata

Representación sintagmática versus representación paradigmática (segunda parte)

Representación sintagmática versus representación paradigmática (segunda parte)
Eduardo Zapata
18 de mayo del 2017

La confluencia de las cultural “orales” y la electronalidad

Decíamos en la nota anterior “que mientras la representación occidental es una representación paradigmática, donde un elemento representa a otros en ausencia (Dios, la patria, el pueblo), la representación en culturas orales es una representación sintagmática, donde un elemento representa a otros sobre la base de relaciones en presencia”.

En las culturas orales, entonces, la investidura no viene de una abstracción ausente, sino de elementos y resultados presentes. Y esos elementos no representan a un “pueblo” abstracto, sino a ese pueblo que está aquí y ahora. Con sus problemas y urgencia de soluciones a cuestas.

Tenemos así, entonces, que en las culturas orales el yo (primera persona) y el (segunda persona) están siempre involucrados en el ello (tercera persona). De tal forma que la dimensión representativa del lenguaje (el mundo del ello) está siempre integrada con las personas y con la situación misma. No existen, por otra parte y como consecuencia, las abstracciones puras y clasificadas independientemente. Como en la vida, todo se integra. Y esto se proyecta inevitablemente a la concepción y ejercicio del Poder.

Atentos a este razonamiento, es claro que las autoridades en las sociedades orales no representan a Dios. En tiempos idos, son la divinidad: en sí o por parentesco. Tampoco los monumentos sagrados "representan" lo divino; son sagrados en sí mismos. Y las autoridades locales no "representan al pueblo" desde lejos; son parte del pueblo. El Poder, pues, no está basado en la representación a distancia, está basado en una cultura de la proximidad.

En culturas signadas ya por la electrónica encontramos rasgos similares a los de las culturas orales. En el lenguaje, los jóvenes electronales tienen "dificultad" para alcanzar definiciones objetivas que no los involucren. Yo y surgen en las definiciones constantemente. Pareciera que al cumplir el lenguaje electrónico la función de objetivar de manera muy eficiente a través de la tecnología, las personas sintieran que ya no es necesario ocupar su mente en hacerlo (el mismo sentido tiene el caso aquel en el que un lingüista, cuando preguntó a un campesino oral ¿qué es un árbol?, el campesino contestó: ¿para qué se lo voy a decir si los dos sabemos lo que es?).

Y aquí también lo oral y lo electronal confluyen en la importancia del contexto, la integración sensorial, la no separación ni clasificación rígida de conceptos, la integración de vida y conocimientos. ¿Y en estas culturas podrían funcionar la representación paradigmática y el Estado tal como los dibujó el occidente escribal antes del advenimiento de la electrónica?

La electrónica entre nosotros los peruanos no ha hecho sino reafirmar este concepto de representación sintagmática, de contigüidad, en presencia, alimentado ya por la cultura oral. Pero estas trazas culturales —que, como hemos visto, afectan el concepto mismo de representación— parecen ser ignoradas con pertinacia por mucho del mundo oficial. Un mundo oficial que declara su dolor por el mundo de los excluidos. Pero que, sin embargo, parece persistir en su propósito evangelizador de los siglos XVI y XVII. Solo que esta vez en aras de una propuesta “más moderna”: construir en el Perú lo que Europa tuvo en el Siglo XIX.

 

Eduardo E. Zapata Saldaña

Eduardo Zapata
18 de mayo del 2017

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