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La decadencia caviar

Columna

La decadencia caviar

6 de Julio del 2017

Antifujimorismo es una patología social de alcurnia

El odio mata. Es un sentimiento tóxico que corroe las entrañas y empobrece las ideas. El odiador no puede evitar mostrar su odio frente al objeto de sus pasiones enfermas bajo cualquier pretexto. Lentamente va hundiéndose y ahogándose en su miasma. Esto es lo que ocurre hace tiempo con nuestra clase caviar y sus allegados.

Nuestra aristocracia caviar solo vive para odiar a Fujimori y condenar los noventa, seguida por su corte de pituprogres y su masa de proletrolls. Abundan las hueveras que aspiran a ser caviares y empiezan copiando su odio. Cada semana hacen el ridículo en sus columnas convertidas en pasmosas letanías de antifujimorismo relamido, predecibles desde el título: cualquier cosa mala que ocurre hoy en este país es culpa del fujimorismo, es la herencia de los noventa, reminiscencia del montesinismo, etc. Ya no escriben de otra cosa. Es su única especialidad, su obsesión.

Hasta se adornan con títulos académicos para decir lo mismo que repiten todos los días los progres baratos de la web. No hace falta un doctorado PUCP para vivir culpando a Fujimori de todo lo malo que pasa hoy. Para estos doctos caviares, la historia del Perú empieza el cinco de abril de 1992, y los 17 años transcurridos desde el fin del fujimorismo no existen. A ese nivel mental han caído los más insignes académicos caviares que adornan los medios con sus columnas de odio ilustrado.

No solo exhiben estupidez y obsesión enfermiza, sino que afloran sus odios más podridos en viles agresiones a la familia Fujimori. A diario una caterva de ruines caricaturistas se solaza en el agravio gráfico de algún Fujimori, con la complacencia de sus directores, para el deleite de su clase social. La semana pasada, una elegante dama de ficción que personifica perfectamente a la caviarada, insultó a Keiko Fujimori llamándola “porcina ojo jalado”. El autor es un fino y reconocido caviar que no tiene reparo alguno en vivir insultando públicamente a Keiko desde su cuenta, al igual que lo hacen sus congéneres, como si fuera un requisito de su club social. Luego salieron en mancha a defender el insulto a Keiko ofreciendo exquisitas razones, y todo eso a pocos días de haberse indignado contra Phillip Butters por sus bromas “racistas”. Es el espectáculo de hipocresía y doble moral que ofrece normalmente la caviarada, tan falso como su lucha anticorrupción enfocada única y exclusivamente en los noventa.

Insultar al fujimorismo es el deporte oficial de la aristocracia caviar, como lo es la cacería del zorro para la realeza británica. Lo pintan como “lucha contra la corrupción” y es parte de su moral. Combatir a un partido de cholos liderado por japoneses es muy digno de su estatus. Estigmatizar al fujimorismo es útil para sus campañas de ética. Así protegen su conciencia de las inmundicias que escriben. Recordemos que justificaron el terrorismo con la búsqueda de la justicia social. ¿No es fino? Para un buen caviar revolucionario el fin justifica los medios. Incluso alguien ha dicho por allí que “en el humor vale todo”. No señores: no hay nada que lo justifique todo.

A cada disparo contra el fujimorismo, una jauría de perros rabiosos corre a mordisquear la presa y celebrar la proeza, aparecen likes y se comparten con elogios. El corral entero del progresismo se alborota con rebuznos y relinchos colmando las redes con festejos babeantes. En estas condiciones es imposible hablar de unidad nacional o gobernabilidad. Menos aún cuando este gobierno es aliado leal del antifujimorismo y hasta les da de comer. Acá solo cabe esperar la guerra del fin del mundo. Caviares y pituprogres viven cada día en el odio, el rencor, el insulto, la mentira, el mito y la estigmatización; piden a gritos la disolución del Congreso. Les importa un bledo el país. Lo han probado en varias elecciones en las que prefirieron votar por cualquier impresentable. Su obsesión, sus sueños húmedos consisten en pisar las cabezas del fujimorismo y darles un tiro de gracia. Lo demás les tiene sin cuidado.

El antifujimorismo no es solo una patología social de alcurnia, es una profesión de élite a la que aspiran pituprogres y trolls. Es fácil. No importa la edad ni el tamaño de la estupidez que se propale, si es contra el fujimorismo tendrá éxito asegurado en las redes sociales, donde se mezclan juventud e ignorancia. Muchos mediocres se han hecho famosos nada más que por su antifujimorismo visceral, y ya tienen su columna en El Comercio para proferir su basura antifujimorista cada semana. Otros han descubierto que mezclar el humor con el odio es una fórmula perfecta para atraer a amplios sectores de limítrofes en las redes.

Deberíamos cuidar que el odio de estos sectores no arrastre al país al precipicio. Por desgracia lo vienen consiguiendo. Mientras ellos celebran, el país pierde.

 

Dante Bobadilla