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Estirpes, herederos y dinastías republicanas

Columna

Estirpes, herederos y dinastías republicanas

25 de Junio del 2015

A propósito de uno de los dudosos legados de los discursos antisistema.

Más de una vez me ha tocado ser testigo de disputas familiares cargadas de animosidad, e incluso no exentas de violencia, que estallaron tras la muerte del patriarca fundador de algún negocio rentable y exitoso. A partir de este triste y fatal suceso puede pasar que algunos herederos —en ocasiones agrupados en facciones que se enfrentan unas contra otras, en otras todos unidos en contra de uno o dos en particular— procuren denodadamente prevalecer en desmedro de la de otros. El desarrollo de este tipo de conflictos es, por necesidad, bastante dramático. Están los que invocan un ferviente y leal deseo por preservar lo que el patriarca construyó con su esfuerzo y su sabiduría, y buscan neutralizar al hermano o al sobrino bueno para nada o abiertamente descarriado. Pero están también los que apelan a los sagrados derechos que les corresponde en su condición de vástagos del difunto y consideran que cualquier argumento meritocrático resulta vacuo e improcedente.

Salir del modelo de la empresa familiar cerrada no debe de ser una decisión sencilla. La historia nos enseña que el deseo de perpetuarse a través de una estirpe es una característica común a monarcas de diversa índole. Y los líderes empresariales —los emprendedores, los pioneros, los innovadores— suelen poseer una psicología asombrosamente similar a la de los guerreros fundadores de reinos y monarquías. A los modelos de gestión cerrados se oponen los modelos abiertos, en los que las decisiones y la organización deben estar basadas en las virtudes de las personas y no en su pertenencia a una estirpe. Pero optar por un cambio de paradigma obedece, al fin y al cabo, a una decisión libérrima que es tomada por quien ejerce sus derechos de propiedad en el ámbito privado.

Distinto es el problema cuando las dinastías comienzan a echar raíces en el modelo democrático-republicano, abierto por definición. Más aún cuando la reelección, aunque sea interrumpida por periodos interpuestos, se convierte en una constante en el caso de algunos caudillos claramente identificables. Mientras que unos regresan o pretenden regresar al poder, otros preparan el camino para que aquel sea asumido por la cónyuge, el hermano o el hijo predilecto. Incluso en los Estados Unidos observamos un panorama electoral con altas probabilidades de que la presidencia sea disputada por la esposa y el hijo de dos expresidentes, lo cual bien podría servir como argumento justificativo para las estirpes criollas. Al parecer el poder envicia como una droga que eleva la adrenalina hasta alturas indescriptibles. Una droga que algunos se empeñan en compartir con la familia.

«¡Sufragio efectivo, no reelección!» fue la consigna con la que Francisco Madero inició en 1910 la Revolución Mexicana, buscando terminar con el régimen de Porfirio Díaz —el llamado «Porfiriato»– que había retenido el poder por más de treinta y cinco años gracias a sucesivas reelecciones. El gobernar durante un único periodo y renunciar a candidatearse de nuevo ha sido desde entonces una constante de los presidentes mexicanos, incluyendo los de los largos años de la «dictablanda» (el neologismo es de un irónico Enrique Krauze) del Partido Revolucionario Institucional. La tentación dinástica puede implicar una forma de reelección soterrada, que distorsiona la alternancia del poder que presupone el sistema republicano-democrático. ¿Son los partidos políticos —los democráticamente organizados, no los clubes de amigotes de un caudillo o de seguidores de un corifeo— la herramienta adecuada para que la meritocracia y la alternancia en el poder se articulen? En todo caso su debilitamiento y el correlativo fortalecimiento de las dinastías republicanas parecen ir de la mano. He aquí otro de los dudosos legados de los discursos antisistema.

 

Por Octavio Vinces

25 – Jun – 2015