Víctor Andrés Ponce

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La confianza de Vizcarra que posterga la reforma

Jefe de Estado se decide por la confrontación total

La confianza de Vizcarra que posterga la reforma
Víctor Andrés Ponce
17 de septiembre del 2018

 

El presidente Martín Vizcarra ayer cruzó el Rubicón planteando la cuestión de confianza alrededor de los cuatro proyectos de reformas de los sistemas de justicia y político que el Ejecutivo ha presentado. Y en el acto, convocó a una Legislatura Extraordinaria para este miércoles. Dependiendo de la respuesta del Legislativo, Vizcarra ha puesto a la democracia peruana, que avanzaba hacia su quinta elección nacional sin interrupciones, posiblemente en la peor crisis de las últimas dos décadas. El motivo: durante la renuncia de PPK el Legislativo tenía la fuerza política institucional para absorber la crisis. Hoy ni el Ejecutivo ni el Legislativo la tienen, por más que los medios, las encuestadoras, y la red de ONG de izquierda le cuenten un relato diferente a Vizcarra.

Una de las cosas más sorprendentes de la decisión del Presidente de ir a la guerra es la supuesta urgencia de las reformas. Plantear la cuestión de confianza podría desencadenar un escenario de cierre del Congreso o de adelanto electoral. En cualquier salida, las reformas se postergarían, por lo menos, en un año. ¿Por qué entonces invocar la urgencia de las reforma para plantear la cuestión de confianza? No hay lógica.

Aquí más bien parecen anudarse muchas sogas e intereses. César Campos suele recordar, por ejemplo, que el golpe del 3 de octubre de 1968 se adelantó por una investigación de Vargas Haya sobre corrupción en compras militares. Igualmente, el clásico 5 de abril de 1992 también se adelantó por una investigación en Apenkai que implicaba a familiares de Alberto Fujimori. ¿Existe algo parecido detrás de la decisión de Vizcarra? Las investigaciones que desarrolla la nueva Fiscalía de la Nación en contra de los principales implicados Lava Jato, ¿tienen algo que ver? La visita de Vizcarra a PPK —un procesado y posiblemente sentenciado, si es que se mantiene la democracia—, ¿no es algo que merece considerarse?

Planteamos estas interrogantes porque no encontramos un solo criterio racional para la decisión de Vizcarra de enlistarse para la guerra. Ni uno solo, sobre todo si había conversado dos veces con Keiko Fujimori. Todo cambió desde que IDL-Reporteros comenzó a administrar audios en los que se mencionaba al jefe de Estado y a la marca de ron Zacapa.

Decimos que no hay argumento atendible para la voluntad de guerrear, sobre todo considerando que el Apra, Acción Popular, Verónika Mendoza, Julio Guzmán y otros proponen el cierre del Congreso porque, en realidad, están planteando el adelanto general de elecciones. Hoy los únicos interesados en que la fiesta se desarrolle en paz hasta el 2021 parecen ser el propio Vizcarra y Keiko. Sin embargo, el jefe de Estado abre el fuego de una guerra convencional.

El gran problema es que el juego de Vizcarra convierte a la República y las instituciones en cosas pintadas en la pared. ¿Por qué? Porque en ninguna democracia del planeta el jefe de Estado lidera una reforma constitucional o conmina al Legislativo a aprobar una norma con plazos establecidos. La prerrogativa de la reforma constitucional solo corresponde a los parlamentos. Punto. De lo contrario en todas las democracias longevas surgirían Hugo Chávez o Evo Morales, jefes de Estado que lideraron reformas constitucionales, convocaron a constituyentes y luego se perpetuaron en el poder.

Imaginemos que el Congreso ignora la cuestión de confianza de Vizcarra porque, según la teoría constitucional y la opinión de los más connotados especialistas, simplemente no corresponde a la Carta Política de 1993. También que el Legislativo desarrolla su propia lógica temporal para aprobar las reformas. En este contexto, imaginemos que Vizcarra disuelve el Congreso mediante decreto. Asimismo, que el Congreso desacata la orden y vaca al jefe de Estado por infracción de la Constitución. Enseguida imaginemos que Vizcarra envía tropas para disolver el Congreso.

Como se ve, Vizcarra haría su propio 5 abril en base a pulso propio. Y en vez de ser el jefe de Estado que propuso la reforma de los sistemas de justicia y político, se convertiría en la comedia de la tragedia de PPK y en la comedia de la tragedia de Fujimori. Las siguientes décadas de su vida se convertirían en calvarios. ¿Alguien lo duda? Nadie entiende por qué esa voluntad de autodestrucción. ¡Ojalá Dios ilumine a Vizcarra y también a Keiko!

 

Víctor Andrés Ponce
17 de septiembre del 2018

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