Editorial Política

La Semana Santa y la identidad nacional

Reflexiones sobre la cristiandad y el catolicismo en el Perú

La Semana Santa y la identidad nacional
  • 03 de abril del 2026


Una de las mayores victorias ideológicas del progresismo, a nivel nacional y también en el mundo, es haber desarrollado el sentido común acerca de que la religiosidad en la sociedad es una expresión de ignorancia, de la falta de un espíritu ilustrado. Semejante creencia desconoce la evolución filosófica y cultural de Occidente porque ignora que el propio pensamiento griego precristiano –sobre todo con Aristóteles– a través del puro ejercicio racional llegó a la concepción de un principio de las cosas a través del motor inmóvil. Igualmente desconoce que los nuevos descubrimientos de las ciencias y las físicas –sobre todo la física cuántica– no avanza en contra de la existencia de un principio de las cosas, de una idea de Divinidad, sino que la refuerza. Y desconoce, sobre todo, que el todo el pensamiento occidental avanzó debatiendo alrededor de esta idea. 

Desde Marx el progresismo nos contó un relato sobre la materialidad, negó la esencia de la religiosidad y echó una especie de oscurantismo en las sociedades occidentales.

Valen estas anotaciones para subrayar que la idea del Perú, de la peruanidad, no se puede desligar de la influencia de la cristiandad, de la impronta de la Iglesia Católica desde la Conquista y de la construcción de uno de los procesos de mestizaje más impresionantes de la historia universal a través de tres siglos de virreinato. Y he allí el porqué la Semana Santa en el Perú y en los países hispanoamericanos sigue siendo un momento de recogimiento, de reafirmación en la fe cristiana que, como lo hemos sostenido líneas arriba, no está reñida con el ejercicio racional. 

Durante el virreinato la voluntad evangelizadora de los conquistadores llevó a los sacerdotes españoles a redactar las gramáticas del quechua y del aymara con el objeto de crear lenguas francas que posibilitarán evangelizar a las sociedades indígenas que solían hablar –antes de la llegada de los españoles– decenas de lenguas y dialectos, como si en el Perú se escenificarán los contratiempos de la Torre de Babel. Gracias a esas gramáticas redactadas por sacerdotes sobrevivieron una gran parte de las lenguas prehispánicas. Las que no conocieron de una gramática desaparecieron.

Casi todos los gigantes de la historia y de la sociología siempre han considerado que las tradiciones religiosas son la raíz y el árbol de las civilizaciones. En ese sentido, la civilización occidental, la más tolerante y plural, en donde se han desarrollado los mayores espacios de libertad de la historia universal, no puede ser desligada de sus tradiciones cristianas, como pretenden los marxistas, los neomarxistas y los progresistas en general.

Y no se trata de cualquier debate. En las sociedades occidentales existe una singularidad que posibilita que florezca la pluralidad y la tolerancia. En Occidente el César, el poder político, por una serie de explicaciones filosóficas e históricas, suele estar separado de Dios, de la tradición religiosa. Esa particularidad que existe en el Perú, en cualquier sociedad hispanoamericana y en todos los países anglosajones, posibilita el control del poder, la pluralidad política, y las libertades, incluyendo las religiosas.

En otras civilizaciones, como la china y la islámica, no sucede esa singularidad. En China, por ejemplo, a pesar del desarrollo de uno de los capitalismos estatales más audaces de la historia moderna y la creación de millones de ciudadanos de clase media, el Partido Comunista Chino centraliza un poder que niega la disidencia. Es más, frente a la emergencia de las clases medias el régimen chino avanza a recuperar el confucianismo para mezclarlo con el marxismo y construir una ideología oficial que justifique por milenios la centralización del poder. En China, pues, el César y Dios están unificados en un solo poder, y la ideología oficial del Estado es la religión que nadie puede contravenir. No es posible la pluralidad, la disidencia y la libertad religiosa.

Algo parecido sucede en la civilización islámica o en las sociedades islámicas en donde la revelación sagrada y las tradiciones religiosas llevan a unificar al César y Dios en un solo poder, a tal extremo que es difícil que se desarrolle un derecho constitucional y civil independiente de las verdades sagradas.

Por todas estas consideraciones respetar la Semana Santa de la cristiandad, mirar con respeto el recogimiento cristiano ante el vía crucis de Nuestro Señor Jesucristo, es también celebrar la libertad en la historia de la humanidad. Es valorar una tradición bajo cuya sombra y amparo se han construido los mejores logros y derechos de la humanidad.

Por estas razones, una buena Semana Santa para el Perú.

  • 03 de abril del 2026

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