Con la visita de Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unid...
Las primeras semanas de la nueva administración de Keiko Fujimori y del gabinete Galarreta han tenido dos aspectos positivos: la presidente Fujimori ha liderado el regreso del Estado a las provincias para atender el desastre humano y nacional que causarán el fenómeno de El Niño y El Niño global, y se ha recuperado la plena institucionalidad del Estado de derecho, a pesar del incuestionable obstruccionismo de las izquierdas en la Cámara de Diputados (seis comisiones han negado de plano la solicitud de facultades delegadas).
Asimismo, uno de los aspectos positivos de estas primeras semanas del gabinete Galarreta es la amplitud de la convocatoria de los integrantes del nuevo Consejo de Ministros, a tal punto que parece una convocatoria de frente amplio. Semejante decisión es positiva porque envía un mensaje clarísimo: es hora de acabar con la polarización y con las guerras entre el fujimorismo y antifujimorismo.
Sin embargo, la amplitud de la convocatoria no puede significar la renuncia a la identidad ideológica, sobre todo con el objetivo de desarrollar una nueva ola de reformas en la economía y la sociedad. Algunos aspectos que merecen considerarse para establecer una conclusión preliminar en este sentido: desde el sector del Ministerio de Economía y Finanzas ha surgido un sector que pretende eliminar el régimen promocional agrario en base a los discursos de las oenegés anti-inversión que han surgido contra las agroexportaciones. Igualmente, en el sector Interior existen corrientes que pretenden desarmar a los civiles que portan armas legalmente, no obstante que en la exposición de motivos de la solicitud de facultades delegadas se habla del respaldo a la autodefensa frente a la ola criminal.
Y si a estos hechos le sumamos las descoordinaciones entre ministros que pueden llevar a equívocos, como lo sucedido en Trujillo luego del secuestro de un empresario minero y el asesinato de cuatro de sus acompañantes, tenemos una imagen extraña. Algunos titulares de despacho parecieran tener una agenda propia. Una imagen tan extraña que la propia jefe de Estado tuvo que salir a resolver estas diferencias. Pero los ministros están para dirigir despachos, pero también para proteger la figura de la jefe de Estado. Nunca al revés.
A nuestro entender estas cosas empiezan a suceder porque al gabinete Galarreta le falta densidad ideológica. Extrañamente el discurso progresista acerca de que la buena política puede desvincularse de los temas ideológicos parece haber influenciado en algunos sectores del Consejo de Ministros. Un grave error, de consecuencias políticas determinantes.
Todos los sectores del nuevo gobierno deberían entender que la presidente Keiko Fujimori ganó las elecciones en contra de todos los relatos habidos y por haber de las izquierdas progresistas y ortodoxas. El triunfo de Fujimori no solo fue un asunto de estrategia política, sino también de repercusiones ideológicas. En esta aproximación en las últimas décadas los relatos de la izquierda destruyeron el país: son la principal causa de la burocratización del Estado, de las sobrerregulaciones, de la multiplicación de ministerios y oficinas y del bloqueo de inversiones en el país. Y también, por supuesto, de la polarización política, de la guerra política.
Finalmente, si el Perú hubiese avanzado por un camino diferente de la hegemonía y la influencia de los relatos de la izquierda el Perú sería una sociedad con un ingreso per cápita cercano al de un país desarrollado.
En este contexto,cuando un gabinete no tiene densidad ideológica es imposible que desarrolle una segunda ola de reformas de segunda generación, un objetivo que, luego de la movilización contra las emergencias de El Niño y el desborde de la ola criminal, se convierte en la razón de ser de la nueva administración en el mediano y largo plazo.
La épica del triunfo fujimorista y el triunfo de la jefe de Estado en las últimas elecciones, luego de padecer una de las persecuciones judiciales más brutales de la región, no sucedió para administrar la crisis. De ninguna manera.
La única manera de estar a la altura de esa gesta en que se derrotó una construcción cultural de tres décadas de las izquierdas es desarrollando las reformas de segunda generación. Y la forma de hacerlo es recuperando la densidad ideológica en la acción estatal del nuevo gobierno.
















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