Julio Jesús Puescas
Más que un partido, el Perú necesita un movimiento histórico
Una organización que compita por el poder sin reducirse a la lógica electoral
La política moderna ha encontrado en el partido político su principal forma de organización. Desde su aparición, los partidos permitieron ordenar la competencia por el poder, articular intereses sociales, formar cuadros y convertir determinadas ideas en programas de gobierno. Su existencia resulta necesaria para el funcionamiento de una democracia representativa. Sin embargo, el partido pertenece a una lógica temporal determinada por la competencia electoral: necesita conservar su inscripción, obtener representación, conquistar posiciones de poder y responder a las demandas inmediatas de su electorado. Su horizonte tiende, por ello, a organizarse alrededor del próximo ciclo electoral.
Esta lógica adquiere características particulares en el Perú. Una parte importante de las organizaciones políticas termina articulándose alrededor de una figura, de una candidatura o de un grupo reducido que utiliza la estructura partidaria como vehículo de acceso al poder. El partido se convierte entonces en una plataforma electoral cuyo principal objetivo consiste en conquistar posiciones institucionales. Allí aparecen también incentivos para la captura de la organización por intereses particulares, redes de aprovechamiento y sectores que encuentran en la política un mecanismo de ascenso personal. Asimismo, el problema de los partidos contemporáneos del Perú reside también en su vacío doctrinal. Son, en clave filosófica, accidentes sin sustancia: coaliciones de conveniencia, banderas coyunturales, siglas que cambian de contenido según la encuesta del mes; pues no tienen una doctrina que les dé identidad más allá de la próxima elección.
Frente a ello aparece el movimiento histórico propuesto desde la Nueva Derecha Peruana. Su origen se encuentra en una realidad nacional que reclama una respuesta y en una comunidad que adquiere conciencia de su situación, identifica una tarea histórica y comienza a organizarse para realizarla. Su existencia depende de la identificación de un telos que permanece más allá de las coyunturas electorales: la promesa peruana. Su temporalidad es necesariamente más extensa porque su finalidad también lo es. Ahora bien, para participar en la competencia electoral y acceder al poder, el movimiento necesita constituirse también como partido político. Esta condición le permite disputar posiciones institucionales sin reducir su existencia a ellas. La elección constituye así un medio para alcanzar el poder necesario para cumplir una tarea histórica, mientras la finalidad del movimiento permanece más allá de cada ciclo electoral.
Esta perspectiva modifica también la relación entre política y generaciones. El partido tradicional tiende a organizar a los jóvenes alrededor de las necesidades inmediatas de la estructura electoral: movilización, propaganda y campaña. El movimiento histórico de la Nueva Derecha Peruana requiere una relación diferente porque necesita asegurar la continuidad de una obra que excede la vida de sus dirigentes. Los jóvenes participan como portadores futuros del entendimiento de la esencia del Perú, capaces de desarrollarla y transmitirla cuando las generaciones anteriores hayan dejado la conducción. La organización adquiere así una dimensión intergeneracional.
Para alcanzar la continuidad, el movimiento debe construirse desde la sociedad. Su fuerza procede de la capacidad de arraigarse en las comunidades concretas y de convertir la concepción de la Nueva Derecha Peruana en conciencia compartida. El barrio, la comunidad, la provincia, la universidad, el gremio, la empresa y la familia constituyen espacios donde la organización puede formar vínculos, identificar problemas y desarrollar dirigentes. Allí adquiere sentido la Ley de la Hermandad como principio de integración social y político: la comunidad nacional comienza a reconocerse desde sus propios vínculos antes de convertirse en una estructura institucional.
Este carácter social exige también una construcción territorial. Un movimiento histórico con pretensión nacional debe recorrer el Perú y comprender la diversidad que integra la nación. Costa, Andes y Amazonía; grandes ciudades y pequeños centros poblados; trabajadores, empresarios, estudiantes, campesinos, profesionales y familias participan de una misma comunidad de destino. La organización debe aprender de esa diversidad, formar dirigentes en cada territorio y articular las distintas realidades dentro de una finalidad común. La dimensión nacional surge cuando el verdadero entendimiento del país deja de pertenecer a un círculo reducido y comienza a expresarse en hombres, comunidades y organizaciones a lo largo del territorio.
Precisamente por esa necesidad de arraigo y continuidad, la formación política ocupa un lugar central. Un movimiento que pretende transformar al Perú necesita intelectuales que piensen desde la realidad peruana, profesionales capaces de traducir las ideas en instituciones y ciudadanos capaces de llevarlas a sus comunidades. La formación permite que la doctrina de la Nueva Derecha Peruana deje de pertenecer exclusivamente a quienes la formularon y se convierta en patrimonio de una comunidad política. Comprender la síntesis viviente, reconocer la Ley de la Hermandad, distinguir entre adversario y enemigo y plantear soluciones a la crisis tripartita que nos aqueja requiere estudio, discusión, experiencia y transmisión. Ninguna campaña electoral puede producir por sí misma esa conciencia.
Desde allí se comprende la necesidad de un movimiento histórico para el Perú. El partido político resulta indispensable para participar en la competencia por el poder, pero la realidad peruana exige una organización cuya finalidad pueda permanecer más allá de cada elección y de cada dirigente. El movimiento histórico de la Nueva Derecha Peruana encuentra su razón de ser en asumir la realidad histórica del Perú, comprenderla desde la síntesis viviente y organizar esa conciencia alrededor de la Ley de la Hermandad y de la superación de la crisis tripartita, orientando todo ello hacia la realización de la promesa peruana. El Perú necesita, por tanto, una organización capaz de competir por el poder sin quedar reducida a la lógica electoral, capaz de formar hombres antes que candidatos y capaz de transmitir una tarea histórica de una generación a otra.
















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