Hace pocos meses, el Gobierno peruano declaró de interés...
El Perú se ha consolidado como uno de los grandes destinos culturales del planeta. Machu Picchu, Cusco, la gastronomía peruana y el legado arqueológico nacional han conseguido un reconocimiento internacional extraordinario. Sin embargo, esa reputación global todavía no se traduce en una verdadera potencia turística. Mientras Francia recibe más de 100 millones de turistas al año, España supera los 90 millones y Estados Unidos bordea los 72 millones, el Perú apenas alcanzó 3.4 millones de visitantes internacionales en el 2025. Una cifra modesta para un país que posee algunos de los paisajes y patrimonios más singulares del mundo.
Una de las explicaciones de esta enorme brecha es que el Perú todavía no comprende plenamente el potencial económico y turístico de sus desiertos costeros. La franja que se extiende desde Paracas hasta Nazca concentra un conjunto de atractivos difícil de encontrar en cualquier otra región de Sudamérica: las Líneas de Nazca, patrimonio cultural de la humanidad; el oasis de Huacachina rodeado por gigantescas dunas; la Reserva Nacional de Paracas y uno de los ecosistemas costero-desérticos más extraordinarios del continente; además de playas, acantilados, rutas gastronómicas y actividades de aventura capaces de atraer turismo de alto gasto.
El problema es que el país sigue administrando este enorme potencial de manera fragmentada, sin infraestructura suficiente, sin servicios estandarizados y sin una estrategia nacional que convierta el corredor desértico en un verdadero polo turístico internacional. El caso chileno resulta ilustrativo. El desierto de Atacama –árido, remoto y comparable geográficamente con buena parte de la costa peruana– se ha transformado en uno de los destinos más cotizados de América Latina gracias a una política sostenida de infraestructura, inversión privada y articulación de servicios turísticos.
San Pedro de Atacama recibe cientos de miles de visitantes cada año con una oferta integrada de hoteles, observatorios astronómicos, transporte, excursiones, gastronomía y turismo de lujo. Chile entendió que el desierto no era un espacio vacío sino un activo económico estratégico. Y alrededor de esa visión se desarrollaron carreteras, aeropuertos cercanos, seguridad, conectividad y servicios confiables.
El Perú, en cambio, continúa desaprovechando ventajas comparativas incluso superiores. Huacachina, Paracas y Nazca poseen paisajes de clase mundial, pero todavía enfrentan problemas elementales: accesos deficientes, informalidad en los servicios, inseguridad, limitada conectividad y ausencia de planificación territorial. El resultado es evidente: destinos con enorme capacidad de crecimiento operan muy por debajo de su potencial.
La situación resulta especialmente grave si se considera que el turismo representa una de las actividades con mayor capacidad para generar empleo formal y dinamizar economías regionales. Al cierre del 2024, el sector generaba alrededor de 1.3 millones de empleos directos e indirectos y aportaba cerca del 3% del PBI nacional. Detrás de cada circuito turístico exitoso aparecen cadenas de valor enteras: hoteles, restaurantes, transporte, operadores turísticos, artesanos, guías, productores locales y pequeñas empresas de servicios.
En otras palabras, desarrollar el corredor desértico del sur no solo implica atraer más visitantes extranjeros. Significa crear empleo formal en regiones donde persisten elevados niveles de pobreza y limitada diversificación productiva. Significa convertir el paisaje en riqueza sostenible. Significa generar actividad económica sin destruir recursos naturales ni depender exclusivamente de industrias extractivas.
Existen algunas señales positivas. La nueva Ley General de Turismo aprobada en el 2025 establece incentivos tributarios para inversiones en zonas de desarrollo turístico, incluyendo depreciación acelerada para infraestructura hotelera y beneficios fiscales para actividades vinculadas al ecoturismo y turismo de aventura. Asimismo, el nuevo Plan Maestro de la Reserva Nacional de Paracas busca ordenar el uso turístico y fortalecer la conservación ambiental.
Sin embargo, el problema del Perú nunca ha sido únicamente normativo. El país suele producir leyes, planes y anuncios, pero fracasa sistemáticamente en la ejecución. Allí aparece el verdadero cuello de botella nacional: la incapacidad del Estado para sostener políticas públicas de largo plazo orientadas a convertir ventajas naturales en motores permanentes de desarrollo.
A ello se suman tres obstáculos estructurales que siguen golpeando al turismo peruano en general. El primero es la inseguridad ciudadana, que deteriora gravemente la imagen internacional del país. El segundo es la precariedad de la infraestructura de transporte, visible en los largos y deficientes trayectos hacia Nazca y otras zonas turísticas. Y el tercero es la debilidad institucional, que se expresa incluso en decisiones contradictorias como la reducción de áreas de protección vinculadas a las Líneas de Nazca.
El Perú tiene ante sí una oportunidad evidente. Pocos países poseen un corredor desértico que combine patrimonio arqueológico, biodiversidad, aventura, gastronomía y paisajes de escala mundial en relativamente pocas horas de recorrido. Pero ningún potencial se convierte automáticamente en desarrollo. Se necesita inversión privada, seguridad, infraestructura, continuidad regulatoria y una visión de largo plazo que entienda al turismo como una industria estratégica y no como una actividad secundaria.
El desierto peruano seguirá allí durante siglos. Lo que todavía está en duda es si el Estado peruano será capaz de entender, antes de que sea demasiado tarde, la magnitud de la riqueza que tiene frente a los ojos.
















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