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Casi seis décadas después de su estreno, Ipacankure, del dramaturgo César Vega Herrera (Arequipa, 1936) , vuelve a escena bajo la dirección de Alberto Ísola, y con Alaín Salinas y Herbert Corimanya, como protagonistas. La obra, escrita en 1968 y estrenada al año siguiente, sigue siendo una pieza peculiar dentro del teatro peruano: dos personajes, un cuarto de pensión, una cama, una maleta y una palabra cuyo significado se mantiene oculto durante buena parte de la función.
La historia gira alrededor de dos hombres que comparten una habitación y una vida marcada por la pobreza. Trabajan, sobreviven como pueden y hasta comparten el pijama porque no tienen dinero para más. También comparten una cama, pero eso no significa que se conozcan realmente. Uno de ellos es hablador, inquieto, imprevisible; el otro es silencioso, reservado y difícil de descifrar. A medida que conversan, aparecen recuerdos, preguntas y situaciones que hacen cada vez más difícil distinguir entre lo que ocurre realmente y lo que podría estar únicamente en la imaginación de ellos.
Ipacankure, una palabra inventada por Vega Herrera, es mucho más que un título. Es el misterio alrededor del cual está construida toda la obra. Puede asociarse con las raíces andinas, pero también con la necesidad de reconocer al otro y, a través de él, reconocerse a uno mismo. Esa búsqueda le da a Ipacankure una dimensión que va más allá de la historia de sus dos protagonistas. Los dos hombres pueden ser vistos como individuos concretos, pero también como una representación de un país en el que muchas personas han debido alejarse de su lugar de origen sin terminar de encontrar otro al que puedan llamar propio. La pregunta por las raíces, entonces, no es solamente geográfica o cultural: es también la pregunta sobre quiénes somos.
Es por eso que la obra, escrita hace casi sesenta años, mantiene una inesperada actualidad. El problema del desarraigo sigue presente; pero también aparece otro asunto que hoy puede ser leído con mayor libertad: la dificultad de los hombres para expresar afecto entre ellos. Los dos protagonistas comparten una intimidad que en la época del estreno podía resultar incómoda para una sociedad mucho más rígida en materia de masculinidades. Pero la cercanía física entre ambos puede entenderse, sencillamente, como una forma de compañía, dependencia y afecto que no necesita ser definida por una etiqueta. Y allí aparece otra de las preguntas interesantes de la obra: ¿por qué nos cuesta tanto aceptar que dos hombres puedan necesitarse y quererse sin que haya que explicar esa relación?
Ísola evita convertir estas ideas en un discurso. Su puesta en escena es deliberadamente sencilla. Una cama y una maleta bastan para construir el cuarto de la pensión, pero también para sugerir una vida provisional, marcada por la falta de dinero y por la posibilidad permanente de marcharse. El vacío escénico hace que la presencia de los actores sea todavía más importante.
Alaín Salinas tiene la tarea más exigente y la resuelve con notable solvencia. Su personaje es extrovertido, nervioso, energético y por momentos casi desbordado. Habla mucho, toma casi siempre la iniciativa y se dirige directamente al público para contarle lo que piensa de su compañero. Esa ruptura de la cuarta pared funciona especialmente bien porque convierte a los espectadores en confidentes. Uno termina mirando al personaje de Corimanya no solamente desde afuera, sino también desde la perspectiva de su compañero de habitación.
Herbert Corimanya aporta el contrapunto preciso. Su actuación es contenida y sobria. Mientras Salinas llena el escenario con movimientos y palabras, Corimanya parece guardar siempre mucho. Sus silencios terminan siendo tan importantes como sus intervenciones y contribuyen a mantener hasta el final la duda sobre la naturaleza de su personaje. La tensión entre ambos actores es uno de los mayores aciertos de la puesta en escena. Cuando finalmente llega la revelación de Ipacankure, la obra adquiere de golpe otra dimensión y obliga a mirar de manera distinta todo lo que acaba de suceder.
Ipacankure no es una obra para aquellos que esperan una historia lineal y explicada de principio a fin. Su lenguaje es poético, sus situaciones pueden resultar desconcertantes y algunas de sus preguntas quedan deliberadamente sin respuesta. Pero justamente ahí está buena parte de su interés. La versión de Alberto Ísola entiende que no es necesario explicar el misterio de Vega Herrera, sino solo transmitirlo al público. Al final, más que resolver un enigma, la obra deja una inquietud: podemos compartir una habitación, una cama e incluso una vida entera con otra persona y, aun así, no llegar a conocerla.
Ipacankure se presenta del 7 al 30 de agosto en el Teatro Ricardo Roca Rey (jr. Ica 323)
















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