Humberto Abanto
¿Y después de la pandemia, qué?
El retorno del Ogro Filantrópico

I
La pandemia de Covid-19 inexorablemente llegará a su fin. Más temprano que tarde, nuestros sistemas inmunológicos y nuestros científicos y laboratorios encontrarán los medios para contener el embate del virus. Veremos detenerse la dolorosa cuenta de muertos y multiplicarse el feliz número de quienes se recuperen. No será la primera pandemia que la humanidad enfrente y venza en su ya larga historia, tampoco la última. Pero sí es seguro que al llegar su esperado final el mundo no será el mismo ni el futuro seguirá siendo lo que era.
El primero, y tal vez más inquietante cambio producido por la pandemia, es el retorno del Ogro Filantrópico. Desde finales de los 70 –con la irrupción de Margaret Thatcher en la escena política mundial– hasta el comienzo de la pandemia, existió firme consenso en que el mercado era un asignador de recursos más eficiente que el Estado. La demolición del Muro de Berlín a manos de multitudes ansiosas de libertades civiles, políticas y económicas fortaleció esa convicción. Luego, la certeza se hizo mayor porque se hizo difícil encontrar, en la historia económica mundial, otro período de expansión comparable al que hemos vivido durante las últimas cuatro décadas. Todo eso, no obstante, es el pasado.
La humanidad ha generado enormes riquezas durante este tiempo. A la vez que ha acumulado unas tasas de desigualdad que se reflejan claramente en la sideral distancia que media entre el hombre más rico y el más pobre del planeta. La pandemia puso esas diferencias a la vista y, quiérase o no, fueron adjudicadas a las limitaciones del mercado, el cual, obviamente, no existe para hacer justicia. Esa tarea solo le corresponde a la política.
No hay una sola voz en el mundo que durante los últimos cuarenta años haya exigido mayores espacios de libertad económica, que hoy no esté clamando por la más inmediata intervención estatal. El Estado vuelve al centro de la escena y parece que permanecerá allí por un buen tiempo. La gran cuestión es saber si vuelve como los Borbones, sin aprender ni olvidar nada.
II
Pensando en el día siguiente al fin de la pandemia y respondiendo al clamor por la acción estatal, los países ricos preparan intervenciones y controles masivos sobre la actividad económica. Vienen inmensas inyecciones de dinero a sus mercados para contrarrestar el impacto negativo de la cuarentena. A la luz de lo que venimos viviendo durante la lucha contra el Covid-19 tres serán los modelos de entrega de dinero a la vista: a) A los bancos para que presten barato; b) A las empresas para que no quiebren, ni despidan; y c) A las personas directamente para que subsistan. Cada una de ellas vino acompañada de la postergación de obligaciones fiscales y del pago de servicios básicos.
El primero fue tomado por el Japón para colocar más de un trillón y medio de yenes en las pequeñas empresas por medio de créditos de emergencia en condiciones concesionales, es decir, sin intereses ni garantías. La segunda es la vía elegida por Inglaterra y la Europa nórdica, por una parte, y Alemania y Francia dentro de la Unión Europea, por la otra, con un Banco Central Europeo que se dispone a relajar sus duras reglas para salvar del hundimiento a las economías más vulnerables y a la vez más golpeadas por el Covid-19: Italia y España. El presidente francés Emmanuel Macron fue sumamente expresivo al anunciar que ninguna compañía, sin importar su tamaño, enfrentaría el riesgo de la quiebra en su país. Estados Unidos no será menos, a la luz del paquete de estímulo presentado al Congreso por Steve Mnuchin, responsable del Tesoro americano. La tercera, por su parte, fue empleada en Hong Kong y, con la aprobación de la Casa de Representantes, será repetida en los Estados Unidos de Trump. El Perú también la ha usado con algunas serias deficiencias, como su asignación a personas que no están en situación de extrema necesidad.
Reducciones fiscales, postergación de obligaciones tributarias, créditos blandos para evitar quiebras, subsidios contra el desempleo y reducción de costos fijos para las empresas, así como asistencia económica directa a los desempleados y a los más pobres, muestran que la intervención estatal vuelve recargada y no es posible descartar de plano que, según las necesidades, termine extendida a la adquisición de grandes empresas en problemas. Así, el retorno del Ogro Filantrópico se da entre aplausos, vítores y suspiros de alivio. Quién sabe si también con el inconveniente olvido de los desastrosos efectos que sus bondadosas políticas produjeron en el pasado.
III
El saco que trae consigo el Ogro Filantrópico también lleva dentro un paquete tecnológico que puede acabar con el secreto de la vida privada. Ya desde muchísimo antes de la emergencia provocada por el Covid-19, los defensores de los derechos fundamentales habían alertado del peligro que las nuevas tecnologías representan para la privacidad de las personas. Hoy que, por medio de una aplicación, se puede conocer hasta la temperatura de alguien, no resulta difícil de imaginar lo que un Estado policiaco podría hacer con eso y cómo el derecho a la intimidad se vería irremediablemente desvanecido.
A principios de junio de 2013, la comunidad internacional se vio conmocionada cuando Edward Snowden, un exagente de la NSA, delinquió para dar a conocer numerosos documentos que contenían información masiva y privada de ciudadanos de todo el mundo. Ellos daban cuenta de cómo una importante agencia de seguridad de una de las democracias más sólidas y antiguas del mundo, bajo la presidencia de un demócrata como Barack Obama, recibía cerca de 250 millones de listas de contactos de ciudadanos al año, empleando un programa global de espionaje de las comunicaciones que operaba a partir de la obtención de datos de los ciudadanos mediante la utilización de medios telefónicos y la Internet.
En 2016, la posibilidad de que las bases de datos de Facebook y otras redes sociales hubieran sido usadas por Cambridge Analytica para alterar la decisión de voto de millones de personas en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos escarapeló el cuerpo de todos por el peligro que representarían las nuevas tecnologías no solo para la privacidad de las personas, sino también para su fuero interno y libre albedrío. Si el Ogro Filantrópico llegara a combinar -y lo hará, no lo duden- la capacidad de controlar el movimiento de las personas con el poder de manipular sus decisiones y elecciones empleando sus patrones de preferencias en el consumo de información y bienes, construiría dictaduras perfectas.
IV
¿Todas las predicciones son grises? No necesariamente. El futuro no está escrito. Nadie gobierna todas las variables y, con mayor frecuencia de la esperada, el azar y la entropía destruyen los proyectos más ambiciosos. Carlomagno, Napoleón, el káiser Guillermo II, Hitler, Stalin y todos los tiranos que en el mundo han sido soñaron con manejarlo todo, y uno a uno fracasaron.
El retorno del Ogro Filantrópico es una amenaza, ciertamente. Como lo fue la rendida adoración a la mano invisible del mercado, pues la cohesión de una sociedad requiere de unos mínimos de justicia que el libre juego de la oferta y la demanda está imposibilitado de proveer. Luego de cuatro décadas de política sometida a la economía, esta última se pone al servicio de aquélla para conjurar un gran peligro a la salud que escaló hasta convertirse en una amenaza económica. Eso no es necesariamente malo.
El verdadero problema será domesticar al Ogro Filantrópico, porque su intervencionismo –como todo ejercicio de poder– siempre tenderá al desborde. Él puede poner la cuota de política que hacía falta, pero necesita de frenos y contrapesos que le impidan recaer en el delirio de tratar de someter las leyes de la economía a su voluntad política fuera de control. Ni que intente hacer lo que el sector privado siempre hará mejor que él. La tensión entre la política y la economía nunca cesará, como tampoco la que existe entre el individuo y el Estado. Temporalmente debería resolverse en un equilibrio dinámico que permita el logro de objetivos políticos sin quebrantar las leyes económicas. Él puede ser la base de políticas económicas sanas que, sin más intervención estatal que la indispensable, maximicen los frutos de la libertad y minimicen las desigualdades del mercado.
La lucha entre la libertad y la seguridad tampoco se detendrá jamás. Toda vez que las amenazas estarán allí todo el tiempo y conjurarlas siempre exigirá la reducción de los espacios de libertad. Hasta hoy la única garantía ha sido entender que su recorte siempre debe ser concebido y empleado como tal. Algo que tendrá que bastarnos por ahora, pero con una más intensa vigilancia ciudadana, mientras no se encuentre un medio mejor.
Después de la pandemia, un inquietante y nuevo mundo se abrirá ante nuestros ojos. La libertad sufrirá nuevas asechanzas y amenazas en él. No será nada nuevo. La propia lucha contra el Covid-19 trajo una severa restricción de ella. Todos la asumimos como un sacrificio temporal y, ante el retorno del Ogro Filantrópico, jamás deberíamos olvidar que el sacrificio de la libertad siempre ha de ser temporal, pues, de lo contrario habría llegado la tiranía.
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