Arturo Valverde
¡Viva la señora duquesa!
Reflexiones sobre la novela “La cartuja de Parma” (1839)

Querida hermana:
Qué hermosa escena literaria protagoniza la duquesa Sanseverina cuando acude ante el príncipe para pedirle que le conceda la gracia a favor de su sobrino, Fabricio del Dongo, quien podría morir ejecutado.
Sin perder la dignidad ni el orgullo, la inteligencia y cautela de la duquesa se expresan a través de un diálogo con un príncipe. Ha venido a pedirle que perdonen a su sobrino, lo que no implica que deba terminar arrodillada.
La Cartuja de Parma, página 332, Alianza Editorial 2022:
- ¿Y cuál es el motivo de esa súbita partida? -preguntó el príncipe en tono bastante firme.
- Abrigaba este proyecto hace ya tiempo -respondió la duquesa-, y una pequeña injuria que se hace a monseñor del Dongo, al que mañana van a condenar a muerte o a galeras, me obliga a apresurar mi partida.
Más adelante, agrega:
- Abandono para siempre los Estados de Vuestra Alteza Serenísima para no volver a oír jamás el nombre del fiscal Rassi ni de los otros infames asesinos que han condenado a muerte a mi sobrino y a tantos otros… le ruego muy humildemente que no me recuerde la idea de esos infames jueces que se venden por mil escudos o por una cruz.
Tal es la admiración que despierta en el príncipe, que, hay un momento en el cual surge en su mente esa posibilidad de convertirla en su amante. “¡Santo Dios, qué hermosa es!… acaso con un poco de buena política no sería imposible hacerla un día mi amante”, piensa.
- Y ¿qué habría que hacer para que la señora duquesa no se ausentara?
- Algo de lo que usted no es capaz -replicó la duquesa con el acento de la ironía más amarga y del desprecio menos disimulado.
Cada palabra que sale de los labios de la duquesa Sanseverina parece haber sido elegida con sabiduría por Stendhal, autor de la novela, y crea un ambiente donde ella puede lograr que otros cumplan sus propósitos.
- ¿Qué hay que hacer para contentar a esos hermosos ojos?
La duquesa había tenido tiempo de reflexionar. En tono firme y lento, y como quien expone un ultimátum respondió:
- Su Alteza tendría que escribirme una carta amable, como sabe hacerlo; me diría que, no estando convencido de la culpabilidad de Fabricio del Dongo, primer gran vicario del arzobispado, no firmará la sentencia cuando vengan a presentársela, y que ese procedimiento injusto no surtirá ningún efecto en el porvenir.
Y así, consigue lo que tanto quería.
¡Qué mujer! ¡Qué mujer!
¡Viva la señora duquesa!
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