Berit Knudsen
Rediseñando el orden global
Los países buscan soberanía económica y cooperación estratégica
La Conferencia de Seguridad de Múnich de 2026 estuvo marcada por propuestas para redefinir el orden internacional. El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, articuló una narrativa combinando continuidad estratégica con revisión política. No buscó la ruptura con Europa ni reafirmar el statu quo atlántico, reformuló el rumbo para una relación transatlántica bajo nuevas condiciones económicas y geopolíticas, en el marco de la guerra en Ucrania, la competencia con China y tensiones internas en Occidente que reconfiguran las prioridades de seguridad.
Para Rubio el problema radica en decisiones acumuladas en las décadas posteriores a la Guerra Fría. Occidente asumió que una expansión económica global garantizaría estabilidad política, pero derivó en dependencia industrial, vulnerabilidad tecnológica y pérdida de autonomía estratégica. La seguridad no puede entenderse solo en términos militares, sino como capacidad productiva, control de cadenas de suministro y resiliencia económica. “Occidente necesita recuperar su capacidad de producir y proteger aquello que sostiene su prosperidad”, resumiendo la orientación geoeconómica y la lógica de Washington frente a la competencia con China.
Con tono conciliador, Rubio evitó la confrontación hacia Europa. Habló de “herencia común” y la necesidad de reconstruir bases materiales y políticas para el mundo occidental, no sin criticar indirectamente decisiones europeas en materia energética, industrial y migratoria, como proceso que debilita la posición estratégica del bloque. La narrativa desplazó la discusión hacia un plano funcional: corregir desequilibrios que afectan la capacidad de actuar en un entorno multipolar.
Rubio, a diferencia de J.D. Vance en 2026 en el mismo foro, habla como jefe de la diplomacia estadounidense, para mantener cohesionada la relación transatlántica; Vance tuvo un tono ideológico y cultural, centrado en la crisis de valores europeos y la erosión de la libertad política, virando hacia cuestiones identitarias que generaron incomodidad.
A nivel analítico Rubio planteó la pérdida de capacidad estratégica occidental como problema estructural, proponiendo una reconstrucción industrial y tecnológica compartida. Vance, interpretó el desorden internacional como una crisis cultural. Ambos discursos tienen registros distintos: uno diplomático y otro ideológico. El primero intenta preservar alianzas; el segundo cuestiona fundamentos normativos.
El discurso del ministro de Exteriores chino, Wang Yi, se centró en la estabilidad del sistema internacional y el fortalecimiento del multilateralismo, defendió el rol de la ONU contra el desacoplamiento económico. Afirma que el mundo se dirige hacia una multipolaridad equilibrada, alertando sobre una competencia entre grandes potencias que derive en confrontación abierta.
El discurso chino se concentró en la gobernanza global. Rubio habló de corregir el rumbo occidental, Wang Yi intentó posicionarse como portavoz del orden internacional compartido, sin imponer reglas unilaterales. Yi defendió a la ONU, mientras Rubio afirmaba que esas instituciones fueron incapaces de generar respuesta a crisis recientes. Estados Unidos discute cómo redefinir su liderazgo, China propone reducir la centralidad de cualquier liderazgo.
Estos discursos distinguen tres corrientes del sistema internacional. La primera busca reformar el espacio occidental fortaleciendo su capacidad económica y tecnológica para sostener alianzas estratégicas. La segunda, más ideológica, interpreta los problemas del orden global como consecuencia de crisis culturales internas, proponiendo redefinir políticas en Occidente. La tercera promueve un mundo multipolar donde coexistan distintos regímenes con soberanía estatal y multilateralismo para lograr estabilidad. Marcos conceptuales que orientan decisiones políticas y alianzas variables.
El mensaje de Rubio a Europa intenta una recomposición práctica. Sin ruptura ni subordinación total, sino una convergencia basada en intereses: reindustrialización, seguridad tecnológica, resiliencia energética y coordinación estratégica frente a actores revisionistas. Su mensaje fue funcional: la alianza atlántica es necesaria, pero requiere nuevas bases materiales, repartiendo responsabilidades. El acercamiento necesita relaciones que combinen soberanía económica con cooperación estratégica, anticipando que la cohesión del bloque dependerá menos de narrativas y más de capacidades conjuntas para adaptarse a un mundo que no gira en torno a un centro de poder único.
















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