Luis Bustamante
¿Qué es el populismo?
La oferta de falsas soluciones a problemas complejos

El populismo —aunque su significado sea desconocido para muchos— hoy aparece convertido en el sesgo predominante entre nuestros actores políticos, independientemente de su calificación como izquierda, centro o derecha. El populismo no suele definirse bien. El propio DRAE se limita a decir que es una “tendencia política que pretende atraerse a las clases populares”. En 2016 la Fundación del Español Urgente consideró el término como la palabra del año; y su coordinador general, Javier Lascuráin, lo explicó como “un concepto referido a políticos de todas las ideologías, pero que tienen en común la apelación emotiva al ciudadano y la oferta de soluciones simples a problemas complejos”.
El notable intelectual mexicano Enrique Krauze es autor de un Decálogo del populismo iberoamericano. Allí resume sus notas más típicas. Escojamos algunas, que caracterizan a los populistas y que inciden en la economía:
- Tratan de conseguir el poder o mantenerse en él gracias a concesiones a los sentimientos elementales de los ciudadanos, sin importarles sus costos y consecuencias.
- Confunden la hacienda pública con su patrimonio privado, y la usan con discrecionalidad ilimitada. Ignoran el funcionamiento de la economía y trastornan sus términos: para sus delirios no existen costos. Todo gasto se considera “inversión”. La economía termina invariablemente en un desastre, cuya recuperación es prolongada.
- Quieren repartir directamente la riqueza e intercambian el asistencialismo con la sumisión. Cuando Evita Perón repetía a su pueblo “ustedes tienen el deber de pedir”, cimentaba un clientelismo con “mentalidad becaria”.
- Alientan la desconfianza y los odios dentro de la sociedad. Especialmente frente a quienes poseen mayores riquezas, que las explican como sustracciones a los demás.
A su vez, el expresidente uruguayo Julio María Sanguinetti resume el significado del populismo: “Es lo opuesto a la democracia responsable (que no promete aquello que no puede dar); (…) promete aquello que ‘después veremos si podemos cumplir o no, y si no se cumple, mala suerte’”. Concluye: “es lo que se llama demagogia”.
Los populismos no se confinan al campo de la economía, e invaden inevitablemente el de las instituciones. Desprecian el orden legal. Emplean las formalidades legales, pero les cambian su contenido y sentido. Usan las elecciones para intentar subvertir el equilibrio de los poderes del Estado. Buscan usualmente el cambio total de las constituciones, a través de asambleas hechizas. Los ‘nuevos’ regímenes que imaginan son apellidados de distintos modos (‘democracia directa’, ‘popular’, ‘bolivariana’), según la oportuna preferencia de sus líderes.
Los populistas de diversos pelajes manosean las ideas y las instituciones, abusando de las leyes y convirtiéndolas en instrumentos que manejan según sus intereses. Por ello, termina Krauze, la lección es clara: el inevitable efecto de la demagogia populista es “subvertir a la democracia”, a la que terminan degenerando.
No hay países inmunes al populismo; el nuestro tampoco lo es. El populismo asoma hace ya un tiempo, instaurándose en forma muy visible a través del actual Congreso elegido en 2020, donde va alcanzando victorias aparentemente inconexas, pero efectivas, que contradicen y erosionan la Constitución. Muestras de ello han sido, entre otros, el acceso a los ahorros previsionales, la manipulación de los regímenes laborales de los trabajadores públicos, la anulación del cobro de peajes, la intervención legislativa en las remuneraciones en el agro, la fijación de topes de las tasas de interés, etc.
Si el populismo económico subvierte y degenera la democracia, y su efecto inevitable es acabar con ella, representa una amenaza de primera importancia al orden constitucional y al Estado democrático en general. A las puertas de un proceso electoral, debemos recordar al filósofo Fernando Savater: “El populismo es la democracia de los ignorantes” y “siempre trabaja contra la mitad de los ciudadanos”. Una verdad rotunda, aunque por ahí se queda corta en la medición final del daño.
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