Jose Melgarejo
Nuestra sociedad del espectáculo
El individuo frente a la industria cultural

“Toda la vida de las sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación” comenta Guy Debord en el primer apartado de su libro La sociedad del espectáculo. El mundo contemporáneo que nos sale al encuentro poco a poco deja de estar configurado como el lugar de encuentro inmediato de las interacciones sociales para convertirse en un escenario donde priman las apariencias. Y todo atisbo de originalidad o sentido crítico se ve afectado por una industria que plantea visiones totalizadoras con un enfoque exacerbado hacia la importancia de lo material y, al mismo tiempo, alberga un sesgo marcado de la realidad misma.
La capacidad de pensarse y pensar a los otros de forma compleja, la cualidad de trascender en las actividades que dan significado a nuestra existencia, la aptitud de seguir siendo domadores de nuestro propio destino, la disposición de aceptar las consecuencias de nuestras decisiones y el hecho de seguir la propia razón como regla delimitadora de nuestra conducta. Son rasgos propios del individuo que la sociedad del espectáculo anula constantemente porque lo que realmente importa para aquella es reforzar la noción de “parecer” y no de “ser”. En ese sentido, se reproduce entonces la lógica de entender la realidad a partir de lo que se presenta en los medios o en la industria cultural masificada sin un previo análisis por el individuo pensante que viene siendo tratado como mero resultado de los diferentes algoritmos.
Por lo general, este tipo de fenómeno social es perceptible en las interacciones del mundo virtual: fotos, videos, estados, publicaciones. Cada uno de estos fungen como medios para la representación de fragmentos de la realidad, pero sumidas en el velo de la apariencia, puesto que, sirven para volver artificial la identidad como realmente “es”, para amoldarse a la figura ideal que la persona desea que los demás aprecien. La dicotomía entre <<ser>> y <<parecer>> se volverá una constante en el mundo de las masas pues permite no solo una lejanía del individuo consigo mismo en torno a su propia personalidad y preferencias, también genera una máscara en el cual puede discurrir su verdadero “yo” que no es otra cosa que producto del sistema impersonal de masificación.
En este marco, es entendible porque las personas, comúnmente, encuentran innecesaria la práctica de interiorizar las cosas que se le presentan, puesto que si lo que importa en la vida es, únicamente, el prestigio inmediato generado a partir de lo que se vende como “valioso”, entonces ¿para qué detenerse a pensar en una realidad más trascendental? Por este motivo, se considera necesario buscar independizarse de este mundo artificial, puesto que, no surge del razonamiento propio de la persona de manera guiada o en todo caso producto del conocimiento espontáneo ni le permite su desarrollo pleno. Aquello no significa, únicamente, ir contra la corriente lógica particular del sistema de apariencias, sino contra todo aquello que este sistema de apariencias crea como realidad hegemónica para la vivencia de las personas. Esto último no implica el aislamiento de la sociedad y la formación de una vida asceta, sino el hecho de vivir de forma consciente, realizando actividades que den sentido a nuestra existencia.
El hombre en los cauces de la sociedad del espectáculo puede sentirse a gusto, ¿quién no desea sentir que encaja? La consigna de satisfacción sobre las cosas que hace y los productos que consume, no los evalúa él mismo como agente autónomo y racional, ya que, aquello que es visto con buenos ojos para la sociedad solamente puede ser catalogado como “bueno” por esta misma. No importa si el individuo en cuestión trata de determinar sus propias categorías sobre el mundo porque será juzgado por parámetros externos a él. Ante ello, se recalca que solo se logrará un verdadero cambio si reconocemos aquellos principios fundamentales antagónicos al mundo de masas: la reflexión continua del quehacer humano, la práctica del pensamiento crítico, la curiosidad persistente por nunca dejar de aprender y la capacidad de perseguir fines que nos son propios.
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