Berit Knudsen
Normalidad de lo anormal
Las constantes noticias sobre corrupción

Durante la campaña electoral, Pedro Castillo cerraba sus arengas con la frase: “Palabra de maestro”. En esa misma campaña, la ignorancia e incapacidad del mandatario fueron evidentes, al igual que sus dotes de sindicalista y agitador para “agudizar las contradicciones” con un discurso divisionista que caló especialmente en la población marginada. Pero también fue fácil percibir no solo su pobre dominio del lenguaje, sino también su escasa cultura, conocimientos y capacidades, que pusieron en duda la autenticidad de su grado de Maestría. Así se inició la búsqueda de una tesis que tomó nueve meses obtener, descubriendo más mentiras, engaños y la comisión de nuevos delitos, esta vez por parte de la pareja presidencial.
Para entender el daño que causa en nuestra sociedad esa ausencia de sentido moral y la incapacidad de Pedro Castillo para distinguir entre el bien y el mal, es suficiente analizar sus decisiones y omisiones durante su breve gobierno. Mientras que su discurso busca dividir a los peruanos, victimizándose y proclamando sus mentiras, su comportamiento pone en evidencia la ausencia de valores universales básicos: solidaridad, verdad, respeto, bondad, valentía, honor, responsabilidad, justicia, libertad, búsqueda de paz, armonía, entre otros. Más grave aún, estas carencias se traducen en conductas antisociales sin sentido moral que lo llevan a rodearse por personas con antecedentes penales, con historiales delictivos y que buscan solo beneficios personales. Eso desencadena más actos ilícitos, alcanzando el gobierno niveles de corrupción sin precedentes, y la ausencia del sentido del valor, que lo lleva a esconderse o eludir la rendición de cuentas al país.
El peruano se considera a sí mismo empeñoso, creativo, amable, trabajador, tolerante y perseverante. Reconoce la importancia de valores colectivos como el respeto, la honestidad y la responsabilidad, y piensa que es necesario seguir afianzándolos. El Barómetro de las Américas indica, en un estudio reciente, que el 88% de los peruanos percibe que sus gobiernos están involucrados en actos de corrupción. Todos sabemos que la corrupción no es una novedad, lo que resulta insostenible hoy es el descaro y la impunidad para cometer dichos delitos y la indolencia de los gobernantes de turno, un problema que va en aumento. Este escenario se agrava ante la manifiesta falta de credibilidad en los partidos políticos y los representantes electos.
El sentido moral, como fundamento que norma el comportamiento y equilibrio entre los miembros de una sociedad, busca la convivencia armónica; se basa en valores y conductas aceptadas como buenas para el bien común. Estos valores pueden cambiar de una sociedad a otra, pero también pueden ir transformándose con el tiempo al interior de una colectividad. En ello radica el gran peligro de la “normalización de la anormalidad”, a la que nos vemos expuestos, bombardeados diariamente con nuevos escándalos de corrupción, actores políticos con antecedentes penales o infractores de toda índole. Ello desestabiliza nuestra escala de valores, amenazando principalmente a la población joven entre quienes aparecen posiciones confusas o contradictorias respecto a la justicia y los valores morales.
El secretario general de Perú Libre, Vladimir Cerrón, sobre el que Pedro Castillo afirmó que: “Está impedido judicialmente y no lo van a ver ni de portero en ninguna de las instituciones del Estado”, en menos de un año de gobierno no solo tiene más apariciones y declaraciones que el mismo Castillo, sino que además ha afirmado: “En el Perú no va a haber cambios si es que no se cambia la Constitución Política, ya sea por una vía pacífica o por una vía no pacífica, lamentablemente”
¿Cuál es el mensaje? La palabra de maestro es mentira; la verdad no es un argumento importante; la violencia se justifica cuando fracasa un proyecto; la clase gobernante tiene impunidad; el tráfico de influencias está por encima de la meritocracia; la ignorancia debe ser tolerada; el dinero de los contribuyentes puede ser malversado; los antecedentes penales son irrelevantes; la impunidad está garantizada para los grupos de poder; la justicia es lenta o nunca llega; la corrupción ha sido normalizada; la libertad de expresión es irrelevante; la solución de conflictos sociales no es prioritaria, aun cuando atenten contra servicios básicos como el agua; es más importante hacer campaña para las elecciones regionales con dinero de los contribuyentes que solucionar los problemas de los peruanos: incremento de la pobreza, incremento de precios, ausencia de nuevas fuentes de empleo, problemas del sector salud, educación deficiente, inseguridad ciudadana, corrupción generalizada, entre otros.
En una sociedad donde la violencia y la corrupción parece normalizada, debemos reconocer la importancia de la participación ciudadana para denunciar todos y cada uno de estos atentados contra el orden establecido. Los peruanos tenemos el deber y el derecho a protestar y declararnos en rebeldía ante autoridades que no nos respeten. Nadie debe obediencia a un gobierno o autoridad que asuma funciones publicas en violación de la constitución y de las leyes. La población tiene derecho a rechazar tales actos en defensa del orden constitucional. Un mensaje que debemos hacer llegar a todas las autoridades corruptas.
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