Jorge Varela

Maduró la conjura antidemocrática

Sobre la crisis política en Venezuela

Maduró la conjura antidemocrática
Jorge Varela
02 de agosto del 2024


Lo acontecido en Venezuela es muy doloroso para quienes creen en los derechos humanos y la democracia. No solo es una tragedia para su noble, sufriente y digno pueblo; en el plano internacional es un escándalo monumental, motivo suficiente para que los hermanos latinoamericanos sientan asco y repulsión. Pero este dolor hay que convertirlo en rabia, en coraje, en fuerza rebelde. 

 

Todo comenzó hace más de 30 años 

Durante la década de 1980 la economía venezolana, dependiente del petróleo, se sumió en una crisis que duplicó el índice de pobreza. Creció el descontento social. Los disturbios de febrero de 1989 ya indicaban que los partidos se hallaban en problemas. 

En febrero de 1992 un grupo de militares jóvenes con Hugo Chávez a la cabeza, se alzó contra el presidente Carlos Andrés Pérez. Este golpe de Estado fracasó, pero Chávez apareció en televisión para instar a sus partidarios a deponer las armas (y declarar, con una frase que acabaría por convertirse en leyenda, que la misión había fracasado “por ahora”). Al hacerlo se convirtió en el líder de muchos venezolanos, sobre todo de los más pobres. Tras un segundo golpe de Estado fallido en noviembre del mismo año, Chávez cambió de estrategia y optó por alcanzar el poder a través de la vía electoral. 

La circunstancia de una alianza fatal para el destino de Venezuela, explica como un suboficial militar que carecía de experiencia en la función pública, ascendió al poder. Para ello contó con el impulso definitivo de un político consumado y consumido: el expresidente Rafael Caldera, uno de los líderes del Partido Socialcristiano de centroderecha (COPEI).

 

El apoyo clave de Rafael Caldera

En 1992 la carrera política del expresidente Caldera se hallaba en plena decadencia. Cuatro años antes no había conseguido la candidatura a la presidencia de su partido. A sus 76 años de edad, seguía soñando con regresar a la presidencia y detectó en el ascenso de Chávez una vía posible. 

La noche del primer golpe de Estado de Chávez, el expresidente se puso en pie durante una sesión extraordinaria del Congreso y defendió la causa de los rebeldes declarando: es difícil pedirle al pueblo que se sacrifique por la libertad y la democracia cuando cree que tales libertad y democracia son incapaces de darles alimentos que comer, de evitar la subida astronómica del coste de la vida o de poner término definitivo al flagelo de la corrupción que, a ojos de todo el mundo, devora las instituciones venezolanas cada dı́a que pasa. Aquel discurso significó la resurrección de su carrera política. Al conectar con el electorado antisistema de Chávez, el apoyo público se multiplicó y le permitió llevar a cabo una exitosa campaña presidencial en 1993. 

Este flirteo de Caldera con Chávez le ayudó a lograr un buen resultado en las urnas y le otorgó credibilidad a Chávez, quien junto a sus camaradas había intentado acabar con 34 años de democracia. Sin embargo, Caldera en vez de denunciarlos como golpistas, les manifestó públicamente su simpatía y, con ello, les permitió acceder al escenario político, asestando un golpe mortal a los partidos políticos existentes.

En un giro de 180 grados Caldera abandonó el COPEI, el partido que había fundado casi medio siglo antes, y presentó su candidatura independiente a la presidencia del paı́s. Los partidos se hallaban en crisis y se derrumbaron después de que Caldera ganara los comicios de 1993, allanando el camino para futuros candidatos sorpresa (Como mueren las democracias. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, 2018).



Llegó el turno de Hugo Chávez 

Ese año, en 1993, Chávez seguía enfrentando un grave problema: se hallaba encarcelado a la espera de un juicio por traición. Entonces, en 1994, el presidente Caldera retiró todos los cargos en su contra. El acto final de Caldera para impulsar a Chávez consistió en, literalmente, abrirle las puertas de la cárcel. Después de su liberación un periodista le preguntó a Chávez adónde se dirigía: “al poder”, fue su respuesta.

La liberación de Chávez respondía a una promesa electoral. Al retirar todos los cargos contra él, en lugar de permitir que Chávez fuera juzgado y luego indultarlo, Caldera lo elevó y transformó al antiguo golpista en un candidato presidencial viable.

El 6 de diciembre de 1998 Chávez ganó las elecciones presidenciales. El dı́a de la toma de posesión, Caldera, el presidente saliente, no fue capaz de tomarle el juramento, tal como dictaba la tradición. En lugar de ello, permaneció silente y taciturno a un lado. 

 

Alianzas fatales 

A esa fecha el apoyo público a la democracia en Venezuela era superior al que había en Chile. Según una encuesta de 1998 de Latinobarómetro, el 60 por ciento de los venezolanos estaban de acuerdo con la afirmación ‘la democracia es preferible a otra forma de gobierno’, mientras que solo el 25 por ciento aceptaba que ‘en ocasiones, un gobierno autoritario es mejor que democracia. En cambio, solo el 53 por ciento de los encuestados en Chile convenía en que ‘la democracia es preferible a otra forma de gobierno’. 

“Todas las democracias albergan a demagogos en potencia y, de vez en cuando, alguno de ellos hace vibrar a la gente. Ahora bien, en algunas democracias, los líderes políticos prestan atención a las señales de advertencia y adoptan medidas para garantizar que las personas autoritarias permanezcan marginadas y alejadas de los centros de poder. Frente al auge de extremistas o demagogos, protagonizan un esfuerzo conjunto por aislarlos y derrotarlos. Y si bien la respuesta de las masas a los llamamientos de extremistas reviste importancia, más importante aún es que las élites políticas y, sobre todo, los partidos políticos actúen de filtro, como guardianes de la democracia” (Como mueren las democracias).

Para mantener a raya a las personas autoritarias, hay que saber reconocerlas. Muchas pueden ser identificadas antes de llegar al poder. Su historial no deja lugar a dudas: Hitler había liderado un putsch fallido; Chávez había encabezado un alzamiento militar que concluyó en fracaso; los ‘camisas negras’ de Mussolini perpetraban violencia paramilitar; y, en la Argentina de mediados del siglo XX, Juan Perón ayudó a dar un golpe de Estado fructífero dos años y medio antes de postularse como presidente del paı́s. 

Es claro que los políticos no siempre revelan la magnitud de su autoritarismo antes de acceder al poder. Algunos adhieren a las normas democráticas en los inicios de sus carreras y posteriormente las abandonan. 

Según Levitsky y Ziblatt, a pesar de las diferencias, Hitler, Mussolini y Chávez siguieron rutas hasta el poder que comparten similitudes asombrosas. Además de ser, en los tres casos, desconocidos capaces de captar la atención pública, todos ellos ascendieron al poder porque políticos de la clase dirigente pasaron por alto las señales de advertencia y/o bien les entregaron el poder directamente (Hitler y Mussolini) o bien les abrieron las puertas para alcanzarlo (Chávez)” (Como mueren las democracias).

La abdicación de la responsabilidad política por parte de los líderes vigentes suele ser el primer paso hacia la autocracia. Años después de la victoria de Hugo Chávez, Rafael Caldera habló de sus errores: “nadie imaginaba que el señor Chávez tuviera la posibilidad más remota de convertirse en presidente”.

 

Señales que delatan a los autoritarios

¿Cómo se identifica el autoritarismo en políticos que no tienen una historia antidemocrática previa? Para responder a esta cuestión Steven Levitsky y Daniel Ziblatt se remiten al politólogo alemán Juan Linz. Muchas de las conclusiones pueden consultarse en su libro titulado La quiebra de las democracias, publicado en 1978. En él se recalca la función de los políticos y se demuestra que su actitud puede apuntalar la democracia o hacerla tambalearse. El autor esbozaba una prueba definitiva para identificar a los políticos antidemocráticos, si bien no alcanzó a desarrollar del todo.

A partir del trabajo de Linz, hemos concebido un conjunto de cuatro señales de advertencia conductuales que pueden ayudarnos a identificar a una persona autoritaria cuando la tenemos delante. Deberı́amos preocuparnos en serio cuando un político: 1) rechaza, ya sea de palabra o mediante acciones, las reglas democráticas del juego; 2) niega la legitimidad de sus oponentes; 3) tolera o alienta la violencia; o 4) indica su voluntad de restringir las libertades civiles de sus opositores, incluidos los medios de comunicación”. Enseguida Levitsky y Ziblatt preguntan: ¿Qué tipo de candidatos suelen dar positivo en un test para detectar el autoritarismo? “Con frecuencia, los candidatos populistas externos al sistema, los populistas suelen ser políticos antisistema, figuras que afirman representar la voz del ‘pueblo' y que libran una guerra contra lo que describen como una élite” (Como mueren las democracias).

 

El fraude era inminente

Entonces, ¿dónde está la sorpresa del inmenso fraude cometido? Había que ser demasiado ingenuo, si se pensaba que Nicolás Maduro, -delfín astuto y perverso de Chávez-, iba a reconocer la victoria de la oposición. Los secuaces del ‘chavismo’ tenían todo amarrado para no soltar el poder y seguir disfrutando a sus anchas. 

En Chile el aparato del partido comunista y grupos de ultraizquierda han mostrado su total beneplácito, su alegre subordinación y servilismo al tener la seguridad que sus cuotas de financiamiento permanecerán intactas. Los integrantes del Foro de São Paulo y del Grupo de Puebla también, -por el momento-, respiran tranquilos a la espera de su recompensa económica 

Si la comunidad internacional que adhiere a la libertad no se pone de acuerdo para denunciar los excesos y atropellos a los derechos humanos que comete sistemáticamente el régimen de Caracas, el gorila hipócrita podrá continuar gozando de un resultado electoral espurio junto a sus esbirros, algunos de los cuales habitan en determinados países y guaridas de América Latina y el mundo, como Evo y Ortega. 

Mientras las personas tengan valores democráticos, la democracia estará protegida. En cambio, si la ciudadanía está dispuesta a responder a llamamientos autoritarios, antes o después, la democracia estará en peligro”.

 

Los tiranos no tienen límites 

Diversos analistas suelen sostener que los tiranos demagogos mueren por la boca, -como los peces-, y que no hay que tomarse en serio lo que dicen; aunque un vistazo rápido a sus conductas indica que son adictos a cruzar la línea que separa el discurso de la acción, pues “tienden a polarizar a la sociedad, creando un clima de pánico, hostilidad y desconfianza mutua”. La conversión del Parlamento, -principal actor y propulsor de normas legales-, en mero buzón del Ejecutivo, es el primer paso a un gobierno autoritario. (Piénsese en el Congreso obsecuente de Juan Domingo Perón en Argentina o en la Asamblea Nacional chavista en Venezuela) La presión autoritaria sobre los medios informativos es otro reflejo claro de involución democrática. En consecuencia, en un clima como el descrito “la oposición puede concluir que, por el bien del país, hay que destituir al gobierno mediante medidas extremas: un proceso de destitución, manifestaciones masivas o incluso un golpe de Estado”.

Jorge Varela
02 de agosto del 2024

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