Sergio Bolivar
La ruleta del poder
Reflexiones en torno a la guerra en Irán
La guerra contra Irán muestra una constante del poder global. Cuando las potencias recurren a la coerción militar sin calcular a fondo sus efectos, el costo se dispersa por el sistema internacional. Estados Unidos, bajo la gestión de Donald Trump y en coordinación con Israel, decidió atacar al régimen iraní con una ofensiva preventiva destinada a degradar sus capacidades militares y nucleares. La estrategia intenta reforzar la disuasión. El resultado inmediato activa una ruleta geopolítica cuyos efectos ya no se concentran solo en Teherán, sino en el petróleo, las rutas marítimas y el equilibrio energético global.
La operación militar comenzó a fines de febrero de 2026 con ataques a infraestructuras y centros de comando en Irán. La respuesta se trasladó rápidamente al terreno que mide el poder económico: la energía. El estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20 % del petróleo mundial, se convierte en el foco del conflicto. Al tensionar esa arteria estratégica, los mercados reaccionan. El crudo sube, la volatilidad aumenta y las primas de riesgo se disparan en la economía global.
Aquí aparece una paradoja estratégica. Washington busca debilitar a Irán, pero el choque energético también golpea a sus aliados y a su propia economía. Para estabilizar el mercado, Estados Unidos flexibiliza de manera temporal las restricciones sobre el petróleo ruso. El mensaje es directo. Cuando la energía se encuentra en crisis, hasta las políticas sancionatorias más duras resultan negociables. El petróleo impone condiciones a las decisiones políticas.
El conflicto involucra más actores que Washington y Teherán. Tres lógicas de poder interactúan en este escenario. Estados Unidos recurre a la fuerza militar para restaurar la disuasión. Irán responde con represalias indirectas y amenazas a las rutas energéticas. Otras potencias analizan la situación y calculan sus beneficios. Rusia evalúa las ventajas de un occidente bajo presión. Europa observa el impacto económico. China amplía su influencia económica y evita comprometerse militarmente con sus socios antioccidentales.
Esta actitud revela una lección clave. Pekín puede ser un socio comercial y financiero relevante, pero no asume el papel de garante militar de sus aliados. Su doctrina prioriza los vínculos económicos sobre las alianzas militares. China comercia, invierte y rehúye de los conflictos que puedan implicar intervención bélica directa. Esa lógica explica por qué el supuesto bloque alternativo al orden occidental carece aún de cohesión estratégica real.
El problema de fondo abarca más que lo militar. Tiene aristas políticas, energéticas y de narrativa. Las guerras actuales se libran en varios frentes: el campo de batalla, los mercados financieros, la diplomacia y la percepción global del poder. La coyuntura marca la agenda internacional. Un líder impulsivo que busque imponer fuerza en cada escalada suele fracasar. El sistema global requiere estrategas capaces de contener tensiones, medir riesgos y gestionar el poder con prudencia, no solo líderes que apuesten a demostrar fuerza sin controlar sus efectos.
Cuando falta ese equilibrio, el sistema internacional se instala en la incertidumbre. Las economías frágiles resultan las primeras en sentir el impacto.
Para el Perú, esta guerra representa una advertencia. El país mantiene su condición de importador neto de petróleo, lo que lo expone a cualquier shock en los mercados energéticos internacionales y lo obliga a revisar sus políticas en el sector. Cuando sube el crudo, aumentan también los combustibles, el transporte y los alimentos. Ese impacto económico se traslada a la política interna con nuevas presiones sociales.
En el nuevo contexto internacional, la capacidad de gestión del poder y el manejo de riesgos geopolíticos cobran relevancia. Para el Perú, esto obliga a repensar la seguridad energética, la autonomía estratégica y la inserción internacional. La geopolítica ya no es solo un tema académico. Define el crecimiento económico, la estabilidad social y las inversiones.
Un viejo principio de prudencia política también se aplica en este caso: “cuando los elefantes luchan, quien sufre es la hierba”. Los países medianos harían bien en recordarlo.
















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